Estamos en la “catedral” de la lucha, la Arena México, con un sacerdote católico que es luchador. Nos dejaron entrar, sin previa cita, porque aquí todos conocen a Fray Tormenta. Ve el ring con cierta melancolía, pero asegura, orgulloso, que a sus 64 años y con un infarto, todavía es capaz de hacer “plancha”: lanzarse de la tercera cuerda y, por supuesto, hacer “la confesora”, su llave emblema. Es más: si lo invitan, encantado regresa a luchar aquí. No se considera retirado y todavía tiene que ganar dinero para mantener la casa hogar en Texcoco y a sus ahora sólo nueve “cachorros”, como les dice. De pronto su celular rosa suena. Sí, rosa. Me explica que se lo cambió a su “nieta”, la hija de Fray Tormenta Jr., uno de sus alumnos más avanzados. Suena con la voz de El Santo: —Tormenta, llamando a Fray Tormenta… contesta, Tormenta, contesta… ¡es urgente! Se lo pasa Carlos, el “cachorro” que lo acompaña y ve con ojos de ilusión la Arena México. Tiene 15 años y estudia electricidad. También entrena porque sueña con ser como Místico o Sagrado, quienes también crecieron con “el jefe”. Después de las fotografías, nos cruzamos del otro lado de la calle Doctor Lucio a la cantina La Estación. Sin máscara, nadie reconoce a Sergio Gutiérrez Benítez. Él dice que nunca había venido aquí. Pide una cerveza Victoria, aunque esté tomando medicina. Rechaza el vaso que le ofrecen y toma directo de la botella: —Para que el cuerpo sienta lo que recibe… Fray Tormenta —o Fraytor, como le dice aún su obispo auxiliar, Víctor René Rodríguez Gómez— comenzó a luchar hace 33 años. Lo hizo para ganar dinero porque lo de las limosnas no le alcanzaba para mantener su casa hogar. Lo logró, pero también juega al Melate para ver si logra su “obsesión”: ganar un millón de dólares para hacer “La ciudad de los niños”, una o dos hectáreas con habitaciones, áreas deportivas y talleres (para ser autosuficientes) para recibir a niños sin hogar. Ahora sólo tiene nueve “cachorros”. No puede tener más. En estos 34 últimos años han pasado por la casa unos 3 mil. Ahora hay tres que son médicos, 16 maestros, un contador público auditor, un contador privado, 20 técnicos en computación, siete abogados y un sacerdote que también fue luchador, El Chacal. Uno de los abogados es precisamente Tormenta Jr. Trabaja en la Secretaría de Educación de Hidalgo. Lo considera su hijo, el único de sus cachorros —dice con un dejo de tristeza— que actualmente ve por él y lo cuida: —Padre no es el que engendra, traer hijos a este mundo cualquiera los trae, pero el chiste es sacarlos adelante. Fray Tomenta quería dinero, no necesariamente fama, la que llegó cuando se supo que el luchador era un “padrecito”. Los periodistas lo seguían por morbo y su fama creció al grado que no hay país que no lo conozca. Recuerda cuando luchó en Japón y le gritaban: “Confesora, confesora”. Aunque sus superiores primero se sorprendieron, lo dejaron seguir luchando cuando les dijo que lo dejaría, si la diócesis le daba lo que ganaba en el ring. Nunca pidió permiso, dice, porque lo consideraba un “deporte más”. Con el tiempo, se volvió el sacerdote de los luchadores: fue el confesor de Ray Mendoza, atendía al Huracán Ramírez, casó a Blue Demon y lo requerían para bautizar a sus hijos, para bendecir sus casas. Le hago ver que suena contradictorio ser sacerdote y al mismo tiempo ser luchador, lastimar a otro. —No. En la escritura dicen “si te pegan en la mejilla, pon la otra”… no dice más. El chiste no es pegar, sino saber pegar, hacer la técnica. Yo jamás sangré a alguien ni mandé al hospital a nadie. Cualquiera que subimos al ring no lo hacemos con la intención de masacrarlo, mandarlo al hospital y que se queden huérfanos sus hijos. Pero, ¿y los gritos? ¿Eso de “mátalo”, “sangre”? Se ríe: —¿Crees que les vamos a hacer caso? No es que sea show. Es circo, maroma, teatro y deporte. Todo un arte. Aunque él, por ambas profesiones, sí tiene muy presente la sangre y el sacrificio. En la misa, se convierte el vino en la sangre de Cristo, el sacrificio que hizo por la salvación de la humanidad. Y él, modestamente, estaría dispuesto también a derramar su propia sangre por sus cachorros. De hecho, por eso su máscara tiene rojo: —El amarillo significa la agilidad que debe tener Tormenta arriba del ring, hasta el extremo de derramar la sangre, por sus chamacos. Y el rombo plateado sobre la frente simboliza el cielo que aspira a ganarse por ello. |