“La calle, bien trabajada, deja mucho dinero”, afirmó alguna vez el otrora jefe de la policía capitalina Arturo Durazo Moreno, responsable de organizar a nivel “empresarial” a nuestra policía y de crear el sistema de escalafones piramidales, en el que un porcentaje de toda mordida y extorsión realizada por las “hormigas obreras”, llámeseles “patrulleros”, llegaba democráticamente a los bolsillos de altos mandos y súper altos mandos.A nueve años de publicar esta columna, hemos recibido a la fecha cientos de cartas de lectores que nos narran sus amargas experiencias con aquellos “paladines” que deberían velar por su seguridad. Dicen que tiempos pasados fueron mejores, pero curiosamente, las más de 722 anécdotas que hemos recopilado acerca de nuestra policía capitalina demuestran tristemente lo contrario. Hoy mencionamos algunas de esas historias: El lector Antonio Carrasco recuerda aquella noche de 1959, cuando a la salida de su oficina se dirigió hacia su automóvil, encendió el vehículo y una patrulla lo detuvo. Don Antonio no se había percatado de que uno de los faros se había fundido por la lluvia, y los patrulleros, ¡que raro!, le exigieron dinero para hacerse de la vista gorda. Don Antonio no traía dinero aquella noche y ante su negativa, los dos sujetos se enfurruñaron, le rompieron con las macanas el otro faro y las dos carabelas, y de propina, un fuerte golpe en la cabeza que necesitó varias puntadas. En 1967, doña Alma Rodríguez fue parada por dos patrulleros con notorio aliento alcohólico después de que decidiera cruzar un semáforo que no estaba funcionando. Aquellos changos le propusieron el clásico “nos arreglamos”. Aquella noche, doña Alma no traía dinero en efectivo y uno de los polizontes le sugirió: “Échele ganas… o nos podemos arreglar de otra forma”, terrorífica frase pronunciada mientras le rozaba con la mano la cintura. Nuestra lectora afirma que tuvo que forcejear con el patrullero y que todo hubiese sido más grave si un vecino ex militar de aquella colonia, quien salía de su casa, no hubiese intervenido, amenazando a aquellos dos con su arma. Al día siguiente, cuando acudió a denunciar a los patrulleros, uno de los altos mandos de la Procuraduría le dijo textualmente: “Yo podría pasar su denuncia ahora mismo… pero no le conviene, damita, por lo que leo, es usted madre de familia y aquí los elementos son muy vengativos… ya pa’ qué le digo que es un riesgo que quede registrada su dirección”. El lector Armando Suárez está convencido de que un 26 de diciembre de 1982 rompió un récord al ser extorsionado siete veces al cruzar el Distrito Federal durante las horas pico con placas de Veracruz. Don Armando recuerda que en aquella época todo auto registrado en provincia era codiciado por los mordelones, quienes curiosamente armaban un operativo en épocas decembrinas para “dar la bienvenida” a los visitantes y llenarse los bolsillos de cobres. Aquel día, don Armando tuvo que pagar un dineral en mordidas, puesto que estaba acompañado de su esposa y sus dos hijos pequeños, y las extorsiones de los polizontes no dejaban lugar a negociación: “Suéltele mi jefe o lo remitimos al corralón… y pa’ sacar su vehículo va a necesitar ir a su tierra por los papeles originales”. A la séptima mordida, sobre la calzada de Tlalpan, nuestro lector se quedó sin dinero, pero afortunadamente los “bondadosos” gangsters con placa le recibieron una canasta de víveres, regalo navideño de su familia. Si usted, estimado lector, se ha visto alguna vez en situaciones semejantes, escríbanos, por favor. Entre las 722 cartas que hemos recibido en casi una década, hay historias de tal cinismo y violencia que bien podrían conformar una galería del terror. ¡Un saludo a nuestros paladines del orden y la justicia por tantos reconocimientos ganados a pulso en estos años!, y un sentido pésame a los policías honrados que todos los días cumplen con su deber, conviviendo con el enemigo. ciudadeayer@gmail.com |