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Estar abiertos a los consejos
Aceptar es evolucionar. Que difícil es reconocer la verdad cuando se hace evidente y no queríamos verla. Hasta el día de hoy, no conozco a alguien a quien le agrade escuchar las palabras: “te lo dije”, cuando nos dieron un consejo e hicimos caso omiso. Aceptar un error cuesta mucho trabajo, sólo quien tiene humildad logra aprender de los demás y puede doblarse para recibir cualquier tipo de reclamo sin llegar al extremo de permitir humillaciones. La intuición de una madre es muy sensible cuando se trata de proteger a sus hijos. Con un poco de atención, agudizan su percepción para detectar las buenas o malas influencias cercanas. Cuando nuestros padres nos regañan de niños, obedecemos porque dependemos de ellos. Siendo adolescentes, aprendemos aquello que “nos conviene”. De adultos, extrañamos los consejos de mamá; porque reconocemos el amor y la experiencia con la que nos hablaba desde la infancia. ¿Por qué nos gusta llevar la contraria? ¿Será un factor cultural o una conducta humana natural? Solemos lamentarnos por lo que nos hace falta y descuidamos lo que con mucho esfuerzo hemos construido. Aunque, por otra parte, es bueno tener metas, — que de preferencia sean congruentes con las necesidades del alma— y no quedarnos extraviados en la indecisión. Al regalarle algo a la vida, a través del amor hacia nuestros semejantes, esperamos gratitud. Sin embargo, siempre podemos recibir lo contrario. Si aprendemos a aceptar las cosas como vienen, practicando una actitud desapegada de nuestras expectativas, es más sencillo sobreponerse al desconsuelo. Después de una decepción, se disuelven las ganas de abrirse a los demás. Pero sabiendo que las personas no pueden entregar lo que no está a su alcance, es comprensible que la reciprocidad, para bien o para mal, sea un golpe de suerte. Si alguien te mandara gusanos en un costal y tú los pones en la tierra para después devolver el fruto de la cosecha a quien te los envió, has hecho de tu corazón un jardín. Si regresas el costal con los gusanos, será tal vez porque no eres dueño de tierra fértil para valorarlos y porque tienes un espíritu pobre, incapaz de ofrecer amor. Las pérdidas duelen, según la mayor o menor cercanía de esa persona o cosa con nuestro ser. Desde un llavero hasta un hijo, el dolor perdura mientras no aceptemos que nada es para siempre. La mente fracciona el tiempo para ubicar en la memoria indelebles estados de ánimo. Como dijo Gabriel García Márquez: “No llores porque ya se terminó, sonríe porque sucedió”. lahojaenblanco@gmail.com |