Buscar en:
  
   
    Itinerario Político
Ricardo Alemán
25 de mayo de 2008
Comenta esta nota

Pacto de medios

Ante narcoterrorismo intentan unidad de criterios informativos

El gobierno de Calderón sólo pretende convocar, no busca imponer

¿Qué pensaría usted que nos lee, o aque-llos que se informan a través de la radio o la televisión, si de pronto se enteran que todos o la mayoría de los medios de comunicación fueran los primeros en alcanzar un acuerdo pactado para dar un tratamiento especial a la información que proviene del crimen organizado, del narcotráfico y/o de su expresión más violenta: el narcoterrorismo?

Pues para nadie debiera ser una sorpresa que muy pronto se pudiera concretar esa iniciativa ya que, en efecto, en la casa presidencial se analiza la posibilidad de convocar a editores, directores, dueños y concesionarios de prensa, radio y televisión —y especialistas del tema— a fin de escuchar propuestas y buscar un acuerdo base para definir el tratamiento editorial a un conflicto de alto impacto social, que llega a niveles de problema de seguridad nacional, que repercute en los tres grandes núcleos sociales: la política, la economía y todas las vertientes sociales, y que pone en riesgo la preservación misma del Estado.

Está claro que nos referimos a eso que los especialistas llaman con eufemismo “el crimen organizado”, que otros encasillan en un generalizado apócope de “narco” —en referencia al narcotráfico—, pero que cada vez se confirma como una expresión clásica del terrorismo.

Y es que no es más que terrorismo que en tal o cual rincón del territorio nacional aparezcan cuerpos decapitados o cabezas de personas con carteles de advertencia a este o aquel cártel del narcotráfico; que en mantas colgantes en cualquier zona metropolitana se amenace lo mismo a una banda criminal que a tal o cual jefe policiaco, o incluso a un alcalde, gobernador o legislador.

La gran pregunta es si los medios de comunicación deben actuar en igualdad de circunstancias en tiempos de la llamada “normalidad democrática”, que en aquellos momentos —como los actuales— en los que el narcoterrorismo pretende convertir la información cotidiana en uno de sus vehículos privilegiados para la guerra de terror con la que responde a las instituciones del Estado. La discusión puede ser profunda, puede llevar a extremos, puede desembocar en la pérdida de libertades básicas, pero todo indica que debe darse y que es el tiempo para ello.

¡Ya basta! y pacto mediático

Parece que a todos queda claro que un eventual pacto mediático, como el que se analiza proponer a los medios de comunicación desde la casa presidencial, tiene su origen en el llamado que a principios de mayo hizo el Presidente en un grito que pareció desesperado, el “¡Ya basta!”, luego del crimen del número dos de la Policía Federal Preventiva. En esa ocasión el propio Felipe Calderón aludió a los medios de comunicación —en una poco clara referencia— como un sector fundamental en la llamada “guerra contra el crimen organizado y el narcotráfico”.

Pero más allá de que pocos entendieron “lo que quiso decir el Presidente”, lo cierto es que estaba claro que Felipe Calderón pretendía llamar la atención hacia un fenómeno que es real, que está allí, pero que no ha sido analizado y discutido a suficiencia; el papel de los medios de comunicación en tiempos de guerra —de una guerra del Estado mexicano con el narcoterrorismo— y el peligro de que sean usados y hasta colocados del lado del bando de los criminales.

Y si en una primera alusión al tema el Presidente no lo expuso con claridad, en la segunda acometida menos. Pero lo cierto es que está muy claro que los medios de comunicación deben analizar si están en lo correcto al dar el mismo tratamiento informativo a todos los acontecimientos en tiempos de “normalidad democrática”, que a la información resultante de los “tiempos de guerra” con el narcoterrorismo.

A partir de ese llamado del Presidente y de la premisa fundamental de analizar el papel de los medios en las circunstancias de una guerra real, en la casa presidencial se piensa convocar a todos los medios o a todos aquellos que estén dispuestos a analizar la situación y, en su caso, alcanzar un acuerdo pactado respecto a las líneas editoriales a seguir frente, por ejemplo, a las narcoejecuciones, los narcomensajes, las imágenes de cargamentos de droga decomisados, los arsenales localizados y decomisados, las montañas de dinero incautado, las imágenes de policías en operativos…

Por eso se estudian experiencias similares en otras partes del mundo, como España en el caso de ETA, y Colombia en el caso de los cárteles de la droga. Sin embargo, cualquiera que sea el análisis preparado por el gobierno, lo cierto es que se ha pensado sólo convocar, y que sean los propios medios los que decidan “qué, cómo y hasta dónde”. Eso para romper con el círculo perverso de terrorismo y cancelación de libertades básicas, como ocurrió luego del II-S en el vecino del norte, cuando se cancelaron legalmente libertades de prensa fundamentales.

Narcoterrorismo, el origen

Pero antes que nada se debe partir de la tesis fundamental de que en la guerra que libra el Estado mexicano con el crimen organizado y el narcotráfico, los criminales están reaccionando con los métodos clásicos del terrorismo, sea dirigido a provocar miedo entre los ciudadanos en general, sea sometiendo a los cuerpos del orden público —policías de todos los niveles y en todos los estados— como método para hacerlos aparecer como incapaces de hacer frente a un ejército todopoderoso como el del narcotráfico.

Si el terror es el sometimiento de un ser humano por otro mediante el uso de la fuerza, el terrorismo en su definición clásica no es otra cosa que la mediatización del terror; es decir, convertir el miedo en un vehículo de comunicación para lograr el sometimiento social. El terrorismo, en tanto reino del miedo, es empleado por las bandas criminales en México no sólo en su lucha contra otras bandas, sino contra el Estado y el gobierno, como parte de su respuesta mediática.

