|
La enfermedad ya es epidemia
El feo virus del presidencialismo ataca a casi todos ¡Y claro!, después de Fox, hasta Fidel Herrera quiere En este espacio nos hemos ocupado de “la enfermedad” por lo menos una decena de veces. Una de las más recientes, que tenemos con toda claridad en la memoria por la cantidad de insultos que nos reportó, fue el martes 18 de julio de 2006. El Itinerario Político de esa fecha llevó el siguiente título: “La enfermedad”. Y entre otras cosas dijimos lo siguiente: “Hace un par de años nos ocupamos aquí de un padecimiento que entonces, ante la proximidad del 2 de julio de 2006, amenazaba con generalizarse (debemos recordar que la cita apareció publicada el 18 de julio de 2006 y la referencia se hacía a agosto de 2004); la fea “enfermedad de presidencialismo”. Finalmente llegaron el 2, el 3 y el 18 de julio y el mal se ha generalizado. Atacó no sólo a políticos y gobernantes —que eran sus huéspedes habituales—, sino a todos o casi todos, a hombres y mujeres, a jóvenes y viejos, a periodistas, académicos, intelectuales, a la mujer y el hombre de la calle. “Quienes la han conocido de cerca y quienes la han padecido —aventuramos entonces— dicen que se trata de un mal devastador. Primero ataca los sentidos: la visión, el oído, el tacto y el olfato. Luego hace estragos en el equilibrio y pronto altera la razón. Los síntomas de esa enfermedad —que atacaba de manera puntual cada seis años a la clase política— son visibles para todos. Los contagiados dan muestras claras de miopía, mitomanía, sordera, insensibilidad y trastornos de la razón. Se olvidan principio y congruencia. La razón sucumbe a la pasión. “La del presidencialismo es una enfermedad que no respeta ideologías, edad y menos género; lo mismo ataca a quienes se dicen de izquierda de derecha o de centro, que a hombres y mujeres, a jóvenes y viejos. Es una enfermedad que, según los científicos sociales, sólo se cura con el olvido o con la muerte política. Por lo regular ataca una sola vez, pero existen excepciones de dos, tres o hasta cuatro recaídas, siempre en periodos sexenales. El padecimiento —mutación de la enfermedad del poder a secas— no es nuevo para nadie, pero en el caso mexicano del nuevo siglo parece llamado a convertirse en una epidemia, si no es que en una pandemia. Y su proliferación en México se ha dado a la luz de la incipiente democracia electoral”. Hasta aquí la cita. Herencia genética Como queda claro para observadores acuciosos, la del presidencialismo es una enfermedad de reciente cuño, ya que antaño —por lo menos hasta 1994— la herencia presidencial era sólo una cualidad reservada para los “hijos de la Revolución”, aquellos que se habían formado en las filas del tricolor y que habían realizado los méritos suficientes para ser considerados los herederos del poder. ¡Claro!, siempre que hicieran los méritos suficientes dentro de uno de los regímenes de la Revolución. Antaño a quienes eran atacados por el presidencialismo, el poder político los sometía a una suerte de “ostracismo político”. Eran condenados por el dedo popular y por la consigna callejera: “El que se mueve no sale en la foto”, cuño del viejo líder obrero, Fidel Velázquez. Luego se decidió que aquellos que padecían la enfermedad ocultaran su rostro a los ojos del público bajo una capucha que les daba un carnet de identificación. Eran “los tapados”. En los tiempos de la hegemonía del PRI la enfermedad se mantenía a raya, y sólo se permitía que los infectados fueran dos o tres cuando mucho, los que se paseaban por todos lados con sus capuchas, que de esa manera se les identificaba como los posibles herederos del poder. Pero todo se salió de control en el atípico sexenio 1994-2000, cuando se establecieron nuevas reglas para la sucesión presidencial, pero también cuando a partir del 7 de julio de 1997 la enfermedad atacó de manera severa a un político opositor, al panista Vicente Fox, quien desde entonces, y contra los usos y