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Jacobo Zabludovsky
16 de junio de 2008

Creel

Santiago Creel me envió el libro prometido, objeto de su atención absoluta las casi cinco horas de vuelo de Nueva York a México, escrito por Macario Schettino y titulado Cien años de confusión. México en el siglo XX

En el primer párrafo de la introducción, el autor define el sentido y la razón del libro: “La Revolución que marca el siglo en nuestro país nunca existió”. Se enfatiza el concepto en el renglón inicial del capítulo 1: “La Revolución Mexicana es un hecho inexistente, una construcción simbólica realizada con el fin de dotar de legitimidad a los ganadores de una serie de conflictos armados”.

“Lo que llamamos Revolución Mexicana, así con mayúsculas, no existió nunca… Lo que sucede es más sencillo”, dice Schettino y atribuye el fenómeno a “La única causa: la vejez de (Porfirio) Díaz”. A lo largo de 500 páginas trata de sustentar su tesis con temas como: “Una Revolución sin resultados… Los sonorenses, continuidad del porfiriato…” y frases como: “El porfiriato es, más que la dictadura sangrienta de la leyenda, una etapa histórica de cambio”.

Afirma también que no había una situación generalizada que permitiera pensar en una revolución agraria, “menos aún una revolución de obreros. Los obreros prácticamente no participaron en la Revolución. La Revolución no se inició porque los salarios fueran bajos: los salarios fueron bajos por causa de ella. La Revolución empobreció a los obreros”.

Merece la pena su lectura como tema de reflexión y polémica, hasta llegar a sus párrafos finales: “El siglo XX mexicano fue el siglo de la Revolución Mexicana. Y fue un siglo perdido…. Permitió a nuestro país una cierta paz social, pero a un enorme costo: el costo de no mejorar el nivel de vida de los mexicanos, no reducir los niveles de desigualdad, no cambiar la estructura social y no promover el desarrollo político. Fue un siglo de estancamiento… es momento de construir un régimen nuevo… El experimento mexicano fracasó. Hay que intentarlo de nuevo”.

Que Creel haya puesto tanto interés en la lectura de este libro no significa necesariamente que comparta su contenido. El ejemplar que me envió no fue el anotado y subrayado por él. En un trabajo de investigación tan extenso y documentado se puede estar de acuerdo o no en todo o en partes. Lo que piense ahora, a la luz de su destitución, importa menos que cuando lo leyó vestido de presidenciable, vestimenta que a mediano plazo no habrá de usar. Hace unos 20 años, cuando Creel fue electo diputado federal después de graduarse de abogado en la UNAM, con maestría en la Universidad de Michigan y posgrado en la de Georgetown, Juan Sánchez Navarro me dijo: “Ese muchacho va a ser presidente de México”. Dos veces estuvo cerca de hacer bueno ese presagio que más parecía la confesión de los deseos de Juan, porque en el joven abogado litigante advertía sus propias convicciones políticas y religiosas.

Podemos tener idea de lo que sería Creel al frente del Poder Ejecutivo si examinamos algunos de sus discursos como secretario de Gobernación sobre un tema básico de la política interior de México: el estado laico. Habla, el 10 de octubre de 2004, en el Congreso Eucarístico Internacional, de una “libertad religiosa que debe irse ensanchando día a día en este país”.

En México el único espacio del que aún no se apoderan para “ensanchar su libertad” es la educación pública y gratuita. Dijo también: “Antes hubiera sido impensable que el secretario de Gobernación dirigiera estas palabras que hoy estoy pronunciando ante los más altos representantes de la Iglesia católica. El catolicismo históricamente ligado a la patria mexicana se encuentra en posibilidad de realizar abiertamente sus actividades, de brindar sus servicios y de difundir su mensaje. Un mensaje eucarístico de luz y vida para el nuevo milenio”. No son éstas, cualquiera que sea la religión que se profese, las palabras que se esperan de quien tiene la obligación constitucional de tratar con el mismo respeto y distancia a todos los creyentes y a quien no lo son.

Las respuestas a la pregunta de por qué cayó Creel son inacabables. La falta de explicación por parte de sus verdugos abre un hueco en que caben todas las hipótesis. Tal vez la suma de ellas nos ayude a entender el fondo aunque no la rudeza innecesaria de la forma, rudeza que despertó simpatías hacia la víctima, aplaudida por sus colegas senadores al día siguiente del cese.

La consecuencia inmediata, a juzgar por quienes entran a ligas mayores en el juego de sustituciones, no es muy alentadora. Cómo será la cosa que frente a los nuevos, por comparación, Creel parece comunista. Otra: los poderes furtivos le tomaron la medida al presidente Felipe Calderón, obligándolo a desaparecer del mapa a quien no les dio, como senador, tanto como cuando fue secretario de Gobernación. Otra más: se despeja, temprana y débilmente, el camino hacia las elecciones presidenciales, quitando al favorito y ampliando carriles, como el de Bucareli a Los Pinos.

 
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PERFIL
 
Periodista y licenciado en Derecho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México. Inició sus actividades periodísticas en 1946 en Cadena Radio Continental como ayudante de redactor de noticieros. En 1950, al empezar la televisión en México, inició la producción y dirección del primer noticiero profesional de la televisión mexicana y desde entonces, ininterrumpidamente, dirigió y presentó tele noticieros hasta el 30 de marzo de 2000. Fue catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante 27 años dirigió y presentó el programa periodístico de televisión “24 HORAS” transmitido en red nacional por Televisa en la República Mexicana. Del 1º de septiembre de 2001 a la fecha conduce el programa "De una a tres” de Radio Red y "La 69" de Radio Centro.
 
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