Tanto en la duda como en la fe, Dios siempre será un misterio. Suponemos la razón de nuestra existencia, aunque nos vayamos de este mundo sin conocerla. Quiero compartir un sentimiento que vivirá conmigo hasta que decida olvidarlo. Una persona que logró cambiar mi destino, falleció un día después de su cumpleaños.Él era alguien que quise como si hubiera sido de mi familia. Pasó los úl-timos tres años de su vida enfermo y recostado en una cama de hospi-tal, pero en una habitación de su casa. Había quedado de ir a darle un abrazo de felicitaciones pero por “falta de tiempo” decidí pasar al día siguiente, que también era mi aniversario, así, según yo, celebraríamos juntos. Lamento mucho que las flores que iba a regalarle, se las tuve que llevar a la capilla del velatorio, y creo que mi amigo jamás lo sabrá. Él murió mientras yo dormía y en su agonía tal vez estuvo esperándome. Cuando el corazón deja de latir, ya no hay oportunidad para disculparse de nada, ni para agradecer todos los momentos que se compartieron en vida, aunque no sé si eso sea importante para quien deja de existir. Al darle la noticia a mi hermano, me dijo: “Claudia, hay algo que se llama calidad de vida y ese señor ya estaba sufriendo mucho”. Muchas personas se adhieren a este pensamiento para justificar la voluntad de Dios, aunque los moribundos toleran el dolor hasta el último respiro. Las lágrimas por una pérdida representan la orfandad del afecto, la memoria de un rostro que no volverá a sonreír ante nuestra mirada. Después de la culpa, el enojo y la resignación, sólo nos queda aceptar el valor de los recuerdos. ¿Qué construimos además de ellos a lo largo de este viaje? Al cuidar nuestra salud podemos ser candidatos para donar nuestros órganos. Algunos acumulan riquezas para heredarlas, otros desarrollan su mente para hacer descubrimientos, hay quienes usan el talento para crear obras trascendentes. Evoquemos la bondad y colaboremos con la gente que dedica su tiempo para ayudar a los más necesitados. Para combatir la maldad necesitamos comprender su origen; de lo contrario, seremos víctimas o parte de ella. Nos mueven las cosas que no tenemos. Buscamos convertirnos en lo que soñamos ser pero que todavía no somos. Sacrificamos placeres para lograr objetivos o renunciamos a nuestros objetivos para gozar de los placeres. Somos libres hasta que el miedo nos consume y creemos en algo aunque no sigamos una religión. Para que haya paz en el mundo, la riqueza tiene que ser distribuida equitativamente, así podríamos enfocarnos más en formar una familia armónica que en conseguir dinero para la supervivencia del los descendientes. Hay comida en abundancia, pero no se reparte entre todos. Sólo una catástrofe en el planeta tendría la fuerza para igualarnos, así todo volvería a comenzar de cero. lahojaenblanco@gmail.com |