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El Politécnico y la memoria del 68
El Politécnico ha iniciado una serie de conferencias para devolver, a la memoria colectiva, en el duro silencio del tiempo, el 68. Me eligieron para que, en la primera conferencia, contextualizara aquella década, universal, que se culminó, entre nosotros, en el 2 de octubre.Todavía me dura la conmoción. Estaban en la sala, enumerados sus nombres, uno a uno, un grupo de admirables y serenos sobrevivientes. Sentí, bien hondo, el signo histórico de los testigos. Cabe recordar, no para la elegía, sino para el desentrañamiento de los significados, que la voz griega martur (en el latín eclesial martyr) se traducía, simple y sencillamente, como “testigo”. Al ver y oír a los testigos del 68, reunidos en el bronce de su calma, sentí una impresión, mucho más profunda, que la que depara la violencia, el desasosiego y la blasfemia. Asumí la definición de Mircea Eliade sobre el terror de la historia. Se concreta y precisa, para los que han sufrido los crímenes de la historia, cuando no se comprenden. Ése es el verdadero terror: no comprender. Pero el largo y sereno coloquio que siguió, por varias horas, a mi intervención, me reveló que los testigos habían comprendido y que, por tanto, eran libres, insurrectos libres, es decir, no eran portadores de la carga, atormentada, de los testigos legendarios envueltos en pancartas. Habían encontrado, en sí mismos, la explicación del terror de la historia para transformarla, libres, en vida. Esa es la función de la hermenéutica: buscar, extraer y entender las significaciones ocultas. Me sentí, con su sosiego, partícipe de la potencia liberadora del martyr, voz, repito, que no significa suplicio, sino testimonio. A los testigos del terror de la historia les señalé el significado de los asesinatos de testigos eminentes en esa misma década. En 1963 fue asesinado John F. Kennedy —nunca revelado el fondo del crimen con la verdad—, pero no cabe olvidar que cuando su hermano Robert, el 16 de marzo de 1968, anunció su candidatura a la presidencia, ese testigo, que había sido el hilo que condujo hasta la Oficina Oval, la lucha existencial de Martin Luther King por los derechos civiles, se convirtió en una diana más para los revólveres del silencio. El 4 de junio de 1968, el mismo día que se anunció que Bob Kennedy había ganado las primarias demócratas de California, fue asesinado. Tuvo tiempo mortal suficiente para asistir a los funerales de Martin Luther King, asesinado el 4 de abril de aquel mismo año de los sesenta. Sobre su tumba, su esposa, la admirable Coretta King, mandó grabar unas palabras memorables del testigo de “Yo he tenido un sueño”: “Al fin soy libre; al fin soy libre”. Su libertad mayor que su muerte. En enero de 1968, en Praga, palacios y torres medievales, ámbito urbano prodigioso, los dirigentes del Partido Comunista checo rompieron con la burocracia staliniana y se prepararon para levantar la Primavera de Praga: el socialismo de rostro humano. El 21 de agosto los tanques del Pacto de Varsovia tomaron al asalto la ciudad prodigiosa. Vaclav Havel, para quien hice el prólogo a uno de sus libros, el hombre de la Revolución de Terciopelo, decía, como testigo, unas palabras reveladoras: “Ellos, cuando subían a un avión, nunca miraban hacia abajo”. Hermenéutica de los significados para los libres. Me siento feliz de transportar a ustedes la espuma caliente de ese largo diálogo que me permitió profundizar, hasta la raíz, mi ciudadanización. Les debo, a los testigos del 68, el valor de su pacificación. Me la trasladaron intacta y, como en el “68” de París, que viviría allá por entero (mis crónicas en El Día) la UNAM y el Politécnico, al conmemorar el terror de la historia, pueden subrayar lo evidente: más libres que nunca los testigos. alponte@prodigy.net.mx |