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    Tintero económico
Alejandro Villagómez
21 de mayo de 2008

Revolución educativa en calidad

Un esfuerzo de esta magnitud enfrentará serias inercias y “costumbres”, por lo que probablemente requerirá un cambio generacional para ver resultados

La semana pasada, el Presidente de la República anunció que se daba paso a un importante proyecto en materia educativa en nuestro país, en una alianza entre la SEP y el sindicato de maestros (SNTE). Se iniciaría una revolución que buscaría atacar en particular el aspecto de la calidad en todos sus sentidos, por lo que el proyecto se sustentará en cinco ejes rectores: modernizar la infraestructura de todas las escuelas, elevar la calidad y el desempeño de los maestros, reforzar programas de becas para niños de escasos recursos, desarrollar las capacidades de los alumnos, y consolidar la evaluación como instrumento para elevar la educación.

Esta iniciativa es más que bienvenida. Todos sabemos que el asunto de la educación en nuestro país constituye uno de los problemas más serios y complejos con profundas implicaciones en nuestro crecimiento y bienestar. Por ejemplo, cuando se realiza un estudio para entender por qué el comportamiento de la productividad en nuestro país ha sido tan pobre en las últimas décadas, lo cual se refleja en raquíticas tasas de crecimiento económico, el factor cualitativo de nuestra fuerza laboral resulta ser un elemento que explica en buena medida nuestro atraso, y este factor está estrechamente ligado a la educación, no sólo en términos cuantitativos, sino en particular en su aspecto cualitativo. Pero ésta no es una valoración subjetiva, sino que por fortuna contamos con indicadores objetivos internacionales que permiten ubicar nuestro problema de manera clara y dramática en el contexto mundial. Hace años, cuando se planteó la participación de México en las evaluaciones de PISA, surgieron voces disidentes que veían esta decisión como una injerencia externa que pondría en riesgo nuestras capacidades de decisión y nuestra soberanía en un asunto de crucial importancia como lo es nuestra educación. Pero no cabe duda que el aspecto positivo de este tipo de valoraciones esta dando resultados, y es el de lograr presentar resultados crudos de evaluaciones no endogámicas, que difícilmente pueden ser criticadas políticamente y que obviamente terminan por generar presiones fundamentales para el cambio. PISA abrió el camino para ampliar los esfuerzos de evaluación interna, como el INEE o ENLACE. Sólo para recordar los resultados de México en PISA para el 2006 reportados en medias de desempeño en una escala global que tiene cinco niveles, del 0 al 4, en donde el más alto es el 4, tenemos que en ciencias y en lectura nos ubicamos en la línea que divide al nivel 1 con el 2, mientras que en matemáticas estamos claramente en el nivel 1. Además, un escaso 5% de nuestros estudiantes se ubican en los nieles más altos de desempeño y alrededor de la mitad esta en los niveles bajos. Y si observamos los resultados a nivel de entidad federativa, el panorama es más dramático reflejando las propias divergencias socioeconómicas que ya conocemos entre Estados como Nuevo León o el Estado de México con Oaxaca o Chiapas.

Otro hecho ampliamente conocido es el importante avance registrado por nuestro sistema educativo en términos cuantitativos a partir de la década de los años setentas, lo que permitió aumentar los índices de escolaridad de la población. Este esfuerzo no representó un gran problema para directivos y el magisterio, e incluso significó una ampliación en recursos y fuentes de trabajo. Pero nuestro rezago actual está en el aspecto cualitativo, y es precisamente en este punto en donde el problema es mucho más complejo, ya que avanzar en este sentido requiere necesariamente de mecanismos de evaluación y supervisión, que para que sean realmente efectivos y objetivos tienen que ubicarse fuera de la injerencia de los evaluados, por razones obvias. Esto es lo que provoca dudas y reticencias. El problema de la calidad no se descubrió ahora. Lo sabemos desde hace ya tiempo y propuestas de reforma han existido. La buena noticia es que parece ser que ahora sí existe voluntad conjunta entre todos los involucrados para avanzar en esta materia. Debe quedar claro que estos procesos son muy lentos, no sólo por el tiempo que significa capacitar y actualizar al magisterio, sino porque erradicar prácticas inadecuadas, que se han constituido en “usos y costumbres”, se antoja será una labor titánica que en el extremo implicaría un cambio generacional. También habrá que esperar como se implementa el tema de la evaluación, que siempre resulta ser muy complejo, en cualquier sector o actividad. Finalmente, en la medida que esto avance y prospere, debe quedar claro que los niveles salariales actuales no corresponden a las necesidades y esfuerzos docentes, por lo que habrá que reconsiderarlos. En este caso, la opción de que una parte del pago se ajuste al desempeño es adecuada, siempre y cuando la valoración de este desempeño sea suficientemente transparente.

alejandro.villagomez@cide.edu

 
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PERFIL
 
Doctor en Economía por la Universidad de Washington. Especialista en macroeconomía, política monetaria y fiscal, ahorro y pensiones. Profesor investigador de la División de Economía del CIDE, de la cual fue su director del 2000 al 2003. Ha sido consultor y asesor del gobierno mexicano, organismos privados y organismos internacionales. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores.
 
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