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La violencia es indisociable del silencio
Hace unos días en generosa casa, transitada por la inteligencia, compartí viandas —que el dueño de la casa, talentoso en la Universidad, gobernó en la cocina como homenaje a sus invitados— y vino rojo. En la despedida me regalaron, con firma y letras conmovedoramente elogiosas de los presentes, un libro editado por la UNAM y cuyo título despertó mi intensa curiosidad: La fotografía durante el imperio de Maximiliano. Antes de colocarlo, en mi biblioteca, en la estantería donde se agolpan muchos libros de ese tiempo preciso, repasé las notables fotografías de una época que, todavía, requiere de una atenta mirada crítica, no sólo blasfematoria como es habitual. Busqué, sin encontrarla, la que me parecía, imprescindible: la fotografía de una figura clave del imperio: la del hijo de Morelos, Juan Nepomuceno Almonte, sin el cual el proceso, ex ante, del impero y ex post, no puede ni entenderse ni estudiarse adecuadamente. No sólo participó Juan Nepomuceno en la negociación previa con Napoleón III, sino que, en el propio y concreto periodo imperial, fue figura notable y con sus soldados estuvo en el segundo sitio de Puebla. En el libro de Artemio del Valle-Arizpe (El Palacio Nacional de México), libro fascinante, se advierte, por ejemplo, que durante el periodo de Maximiliano y Carlota hubo “dos rumbosos casamientos en la capilla de Palacio, acicalada como una joya”. Uno de los “rumbosos” matrimonios, celebrado el 9 de agosto de 1860, fue el del general don José Domingo Herrán con la señorita Guadalupe Almonte, hija del gran mariscal y ministro de la Casa Imperial don Juan Nepomuceno Almonte. Este Juan Nepomuceno fue hijo, dice Valle-Arizpe, “de doña Guadalupe Quesadas y del cura de Carácuaro don José María Morelos y Pavón, preclaro héroe de la Independencia. Bendijo la unión el arzobispo don Pelagio Antonio Labastida y Dávalos, y fueron padrinos los emperadores y el mariscal Bezaine”. De ese escenario “rumboso”, con apellidos, como se ve, notorios, no existe una fotografía y debió haberlas, sin duda, a montones. En ese tesoro fotográfico antes citado existe, por ejemplo, una serie de retratos de prostitutas, de la época imperial, catalogadas, por las autoridades, como de primera, segunda y tercera categoría. Las mozas miran, calmas, al fotógrafo y cabe aventurar que sí reflejan, ciertamente, categorías sociales muy precisas. Mi interrogación, una vez más, es vincular el silencio, es decir, la ocultación, a la violencia. Juan Nepomuceno Almonte era hijo de Morelos y, sin más, eligió, en el cuadro de las contradicciones históricas, su propia existencia. Si contradecía la notable estatura de Morelos, ello no nos evita admitir esa indispensable y conflictiva realidad que es la vida de padres e hijos. Si se silencia, en nombre de los mitos casi de dimensión teológica, se elude la admirable complejidad de la existencia y se agrega violencia latente, por soterrada que sea o se eluda, a la historia. Violencia, en suma, que no se elimina nada más que con la aceptación madura de las variables humanas y sociales. El propio Morelos, durante el juicio ante la Inquisición, formidable máquina de presión moral sobre y para un sacerdote, hizo una aclaración, a sus jueces, memorable: “Tengo —dijo— un escrúpulo de conciencia, afirmé que tenía dos hijos, pero ahora sé que me nació un tercero”. Prodigiosa frase la de “escrúpulo de conciencia”. El gran mariscal y ministro de la Casa Imperial don Juan Nepomuceno Almonte no parecía tenerlos. Ejercía el derecho, por equivocado que pudiera estar, a tomar sus propias decisiones y asumir responsabilidades por otro camino en la tragedia del poder. Sólo asumiendo ese eje dialéctico, de la existencia podremos asumir, sin las hipocresías angélicas de buenos y malos, la historia. Ese es el verdadero escándalo de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, la violencia, inclemente, de ocultar y condenar sin la asunción prodigiosa de la tolerancia inteligente —una de las formas básicas del estado de derecho con la laicidad— posibilita que documentos como el que publiqué el domingo último no sean testimonios para el ejercicio de la vida crítica. Me refiero, sin más, a los datos del Informe Global Peace Index 2008. En ese documento —Vision of Humanity— se hace una valoración sobre el nivel de la violencia en 129 países. México es colocado en el lugar 93, es decir, entre Camerún y Bielorrusia. El 95 es New Guinea Papua. El país latinoamericano peor valorado es Venezuela: lugar 123 y, el mejor, Chile: el 19. Al margen mismo de las posibles discrepancias sobre esas interpretaciones de lo que no hay duda racional, en términos de un logos socrático y argumental, es algo esencial: que es muy grave e iluso insistir en que el narcotráfico es el responsable de toda la violencia que vive México. Aceptarlo es intolerable. Cabe afirmar, al revés, que el centro de nuestra gran crisis convivencial es la ausencia de la seguridad en el orden jurídico-político, es decir, en la base misma del estado de derecho. La no existencia de la legitimidad como coincidencia colectiva en la igualdad ante la ley, hace inviable cualquier proyección equilibrada. Ahora tenemos ante nosotros el Informe de la Federación Latinoamericana de Periodistas. El informe actualiza la situación del periodismo mexicano y señala que “80 periodistas han sido asesinados en los últimos 25 años”. Añade: “46 asesinatos y 10 desapariciones forzadas de periodistas y trabajadores de prensa ocurridas durante el sexenio de Fox Quesada y en lo que va del actual gobierno”. La FELAP-México, denuncia, nuevamente, que “nuestro país ocupa el primer lugar del mundo (sólo por debajo de Irak) en asesinatos, desapariciones forzadas y demás atentados y agravios contra los trabajadores de la prensa…”. No podemos ocultar esa “fotografía”. Es preciso asumirla para ir al fondo del cuestionario. Desaparecerla, como la de Juan Nepomuceno Almonte, carece del menor valor ético para la vida y para el desarrollo normal de ciudadanos… alponte@prodigy.net.mx |