costumbres, se dijo orgulloso portador del virus. Desaparecieron entonces capuchas y consignas y el bronco guanajuatense reconoció ser víctima de la enfermedad y se negó a someterse a los controles tradicionales para evitar la propagación del mal. Vicente Fox, como todos saben, se alzó como el ganancioso en la lucha por el poder presidencial en 2000, y se llevó el nada despreciable título de “responsable de echar del poder presidencial al viejo PRI”. Pero también estableció nuevas reglas, en las que lo importante no era ser el mejor, el más capacitado, el más dotado, sino el más popular. Y para ser popular, todos aquellos que aspiraban al poder presidencial debían exhibir con la mayor anticipación posible que eran víctimas del virus de presidencialismo. Por eso en la contienda que siguió a la del año 2000, y en un ambiente de franco pluralismo, de reglas que anunciaban una naciente democracia electoral —rico nutriente para propagar el mal—, el virus se reprodujo y se propagó a placer. Muy pronto atacó a los hombres del poder, a la clase política toda, a sus partidos, a los muchos enamorados del poder —fueran de la derecha, la izquierda o el centro—, y también con una rapidez que sorprendió a todos alcanzó a los ciudadanos en general, a la mujer y el hombre de la calle, a jóvenes, maduros y viejos; sin faltar, ¡claro!, los siempre penetrables intelectuales, académicos y opinadores. Y con la enfermedad convertida en una suerte de epidemia, aparecieron el odio entre hermano, la intolerancia a la crítica, la ausencia total de autocrítica y, sobre todo, y en medio de grandes focos rojos, una perniciosa polarización social. Antes, durante y después de julio de 2006, en mayor o menor medida, todos los ciudadanos acusamos síntomas de padecer la enfermedad del presidencialismo, sea identificados con los amarillos, los azules o los tricolores, sea identificados con el culto a la popularidad, al mesianismo o, en el extremo, al enanismo político. La epidemia Y, en efecto, cuando no se han cumplido dos años de esa dolorosa polarización social que mostró su punto más álgido en julio de 2006, ya estamos de nuevo frente a la enfermedad del presidencialismo. Ya son muchos los que se dicen víctimas del mal, y otros que ni siquiera tuvieron tiempo de sanar respecto al virus que los atacó en 2006. Y si el hoy odiado Vicente Fox rompió todas las reglas del juego al lanzar su candidatura el 7 de julio de 1997 —apenas 24 horas luego de las elecciones intermedias de ese año—, hoy todos los pretensos, los picados por el mal, ya están en campaña, cuando falta más de un año de distancia para las elecciones intermedias. En realidad vivimos uno de los momentos más criticables de lo que provoca entre los políticos la enfermedad del presidencialismo. Es decir, si vemos con cuidado, en realidad hemos vivido poco más de una década continua de campañas presidenciales; de 1997 a 2008. De Fox a Andrés Manuel... y los que se acumulen hasta 2012. Para esa fecha habremos vivido casi 15 años de una continua campaña presidencial, sea de los Fox, los López Obrador, los Madrazo y hoy los Ebrard y Peña Nieto. ¿Cómo se le debe llamar a eso? ¿Qué no es una epidemia? En efecto, es la más grosera expresión de que los políticos mexicanos están enfermos de poder; del poder presidencial, de presidencialismo. Y, en efecto, en esa epidemia del presidencialismo todo indica que los más enfermos son los amarillos, que no se dieron tiempo siquiera de un periodo de convalecencia, y que ya forman largas filas en espera de ser parte de los muchos que tienen posibilidades de ser. Y si en 2006 muchos de los atacados por el mal del presidencialismo decían: “Si Fox pudo, por qué yo no”, hoy son más los que dicen: “Si Andrés pudo, por qué yo no”. Entre los amarillos, en una suerte de herencia genética de esa fea enfermedad, todos o casi todos se sienten presidenciables. Bueno, ya hasta cambiaron el slogan del partido y ahora dice: “Un candidato presidencial