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El techo de cristal
El sábado, Hillary Clinton pronunció su mejor discurso, el más emotivo, el más inspirador, que probablemente le permitirá mantenerse con vida en la espesa jungla de la política estadounidense. Lamentablemente para ella, este fue el discurso de la aceptación de su derrota, en el que optó —en un gesto de madurez y de cálculo político— por darle su apoyo incondicional a Barack Obama. Así, Hillary comenzó su nuevo periplo, en búsqueda de alternativas que le permitan seguir vigente tras lo que no puede calificarse más que como una estrepitosa derrota. A partir de ahora, la batalla de Hillary será ya no sólo por conservar algo del legado político de los Clinton, ni sólo por su probable aspiración a la vicepresidencia, sino también por una causa mayor que conecta con su historia personal: la de romper las barreras que limitan la participación plena de las mujeres en la vida pública estadounidense. Desde 1992, cuando su esposo ganó la elección presidencial, Hillary Clinton, quien usaba su apellido de soltera, Rodham, a veces solo y a veces combinado con el de su esposo, demostró ser un personaje más que controvertido, tanto por el rol protagónico que jugó primero en la campaña y luego como primera dama como por haber planteado en la mesa del debate nacional muchos asuntos que preocupan, inquietan, molestan a las mujeres estadounidenses. La abogada exitosa que colocó su propia carrera en pausa para apoyar la de su esposo les recordó a numerosas mujeres sus propios sacrificios en ese aspecto, si bien su activismo aprovechando su posición de privilegio generó rechazo y escepticismo entre muchas y muchos que vieron en esa conducta una contradicción y hasta un poco (o un mucho) de cinismo. En su condición de esposa engañada Hillary provocó igualmente simpatía y solidaridad o rechazo y sarcasmo. Hasta la fecha, muchos de sus críticos —hombres y mujeres por igual— sospechan que el motivo principal que ella tuvo para perdonar una y otra vez las desfachatadas conductas personales de su marido fue la ambición, el afán de poder. Así lo fue durante su propia campaña, al grado de que la cercanía y la influencia de Bill fueron duramente criticadas incluso por los partidarios de ella. Hillary como madre trabajadora ha sido generalmente más congruente, si bien la promesa inicial de no involucrar (léase utilizar) a su hija Chelsea en la campaña quedó en el olvido cuando la contienda se tornó más cerrada y competitiva. Sin embargo, hay quienes ven a la heredera de los Clinton como una posible promesa para el futuro político de la familia. Las muy particulares características de Hillary Clinton la hicieron ser simultáneamente víctima y beneficiaria de los prejuicios que todavía existen en la sociedad estadounidense en torno a la participación de las mujeres en la política. Muchas de sus simpatizantes han acusado —acosado incluso— a los medios de ser sexistas, misóginos. No me queda duda de que los medios de comunicación y la opinión pública en EU aplicaron una doble moral al evaluar a Hillary como persona, como mujer y como aspirante presidencial. Ese país, con su historial de discriminación racial, demostró ser más machista que racista, si bien Hillary y Bill Clinton cometieron suficientes errores a lo largo de la campaña para merecer su derrota. No todo es misoginia en Estados Unidos, pero quien dude que jugó un papel, que sólo voltee a ver qué porcentaje de mujeres ocupa asientos en el Senado (16%) y el Congreso (165), o son gobernadoras (18%). El techo de cristal, como coloquialmente se le llama a los límites impuestos al avance profesional de las mujeres, ha quedado astillado. El mérito es de Hillary y de los millones que la apoyaron. gguerra@gcya.net www.gabrielguerracastellanos.com |