El Tribunal francés de Lille ha generado un gran debate nacional por la anulación de un matrimonio. Éste se efectuó entre dos franceses musulmanes. El desposorio se celebró el 8 de julio de 2006. El marido solicitó de la justicia la separación, concedida ahora, sobre la base del artículo 180 del Código Civil. Ese artículo (dice la abogada Gisele Halimi, presidenta de la asociación Elegir la Causa de las Mujeres) “se evoca muy raramente puesto que se admite la querella sólo cuando existe un error… sobre las cualidades esenciales de la persona”. El marido, de 23 años, ha presentado la demanda señalando que su esposa no era virgen y, ha invocado, la virginidad, como una “cualidad esencial”. El Tribunal de Lille aceptó la anulación del matrimonio. Gisele Halimi ha considerado que la anulación es contraria “a nuestro derecho, republicano y laico”. En suma, se asume que la virginidad no es qualité essentielle. El debate, en un país, como en la mayor parte de los países europeos, donde las experiencias sexuales comienzan a temprana edad, ha planteado un debate que ha llegado a la Asamblea Nacional y, en resumen, se ha trasladado el problema a sus significaciones islámicas. El Tribunal, por su parte, insiste en que una “cualidad esencial” es la “verdad” y que la esposa proclamó su virginidad. Una autora famosa, Juliette Minces (del Instituto Nacional de Lenguas Orientales, socióloga de la Universidad de París VIII, investigadora de la situación de la mujer en Túnez, Egipto, Siria, Pakistán e Irán y del Centro Nacional de Información sobre los Derechos de las Mujeres y las Familias) niega que el cuestionario de la virginidad sea un concepto absoluto del islam. En su libro Le Coran et les femmes, El Corán y las mujeres, editado por Pluriel, Hachette, París, nos advierte, en el capítulo IV, que en la época preislámica del mundo árabe, el divorcio podía adoptarse, tanto en los hombres como en las mujeres por su propia iniciativa y sin ceremonias. Dice: “En ciertas tribus, era suficiente que la esposa cambiara la dirección de la apertura de la tienda para que su marido comprendiera que se le repudiaba. La mujer podía, igualmente, ‘recomprar’ su libertad entregando al marido una cantidad equivalente, en general, a la dote que él había pagado para casarse y el divorcio, añade, no constituía un impedimento para volver a casarse”. Ello no quería decir que las mujeres fueran iguales a los hombres, pero existía, añade, “una libertad sexual lo que, aparentemente, no molestaba a las familias…”. No dice nada nuevo sobre el profeta, pero sí ratifica “que Jadiya, la primera esposa del profeta fue quien comprometió al joven Mahoma, que pertenecía a una gran familia, pero era pobre y por eso no se había casado, para el matrimonio”. Ella era una mujer, rica e independiente, dueña de caravanas de camellos. Fue ella, pues, quien propuso el matrimonio. Él tenía 25 años y ella más de 40. Juliette Minces nos dice que era dos veces viuda y madre de varios hijos y, por tanto, el casorio se produjo antes de la “revelación”. Es cierto, pero no lo es menos que ella fue la primera creyente y apoyó, con su poder, a su marido cuando comenzó sus predicaciones. El islam la considera una de las cuatro mujeres puras: con Fátima, la hija que tuvo con Mahoma y dos más: la hija del faraón que salvó de las aguas a Moisés (Musa en árabe) y a María, madre de Jesús (Isa). Mientras Jadiya vivió, Mahoma fue monógamo, pese a la tradición polígama del mundo árabe, que se respetará posteriormente en el Corán y, después de la muerte de Jadiya, Mahoma tuvo varias esposas y nunca parece haberse planteado (mientras que Mahoma condenó, sin dudas, el celibato) el problema de la virginidad. La historia nos invita a la mesura. alponte@prodigy.net.mx |