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    México y el mundo
Juan María Alponte
11 de junio de 2008

El Pantheon de las letras doradas

El 10 de mayo de 1981 comí en París, en un barco-restaurante del Sena, con Regis Debray. Esperábamos los resultados electorales de aquel día. En la noche supimos que el candidato socialista, Francois Mitterrand, había ganado las elecciones. El 15, el Consejo Constitucional, de acuerdo con el protocolo republicano, entregó a Mitterrand, pálido y conmovido, el acta. “Señor presidente de la República, el Consejo Constitucional ha constatado que el escrutinio del 10 de mayo os ha concedido la mayoría absoluta. En virtud de los artículos 7 y 58 de la Constitución, el Consejo Constitucional tiene el honor de proclamar su elección a la Presidencia de la República”. Roger Frey, ante 500 personas, añadió estas palabras: “Permítame, ahora, señor presidente, conforme a la tradición, que os entregue el texto de la proclamación y el resultado de la elección”.

Después de ser recibido con honores en el ayuntamiento de París (Jacques Chirac, el alcalde, representaba la Francia política derrotada) Mitterrand, rodeado de una gran multitud, caminando, teniendo a su lado a la gran actriz Melina Mercuri y bajo los acordes emocionantes del Himno a la Alegría, se dirigió al Pantheon de los Hombres Ilustres. Mitterrand no portaba en la mano nada más que una rosa. La gente lloraba y cantaba. En el Pantheon, Mitterrand se inclinó ante la tumba de tres grandes franceses: Jean Jaurés, Jean Moulins y Victor Schoelcher. Jean Jaurés, el filósofo, era el líder socialista en 1914. Pidió en Bruselas, en un discurso admirable, a los líderes de la II Internacional, que se declarase una huelga general contra la guerra mundial que llegaba. Le dejaron solo. Los partidos socialistas se unieron a los partidos nacionalistas para compartir las responsabilidades de la trágica contienda. Jean Jaurés, precedido por una odiosa campaña de la derecha francesa —por apoyar la huelga general contra la guerra, Jaurés fue acusado de ser un “aliado de Alemania”— fue asesinado aquella misma noche. Dos días después estalló la contienda (1914-1918), se liquidó la II Internacional y se abrió el camino a la barbarie.

Jean Moulins había sido el líder de la resistencia en los años de la ocupación de Francia por los nazis. Murió en esa misión. Victor Schoelcher fue el hombre que en el siglo XIX después de largas luchas, consiguió que Francia aboliera la esclavitud en sus colonias. Las tumbas de Schoelcher y Jaurés están casi juntas y cercanas a las de Víctor Hugo y Émile Zola. La de Jean Moulins es inmediata a la de André Malraux y, a la vera, la de los premios Nobel Pierre y Marie Curie, que asumen la ciencia y la libertad. La Revolución Francesa trasladó al Pantheon los restos mortales de Voltaire y Rousseau. Robespierre, líder de la Asamblea Revolucionaria, no está. Todos los presidentes de la República, desde entonces, se han negado. Defendió el poder con la guillotina y el terror. Al cumplirse el bicentenario de la Revolución, se insistió. La contestación fue la misma: “Tiene sangre francesa en sus manos. No”. Otro caso específico fue el de Marat (asesinado por Carlota Corday en el famoso “baño”) que, por la conmoción de su muerte, fue conducido al Pantheon. Después fue retirado porque se asumió que había sido la pluma y la palabra en defensa de la violencia y el jacobinismo verbal. Si ese ejemplo convivencial se siguiera sería el despoblamiento. Octavio Ireneo Paz ha representado, como señala su nombre dos veces (Ireneo en griego es pacífico y la irenología es el estudio de la paz frente a la polemología que es el estudio de la guerra) la libertad y la entereza de la protesta. Es nuestro irenarca. El irenarca, entre los romanos, era el magistrado que imponía la paz. Quienes no lo saben lo sabrán finalmente. Duro es saberlo.

alponte@prodigy.net.mx

 
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PERFIL
 
Profesor titular de la FCPyS de la UNAM, escritor y periodista. Ha colaborado en periódicos y revistas nacionales e internacionales. Ha escrito 37 libros, entre los que destacan Retrato de una Familia Babélica; las biografías de Colón y Lenin; Historias en la Tierra y Los Liberadores de la Conciencia.
 
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