En gaélico e inglés “Nil” y “No”. Irlanda ha dicho No, por referéndum, al Tratado de Lisboa que reemplaza el texto Constitucional, para Europa, que elaborara la Comisión presidida por Valery Giscard D’Estaing. Ese texto tuvo la oposición, en principio, del Partido Socialista francés (de uno de sus barones que quiso ser el protagonista, con el No a la Constitución de la Unión, frente al candidato del centro-derecha, Chirac, que representaba el Sí) que se equivocó, seriamente, y lo pagó con creces. Ahora es Irlanda, uno de los países más favorecidos por la Unión de los 27 el que ha dicho No al nuevo proyecto. Era el único país (4.3 millones de habitantes) que tenía que pronunciarse por vía del referéndum (por su Constitución) y no por vía parlamentaria, como los otros 26 países de la Unión. El dilema que plantean los 4.3 millones de irlandeses frente a los 445 millones de habitantes que tiene, en conjunto, la Unión Europea, es bien simple: que el Tratado de Lisboa debe ser aprobado por la totalidad de los 27 Estados que constituyen la Unión. Un problema. Las proposiciones más negativas contra el Tratado de Lisboa, en el caso de Irlanda, obedecen a la hipótesis de que Irlanda quedaría sumergida en el cuadro de los acuerdos globales de los 26 y, sobremanera, su agricultura. Es una interpretación mecánica porque Irlanda ha realizado, en el seno de la Unión, una de las transformaciones más notables de la historia contemporánea. Irlanda, en el cuadro de luchas históricas, en el marco de la Inglaterra Imperio, fue obligada, por la miseria, a emigraciones masivas en el siglo XIX (en ellas llegaron, a EU, los Kennedy) y realizada su plena independencia en el siglo XX, Irlanda, como me permitía decir previamente, ha logrado niveles económicos realmente asombrosos. The Economist (The World in 2008) al evaluar el PIB de Irlanda, en términos per cápita, lo eleva a 62 mil 450 dólares y el de Inglaterra, a su vez, a 46 mil 740. El mismo documento señala el PIB per cápita de México en 8mil 200 dólares y el de España en 33 mil 350; el de Suecia 50 mil 310. Los países del Este, integrados en la Unión, proporcionan, por ejemplo, las siguientes dimensiones en términos de PIB per cápita: Hungría 13 mil 860 dólares; Polonia 11 mil 880; Rumania 8 mil 550, Lituania 12 mil 240. Esas notorias diferencias de los ex países socialistas respecto a los países fundadores de la Unión invitan a meditar sobre la considerable evolución irlandesa en relación a los nuevos miembros. Los iniciales seis países de la primera Comunidad Económica del Carbón y el Acero, en 1953, proporcionan esta visión, hoy, de conjunto: Alemania, 41 mil 400 dólares per cápita; Francia 43 mil 640; Italia 38 mil 190; Holanda 49 mil 350 y Bélgica 44 mil 320. El caso de Luxemburgo, el sexto firmante del bloque inicial, es aparte. Como bien se ve, la Unión Europea ha posibilitado el desarrollo extraordinario de Irlanda y, de la misma suerte, la transformación de España y Portugal, sobremanera de España (hoy 8ª economía mundial y de resolver su actual crisis económica superará pronto a Italia que es la 7ª ) pero difícilmente pueden ser analizadas sin dos pronunciamientos paralelos: su tránsito a la democracia, de un lado, y su integración, del otro, en la Unión Europea. Puede entenderse que Irlanda defienda, por su pequeña población, su versión ante las instituciones dominantes en la Unión Europea, pero ninguno de los pequeños países de la Unión, Holanda 12.6 millones; Dinamarca 5.5 millones o Bélgica, con 10.4 millones, por citar algunos, han sufrido retrocesos por su integración al cuadro legal de las instituciones de la Unión. Diríase que al contrario. Es evidente, a todas luces, que Europa resolverá el dilema irlandés. Los problemas, cada día que pasa, son más globales que particulares. |