Es decir, cuando vemos una cabeza humana lanzada a un cuartel militar o de policía, el mensaje de miedo parece dirigido a los policías o los militares. Pero cuando el mensaje de esa cabeza humana se convierte en noticia cotidiana en las secciones de sucesos de los medios —secciones que cada vez ocupan más espacios—, el mensaje de miedo se traslada a la sociedad en general.

En otro ejemplo, cuando aparece una cabeza humana, un cuerpo decapitado, o sólo un muerto, al que acompaña una pancarta con una leyenda amenazante como el ejemplo siguiente “Para que los del grupo X aprendan a respetar a los del grupo Y”, el mensaje del grupo Y al grupo X no tendría por qué ser expresado mediante la leyenda de la cartulina. Queda claro que el cuerpo del muerto, del decapitado o la propia cabeza, son el mensaje del grupo Y a X. De esa manera resulta ingenuo que en la guerra de las bandas criminales los señores del grupo X no sepan que sus enemigos del grupo Y les mandaron matar a uno de los suyos.

En realidad ese mensaje: “Para que los del grupo X aprendan a respetar a los del grupo Y”, no es más que parte de la estrategia de terror. Es una expresión de terrorismo. Es decir, el mensaje de miedo se envía no sólo a la banda rival, sino a la opinión pública, que no sólo advierte una violencia extrema en la lucha de las bandas criminales, sino también una debilidad extrema de la autoridad. Entre los criminales organizados han cambiado de manera radical los códigos y lenguajes. ¿Por qué ese cambio? Porque los objetivos son distintos.

Hace no muchos años los ajusticiamientos se daban en las rancherías, lejos de la vista de curiosos. Hoy los criminales organizados le apuestan, en efecto, a sembrar no sólo miedo entre la población, sino la sensación de que el Estado, sus instituciones, sus gobiernos, han sido derrotados.

En Culiacán, por ejemplo, la gente se pregunta: ¿Por qué ahora las bandas criminales se disputan territorios, rutas, plazas, a plena luz del día, en el centro de la ciudad, a la vista de todos? ¿Por qué atacan con bazucas en centros comerciales, para eliminar a sus rivales?

La respuesta es elemental. Porque el narcoterrorismo tiene como uno de sus factores centrales el de llamar la atención social, imponer su presencia todopoderosa, impune, a la vista de todos. Someter mediante el miedo y el uso de la fuerza. Así, un pueblo aterrorizado —sea por balaceras, levantones, ejecuciones, decapitados—, con una policía paralizada por el miedo o controlada por dinero, es el primer paso de la ingobernabilidad. En una plaza así, ¿quién tiene confianza en la autoridad, en las instituciones?

El poder mediático

¿Cuántas lecturas puede tener una gráfica o una imagen que deja ver decenas o cientos de pacas de dólares, tabiques de droga, arsenales de potentes armas del narco?

Una imagen como esa puede impactar de muy distintas formas a muy diversos sectores sociales. Un joven sin esperanza alguna podría decir que más vale un año de vida como millonario, que 50 años como pobre diablo. ¿Y cuántos miles o hasta millones de jóvenes que piensen así al ver esas imágenes estarían dispuestos a formar parte del inagotable ejército que nutre a los criminales organizados, a los narcotraficantes, a los terroristas?

¿Qué deben hacer los medios de comunicación frente a ese tipo de casos?

Muchos creemos que al amparo de las libertades básicas de prensa todos los ciudadanos tenemos derecho a conocer las gráficas e imágenes como las que usamos arriba como ejemplo; que debemos conocer los narcomensajes que acompañan a decapitados, asesinados… Pero, en efecto, ese derecho pudiera ir en contra del bienestar de las mayorías si partimos de la definición del terrorismo y de su capacidad infinita de crear miedo social. ¿Cómo conciliar esa dualidad?

Bueno, pues ese es sólo un ejemplo de lo mucho que se habrá de discutir en torno a la responsabilidad de los medios de comunicación, prensa, radio y televisión, frente a una guerra como la que libra no el gobierno de Calderón, sino todo el Estado mexicano contra las bandas criminales y el narcoterrorismo.

Y aquí es donde medios, editores, dueños, concesionarios y periodistas de los distintos medios de comunicación podemos enseñar de lo que estamos hechos. No hay duda de que la polarización social resultante de julio de 2006 colocó a unos medios como enemigos del régimen —a los que le apostaron al ahora derrotado y que estimularon sin la menor ética el cuento del fraude—, en tanto que en el otro extremo aparecieron los aduladores del gobierno. Pero más allá de filias y fobias, parece haber llegado el tiempo de la responsabilidad compartida, de que los medios tomen la iniciativa de hacer un frente mediático contra el narcoterrorismo y para que desde sus respectivas trincheras cada quien haga su parte.

Y habrá los que le apuesten a la caída del gobierno y al triunfo del crimen, el narcotráfico y el terrorismo, pero en otras partes del mundo los medios han sido ejemplo para convertir en acciones reales y contundentes el “¡Ya basta!”, que no se puede quedar en sólo un eslogan del gobierno. Porque, en efecto, ¡ya basta!

aleman2@prodigy.net.mx

  Comentarios:       Comenta esta nota
 
BÚSQUEDA
Autor:  
Columna:
 

PERFIL
 
Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
 
Columnas anteriores
 
Alcocer: ¡Va, porque va! 2008-05-23
 
PRD: popularidad y presidenciables 2008-05-22
 
Tabasco: otra tragedia 2008-05-21
 
¡Ya basta! Oaxaca,la otra pesadilla 2008-05-20
 
Pemex, corrupción y escupir para arriba 2008-05-19
 
 
- A   A   A +
El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Publicidad | Mapa de sitio
© Queda expresamente prohibida la republicación, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL