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José Luis Cuevas
Al abrir las puertas de Bellas Artes a José Luis Cuevas, el gobierno de México no sólo hace justicia a su obra plástica sino al joven rebelde que, durante la segunda mitad del siglo XX, desafió a los dioses del Olimpo pictórico de México.
José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros dictaban desde los muros las leyes que debían obedecer todos los pintores, bajo pena de someterse a un ninguneo en el que participaban funcionarios, críticos de arte y comerciantes de galerías nacionales y extranjeras. Siqueiros lo dijo con el mayor desparpajo y el menor número de palabras: “No hay más ruta que la nuestra”. Las nuevas generaciones no tenían espacio. “El que no estaba dentro de eso que llamaban Escuela Mexicana de Pintura no encontraba dónde exponer sus obras. Lo que pasa, es que yo los espacios los encontré primero en París, en Nueva York, en Washington. Ahí es donde fui a exponer y ahí era muy bien recibido, pero llegaba a México y me atacaban en una forma verdaderamente terrible”, dice Cuevas. Una figura solitaria se burlaba de los intocables. “Gracias a ese manifiesto mío que se llamó ‘La cortina de nopal’, ¿te acuerdas?, los jóvenes que éramos encontramos un sitio, fueron tiempos maravillosos porque se operó un cambio en la pintura mexicana”. En esa época, principios de los años 60, nos conocimos y nació la idea del mural efímero, un acto público para exponer una obra de grandes dimensiones que no tuviera la pretensión del muralismo de ser eterna. Duraría un mes y sería destruida, no en los recintos solemnes del Palacio Nacional o la Secretaría de Educación Pública, sino en una azotea de la Zona Rosa. Si la ubicación era buena para vender cervezas o cigarrillos, lo era también para una gran pintura. “Sin tu participación el mural efímero no hubiera existido”, me recuerda José Luis Cuevas. Encontré el lugar y hablé con Kalafell, especialista en billboards, dicen en inglés a los espectaculares. Agrega Cuevas: “Me encaramé en esa azotea viendo a la multitud, había gritos, elogios, ataques, insultos, una polémica pública violenta. Llegaron los bomberos. Dimos una conferencia de prensa en la galería Misrachi y aparecieron unas muchachas con camisetas que decían Viva Cuevas”. El mural estuvo ahí el mes previsto, pero no fue destruido, no totalmente, sus restos los conservo desde entonces. Lo de la cortina de nopal, la burla crítica contenida en el mural efímero y la respuesta tumultuosa a los escándalos de Cuevas enfadaron a David Alfaro Siqueiros. Los reconcilié cuando llevé a Cuevas a la casa estudio de David en Cuernavaca y aceptaron darse un abrazo ante las cámaras de la televisión. Se establecía una amistad entre dos contrincantes inteligentes, combativos, uno ya consagrado y maduro y el otro precursor de los estudiantes que en el 68 se apoderaron de la imaginación en las calles del mundo. “David y yo nos estimábamos mucho —dice Cuevas—. Cuando ya estaba muy enfermo fue a mi casa de Galeana a comer y lo veía cansado. Le dije: Maestro si quiere suba a mi estudio y descanse un poco en esa cama antigua que siempre tenía en ese lugar, que era una cama inglesa del siglo XIX, y me dice: le agradecería porque me siento un poco cansado. Entonces subió, se acostó allá en la cama esta y, en fin, lamenté la muerte de Siqueiros, que además era un hombre muy ameno, contaba muchas historias, anécdotas. Pero gracias a ti fue tambien esa amistad.” “No me importa que me cierren las puertas del horrendo Palacio de Bellas Artes”, me dijo Cuevas en 1966, “pefiero exhibir en la más humilde de las galerías mexicanas, si es posible en la calle, en el jardín del arte o donde fuera, antes de exponer ahí. Para muchos puede ser timbre de orgullo exponer en Bellas Artes, pero para mí no, y decliné la invitación que me hizo el director Hernández Juárez.” Obviamente, la opinión de Cuevas sobre Bellas Artes ha cambiado. El jueves estaba feliz cuando el presidente Felipe Calderón inauguró su exposición y recorrió con él los salones del Palacio elogiando la obra. Lamento no haber estado, como estuve en la inauguración del museo Cuevas del que soy patrono fundador. Un asunto imprevisto y grato pero incancelable nos impidió a mi esposa y a mí llegar a tiempo como lo hemos hecho en todos los acontecimientos que han marcado la vida de nuestro viejo amigo. En 1943, el día exacto en que se cumplían 20 años del levantamiento y destrucción del gueto de Varsovia, recogí de las ruinas un trozo de alambre de púas abandonado ahí como cicatriz sobre la nieve. “Haz algo con esto”, le dije a Cuevas en México. Me devolvió ese alambre algún tiempo después, ya parte de un collage en que se autorretrató con todo su dolor íntimo. El cuadro se llama Yo no olvido y no está en la exposición. Lástima. Es una de sus obras maestras. Uno de los grandes productos de la inspiración y el talento de un pintor que con valor, sentido del humor y solidez cultural, estremeció a una sociedad sorprendida por el contraste de lo nuevo con lo anterior. Cuevas me dijo: “Mi obra existe porque existe el caos”. |