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Bob Kennedy en el silencio de la memoria
Escucho, en el silencio conmovido, la memoria del tiempo. Las palabras sobran cuando la vida nos ha dejado, sin la primavera de la esperanza, la dura tonsura del invierno y la violencia irreprimible de lo irracional. Recordemos juntos. El 16 de marzo de 1968, Robert Francis Kennedy anunciaba su candidatura a la Presidencia de Estados Unidos. Regresaba, como la ola del surf, el discurso del cambio generacional —como Obama— y, con la ceniza del pasado, la recuperación de los datos exactos. El 8 de noviembre de 1960, la contienda electoral proporcionó a John Fitzgerald Kennedy, en orden al voto popular, 34 millones 227 mil 096 electores, y a Nixon, seco el rostro sombrío, 34 millones 108 mil 546. Respecto al voto electoral, los 50 estados contaban con 537 delegados. Kennedy obtuvo el refrendo de 22 estados que representaron 303 votos; Nixon contó con 26 estados, pero conformando solamente 219 delegados. Otros votos del Colegio Electoral se dispersaron. John F. Kennedy llevó a su gobierno a Bob, su hermano. Estaba decidido el nuevo presidente a devolver a la justicia, frente a las mafias y la crisis racial, todo su poder decisorio como fundamento del estado de derecho. Su hermano asumió ese papel. Pronto su despacho recibió las llamadas angustiosas de Martin Luther King. La batalla por el fin de la segregación racial fue una inmensa batalla. Después de los históricos 310 días de acoso y derribo, la Suprema Corte decidió que las leyes racistas de Alabama eran inconstitucionales y que la segregación en los autobuses era intolerable y transgredía los derechos fundamentales del hombre. La esposa del reverendo Luther King y él mismo tenían abierto permanentemente el teléfono de Robert Kennedy para apoyarlos en los días largos y terribles de la persecución. El asesinato de John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963 —tenía 46 años y 177 días—, marcó a generaciones enteras. Era el cuarto presidente de EU que moría bajo las balas: Lincoln, Garfield, McKinley y Kennedy. Cuando Bob Kennedy anunció, pues, el 16 de marzo de 1968 su candidatura, la conmoción fue inmensa. Tendría un momento culminante y terrible: el 4 de abril fue asesinado en Memphis Luther King. Bob estaba en Indiana cuando fue informado del crimen racial. Decidió salir a la calle, y en los barrios negros hizo el mejor discurso de su vida. No dudó —recuérdelo, Obama— en afirmar, ante una multitud, que Luther King “había dedicado su vida al amor, a la justicia y a los seres humanos y él moría —añadió— en esa lucha”. Admitió el centro de la tragedia: “En este día difícil, en este difícil tiempo para EU, es quizá indispensable preguntarnos qué clase de nación somos (‘…to ask what kind of nation we are and what direction we want to move in…’) y en qué dirección deseamos movernos…”. El martes 4 de junio de 1968, Bob Kennedy ganó las primarias demócratas de California. Su esposa, Ethel, le había acompañado. Estaba embarazada del que sería su hijo número 11. Estaban con ella, por cierto, seis de ellos. Su padre había defendido un programa que recuerda mucho el de Obama: “Tenemos que terminar con la división entre negros y blancos, entre ricos y pobres. Podemos trabajar juntos y ello será el fundamento de mi campaña”. A las 6:30 de aquel día, John Frankenheimer lo condujo, en automóvil, al Ambassador Hotel de Los Ángeles. Estaba agotado pero feliz. A las nueve lo llamó McGovern desde Dakota del Sur para decirle que había ganado allí las primarias. Para acelerar el camino cruzó por las cocinas del hotel. Allí lo esperaba el asesino Sirhan Sirhan, de 24 años. Bob Kennedy moría en el hospital Buen Samaritano. La conmemoración sobrecogedora coincide, así es la vida, con la operación cerebral de su hermano, Edward, para extirparle parcialmente un tumor. alponte@prodigy.net.mx |