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Las tribus políticas y el lenguaje de los papúes
Dice el geógrafo Baron que, en el territorio de los papúes (Nueva Guinea), “el lenguaje es muy pobre: cada tribu tiene el suyo y su vocabulario se empobrece, además, porque, a cada muerte, se suprimen algunas palabras en señal de duelo”
Dice el geógrafo Baron que, en el territorio de los papúes (Nueva Guinea), “el lenguaje es muy pobre: cada tribu tiene el suyo y su vocabulario se empobrece, además, porque, a cada muerte, se suprimen algunas palabras en señal de duelo”. La metáfora es admirable y terrible porque, si nos atenemos a Octavio Paz (él nos señaló, clarividente, “que la patria es la lengua”) vendría a resultar que las tribus políticas con sus hipocresías conllevan consigo problemas graves y agravables, papúes. Ello es notorio.Nuestras tribus políticas están ya incapacitadas para vincular, como herramientas para el diagnóstico, tres proposiciones fundamentales para la convivencia en una sociedad adulta: la crítica, la verdad y la ética. La crítica está suplantada por el escándalo; la verdad por la hipocresía y la simulación y la ética, como se sabe, por una doble o triple moral. El caso Creel ilumina, con notoria evidencia, el lenguaje de los papúes y, además, los supera. Nada se explica, todo se oculta y, finalmente, el lenguaje se empobrece esterilizándolo para el análisis. Nuestras tribus políticas, sin excepción, han convertido el lenguaje de los papúes en su propio ritual diario: entierran o festinan y, en el fondo, incapacitadas para entenderse, a sí mismas, y entre ellas, terminan en la áspera categoría paciana del laberinto de la soledad. ¿Creen que es fácil salir de él sin una reconstrucción ética? Están muy equivocadas. Si el “duelo” implica, para los papúes, entierro de vocablos, se entiende, finalmente, que lo que pretenden es enterrar la posibilidad de comprender lo que ocurre en su derredor. En consecuencia, la hipocresía construye, con la simulación, un entierro, cotidiano, de la coherencia y, por tanto, el lenguaje elude la verdad y, al hacerlo, edifica un lenguaje apto, solamente, para cada tribu y por ello, se autodivide en clanes. Ese acto, que excluye a los otros del banquete del entendimiento, supone una decisión papúe en toda regla, pero burlando todas las reglas del entendimiento. La crítica no es la “revelación” por vía del escándalo (que requiere, por su propia naturaleza dialéctica, otro escándalo de repetición y, por tanto, entierro papúe del vocabulario anterior), sino el reconocimiento, valorado, que la crítica, en la filosofía y en los actos, es decir, en la praxis, es la disposición ética a negarse a explicar nada desde el dogmatismo, el fanatismo y el jacobinismo robespierriano que está obligado al Terror de Estado. La solución implica la crítica del lenguaje. Sólo, por ese camino, el lenguaje se vivifica y transforma. El que usan las tribus políticas es opaco, repetitivo y ausente de la menor disposición a compartir, con los demás, una proposición. Al revés niega el esclarecimiento y el principio kantiano de la crítica desde una perspectiva exterior al grupo, a la tribu. En suma, la palabra, en nuestras tribus, es un producto “interior”, es decir, un “guiño” para los que están “dentro” y en el “conocimiento” de lo que se trata. Finalmente implica y supone entierro de todo vocabulario apto para comunicarse con la sociedad, sobremanera con la sociedad adulta. ¿Asumen, esas tribus cerradas, el significado, patético, del empobrecimiento de su lenguaje? ¿Entienden el signo de su aceptación, al tiempo, de la idea, dramática, de que el “otro” no debe saber (caso Creel, caso del petróleo, caso de la conversión acelerada de México en un país importador de productos petrolíferos) y menos, aún, saber lo que implique conocimiento real? Esa notoria ausencia de eticidad conlleva consigo, al tiempo, un inmenso problema: que esas tribus, eclesiásticas o políticas, convergen en la creencia, y así se proyecta en sus discursos (su logos casi siempre ausente de su acepción básica de que el logos es inseparable de la Razón) que es igual hablar de moral que de ética. Esa confusión papúe olvida que la moral es la aceptación formal de las tradiciones y sus dogmas y que, al contrario, la ética es, al tiempo, firmeza del espíritu (ithos) y conjunto de normas (ethos) y, en consecuencia, que toda decisión ética implica explicación, argumentación y racionalidad. Cada acto, en la dimensión ética, no se religa al pasado, sino a dimensionar y establecer, ante los demás, nuestros actos. Juan Pablo II definió bien la Moral (con mayúscula) señalando “que la Moral viene de Dios o de una sabiduría tradicional definida por la ley”. Es ostensible, partiendo de ese propósito respetable, que la Ética no se limita a esa doble pretensión y que, como conducta humana y política, requiere la explicación, el argumento y, sin duda, la tolerancia como dimensión volteriana: “No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero daría mi vida para que pudiera decirlo”. La conversión de nuestras tribus políticas en sociedades anónimas (a veces tienen toda la significación de esas sociedades y ninguna relación con la sociedad civil) movilizadas por escándalos destinados al entretenimiento, pero no a la crítica como argumento y precisión ética imprescindible genera, en cada tribu, una ideología de sociedad anónima que converge, periódicamente, en sus mitos activos: el 2009, el 2012, el 2015, el 2018. Cada sociedad anónima ha recibido ya su vacuna ocasional para las fechas simbólicas de la tribu con su específico lenguaje-objeto: la lucha contra la pobreza (que permite el saqueo del flujo) y jamás la lucha contra la desigualdad; la batalla por la educación (que posibilita una cierta idea de la Ilustración sin la Enciclopedia que son muchos tomos), pero jamás la batalla por la investigación y la sociedad del conocimiento que es inseparable de la creación de ciudadanos aptos para distinguir entre el lenguaje-objeto y el lenguaje-sujeto de la historia. La hipocresía y la simulación, parte esencial del lenguaje-objeto como ideario de la tribu, conducen a los tribales a la proposición papúe: cada vez explican peor y peor cómo salir de su laberinto anónimo. |