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    Manual para canallas
Roberto G. Castañeda
22 de mayo de 2008

Canciones que hablan de nosotros

Cada lunes y cada martes me cuesta demasiado trabajo sincronizar mi desinterés con mis obligaciones. Soy demasiado yo, y muy poco lo que los demás esperan que yo sea. Cuesta trabajo ponerme en marcha, a sabiendas de que preferiría quedarme tirado en cama, encerrado a merced de mis delirios, agobiado por mi falta de ambición. Tuve que ir a la escuela desde pequeño, lidiar con maestros neuróticos y con las angustias de mi madre. Durante décadas me enseñaron matemáticas, geografía y esa historia que escriben los vencedores, pero nadie nunca me dio un manual para comprender las cosas más elementales de la vida. Tampoco he encontrado un instructivo para lograr que embonen mis debilidades con mis escasas virtudes. Este que carece de ambiciones soy yo. Ya lo he dicho antes, no pretendo ser aconsejado, como tampoco ser asesor de nadie. Y aún así me sorprende que mis historias sean conocidas, que me lean al pie de la letra. Soy un cliente frecuente de la ansiedad. Bebo a solas y maldigo en público. Rehuyo a las multitudes, entiendo mejor a los individuos. Alguien me ha dicho que tengo muchos lectores emos. Otro alguien sugirió que soy misógino. Hay quienes sostienen que tengo 25 años, otros creen que son 40. Bastaría con decir que soy demasiado viejo para salir con quinceañeras, y muy joven para andar con cuarentonas. En el internet sobran teorías sobre el mayor de las canallas. Unos me imaginan como un tipo interesante, otros sólo me ven como un sujeto agradable, algunas chicas me idealizan, y sobran los novios celosos, los amigos envidiosos. Tengo tantos amigos como enemigos. Con los segundos puedo lidiar, pero los primeros me abruman. No soy tan bueno. Uno no es simplemente bueno o totalmente aborrecible. Es mucho más complejo. Las deudas me agobian, el sueldo no me alcanza, viajo en Metro, colecciono abandonos, me muerdo las uñas, reniego del gobierno y tengo pocas esperanzas en mi propio futuro. No me parezco al cantante de Café Tacvba, ni al guitarrista de Panteón Rococó y mucho menos a un integrante de Zoé. Soy ordinario y en mi trabajo me obligan a usar corbata. No tengo tatuajes, ni un piercing en la barbilla, ni tampoco llevo un arete en la oreja derecha. Ni uso cabello largo, pero tampoco me gusta corto. Mi sentido del humor es horrible, mis chistes apestan, y mi boca escupe sarcasmo. No soy rockero, no soy emo, tampoco simpatizo con la derecha, ni pertenezco a ningún club o asociación, porque reniego de los clanes y prefiero seguir mis propias reglas. Detesto las etiquetas, aborrezco los prejuicios. Los lunes y los martes no logro concentrarme. Sólo quisiera que las semanas comenzaran en miércoles. Y que nunca me faltaran cigarrillos, ni canciones de Sabina y Babasónicos, ni poemas de Roque Dalton, ni las caricias tibias, ni una mirada cómplice, ni tantas cosas que a veces se echan de menos.

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Me sobran motivos para desconfiar de todo. Me faltan razones para creer en algo. Soy partidario de quemar los recuerdos. Soy enemigo de estacionarme en el pasado. Me sobrepasan las dudas. Me abruman los compromisos. Tiendo a alejar a la gente que me quiere y me maldigo por ser tan estúpido, pero hay cosas que parecen no tener remedio. Soy un desconocido para mi madre, un extraño para mis amigos, y un estúpido para mis contemporáneos. Sólo soy un poco raro, quizá distinto, acaso medio obsesivo. Una amiga me decía que lo interesante en mí es que siempre creo tener la razón, pero que lo excitante que casi siempre la tengo. Es lo malo de ser tan analítico, tan duro contigo mismo, tan gobernado por el corazón y asesorado por el cerebro. Mientras escucho esta canción, me reitero que ninguna mujer puede aguantarme. “Puedes tomarte el tiempo necesario,/ que por mi parte yo estaré esperando/ el día en que te decidas a volver/ y ser felices como antes fuimos./ Sé muy bien, que como yo estarás sufriendo a diario/ la soledad de dos amantes que al dejarse/ están luchando cada quien por no encontrarse”, cantan Café Tacvba y Celso Piña a un ritmo que aguijonea, “y no es por eso, que haya dejado de quererte un solo día./ Estoy contigo aunque estés lejos de mi vida,/ por tu felicidad a costa de la mía”. Te diría que suspiro, pero los tipos duros no bailan ni se permiten el lujo de acongojarse demasiado. Prefiero azotar a mis musas para que me dicten rimas forzadas o una canción a medias con esta vieja guitarra. Nunca es suficiente. Siempre te faltará algo, un poco de amor, algo de piedad, una mirada de bondad. Siempre querrás más. Nos educaron de manera pésima, en una familia disfuncional y rodeados de tristeza. Trataremos de curarnos a base de tropiezos, escuchando canciones que hablen de nosotros, abrazándonos a una mujer imperfecta, viajando de gorra hacia ningún lado, muriendo un poco en cada abandono, malviviendo con un pésimo sueldo, sobreviviendo a los lunes y los martes. De las madrugadas con los ojos abiertos mejor ni hablamos.

 
 
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