en cada afiliado te dio”. Los enfermos La lista es larga y está claro que todos la conocen. Por el PRD aparecen, en ese orden: Andrés Manuel López Obrador, Marcelo Ebrard Casaubón, Lázaro Cárdenas Batel, el propio Cuauhtémoc Cárdenas —quien no se ha descartado—, Jesús Ortega, Ruth Zavaleta y... hasta Gerardo Fernández Noroña. El bufón perredista está listo para hacer el sacrificio. Claro, si su patrón se lo pide. Y bueno, entre los amarillos debemos dejar un espacio para “los que se acumulen en la semana”. En realidad entre los perredistas es donde la enfermedad del presidencialismo se ha generalizado y en donde nadie parece dispuesto a acudir por ayuda profesional. Ahí les picó fuerte. En el PRI no cantan mal las rancheras. En ese orden aparecen el gobernador del estado de México, Enrique Peña Nieto, al que le sigue el jefe de los senadores, Manlio Fabio Beltrones, y luego la talentosa Beatriz Paredes.... y lejos, muy lejos, pero con una enjundia que no deja duda, están esa perlada selección de virreyzuelos en que se han convertido los gobernadores. Y sí, en medio de expresiones de risa loca —porque sólo a ellos y a su despropósito se les pudo ocurrir—, se creen presidenciables gobernadores tricolores como Fidel Herrera, de Veracruz; el cacique pueblerino de Coahuila —hombre de horca y cuchillo que nunca ha leído lo que significa la democracia—, Humberto Moreira y... también en el despropósito —y luego se quejan de que se ríen de ellos—, hasta el llamado Químico Granier, de Tabasco hace su luchita. En el PRI en realidad se pelean el dudoso título de “ingenuos”. ¿Y en el PAN? Caballada más que flaca... en realidad inexistente. ¿Pero qué creen? Ante la ausencia de figuras fuertes a nivel federal, ante ese peculiar vacío que han provocado de manera deliberada Calderón y Germán Martínez, el síndrome del presidencialismo ha pegado duro a los gobernadores azules. Y, en efecto, existen casos de lunáticos del poder que ya les han dicho a sus cercanos que pueden ser “el bueno” del PAN para 2012. Por eso, ingenuos como Juan Manuel Oliva de Guanajuato, Marco Adame de Morelos y Francisco Garrido Patrón de Querétaro, entre muchos otros, ya dedican dinero público para crear un paraguas que les permita estar entre los enfermos de presidencialismo. El poder, dice el querido Joaquín López Dóriga, los hace iguales... de ambiciosos o de tontos, no cabe duda. Popularidad, la nueva reina Y en medio de la enfermedad del presidencialismo, el nombre del juego es “popularidad”. No importa si los pretensos al 2012 son talentosos, son capaces, están bien preparados o son lo mejor que cada entidad ha dado para el difícil arte del gobierno y del ejercicio del poder. No, lo importante es la popularidad. Y en eso no son pocos los que gastan millonadas. Por supuesto, del dinero público. Quieren ser populares para ser vistos, tomados en cuenta, considerados. Lo que no saben es que el más popular no es el mejor. Eso sí, puede ser el más conocido, pero nunca el más capacitado. ¿Y por qué creen que los gobernadores pelean los excedentes petroleros? No, no es por que quieran llevar bienestar educación, cultura a los suyos. No, quieren ese dinero porque la política cuesta, y una candidatura presidencial cuesta mucho dinero. ¿Y quién creen que paga esas candidaturas? Pues sí, el dinero público, los excedentes petroleros. La del presidencialismo es una enfermedad que ha picado a todos en el poder público, a todos los partidos, a todos los gobernadores, a todos los dirigentes de partidos. El problema es que todos, igual que AMLO, son incapaces de explicarnos el origen de los dineros de su ambición de poder. Y sí, aquí seguimos reclamando a AMLO y a todos los pretensos que nos demuestren el origen limpio del dinero que usan para promover su popularidad y sus respectivas candidaturas. Sí, aunque se enojen los fanáticos, a quienes, por cierto, mandamos un saludo cariñoso. Al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx |