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Juan María Alponte
11 de mayo de 2008

Rusia cambia: Putin se sucede

En 1832, Ouvarov, quien fuera ministro de Educación de Rusia, definía, así, el sistema político ruso: 1) samoderjavie; 2) pravoslavia; 3) natsional’nost. Los tres principios siguen funcionando: la autocracia, la ortodoxia y el nacionalismo.

Vladimir Putin es hijo del cocinero de Lenin. Debía ser notable porque, a la muerte del fundador de la URSS, pasó a la cocina de Stalin. Lenin, por cierto, murió dos años después de que Stalin fuera nombrado secretario general del partido. En ese tiempo, Lenin, gravemente enfermo, fue trasladado a Gorki (separado, pues, de Moscú) y en Gorki muere el 21 de enero de 1924.

Su esposa, Nadezhda Konstantinova Krupskaya (con la cual se había casado por la Iglesia en Siberia, cuando los dos estaban desterrados. Casamiento eclesial por imperativo kantiano de la madre de Nadezhda, aunque los dos por casar eran ateos), al saber que Stalin estaba dispuesto a embalsamar a Lenin, se apresuró a decirle que si algo le horrorizaría a Lenin, era el embalsamamiento. Las malas lenguas dejaron correr por Moscú, en días helados, “que si ella se oponía, le inventarían otra esposa que dijera que sí”. Stalin tenía prisa y, sin más, el 27 de enero, Lenin fue embalsamado e instalado en el mausoleo. Tuvo menos prisa en hacer público (no fue un testimonio universal hasta el derrumbe de los muros) el texto que escribiera Lenin, el 25 de diciembre de 1922 (el 26 de mayo sufrió su primera embolia) y que ha pasado a la historia como su Testamento. Decía, a la letra, “que un hombre tan grosero y brutal como Stalin no podía ser secretario general”. Las voces rusas, grosero y brutal son inequívocas en el escrito de Lenin. El texto entero puede leerse en mi libro Lenin, Vida y Verdad, publicado por Grijalbo.

El más vigoroso y elocuente retrato, a su vez, del funeral de Stalin en 1953 lo relata en su libro impresionante, el hijo de Beria. En efecto, Sergo Beria tituló su libro en la traducción francesa así: Beria, mon pere, au coeur du pouvoir stalinien, es decir, Beria, mi padre, en el corazón del poder estaliniano.

En ese libro (puede encontrarse en otros idiomas), el joven Beria, reuniendo sus recuerdos (el padre había sido el gran policía de Stalin), señala que fue, conmovido, al sepelio de Stalin. Dice que se quedó muy asombrado al ver que el semblante de la gente, pese al acto, reflejaba contento. No lo podía comprender bien, pero en esto llegó al acto —dice— un hombre, un burócrata al cual él despreciaba, todo lloroso y en un estado deplorable. Asombrado fue a preguntarle qué le pasaba. Le dijo: “Es que al venir para el sepelio mi automóvil ha chocado”. Sergo Beria añade lo siguiente: que fue a condolerse ante la hija de Stalin y ésta, sin más (eran casi de la misma edad) le dijo: “¿Tú, también Sergo?”. Le añadió: “Ahora todos seremos más felices”. Svetlana se marchó a Estados Unidos.

Lo cierto y perdurable es que el hijo del cocinero de Lenin y Stalin heredó los grandes símbolos de la autocracia, la ortodoxia y el nacionalismo. En su autobiografía (First person, an astonishingly frank self-portrait by Russia’s president, Vladimir Putin, Public Affaires, New York) dice que es verdad que pocos de los que estuvieron cerca de Stalin no sufrieron las purgas. Añade, sereno, que su padre no las padeció y que terminó su vida retirado en un hospital y tratado a cuerpo de rey.

El joven Vladimir asume, en ese autorretrato, “que para bien o para mal, él nunca fue un disidente”. Sólo soñó con ser miembro del servicio de espionaje. Llegó, dice, a presentarse ante los oficiales del KGB que le dijeron, sin más, “que eran ellos los que elegían y que, además, tenía que terminar una carrera universitaria”. Se atrevió a preguntar cuál.

Para mi sorpresa, aún me dura, le dijeron: “Derecho”. Cuando terminó, ingresó en el Servicio de Inteligencia y lo enviaron a Alemania del Este para evaluar, desde esa frontera, los movimientos de la OTAN. Allí estuvo hasta el derrumbe de los muros. Regresó a San Petersburgo con su esposa y sus hijos, y la vida coronó al teniente coronel del KGB con unos puestos burocráticos que le conducirían hasta Yeltsin a quien sucedería en la Presidencia. Como su padre, no tuvo un problema.

Vladimir Putin, el que nunca fue ni para bien ni para mal un disidente, nació en Leningrado (antes San Petersburgo, después Petrogrado, más tarde Leningrado y, finalmente, por referéndum, San Petersburgo de nuevo) en 1952, y después de ser Presidente de la Federación Rusa durante dos periodos, ha inventado, dentro de la ley, una aleccionadora repetición de la famosa autocracia de Ouvarov.

En efecto, la Constitución de la Federación le impedía ejercer un tercer periodo presidencial. En consecuencia, siendo el líder del único partido que controla el poder y las elecciones, ha encontrado una solución notable: que el Presidente, que Putin y su partido han elevado a la Presidencia, el joven Dimitri Medvedev, de 42 años (Putin tiene 56), lo ha nombrado primer ministro de la Federación. En teoría, cuando Medvedev termine su periodo, el primer ministro podrá ser, de nuevo, electo presidente en un sistema que gira en torno del poder del petróleo y el gas (que arrebató, Putin, violentamente a la nueva oligarquía), lo que le ha permitido ser el zar de la Energía. Los periodistas y los agentes del KGB que tuvieron dudas desaparecieron y su famoso contrincante electoral, Gari Kasparov, un día campeón mundial de ajedrez, ha terminado su carrera política con una frase inútil: “Putin representa la cúspide de la corrupción”. Frase, demasiado ingenua para un jugador de ajedrez, que debió saber que en ese tablero no tenía al rey. Pero, pero, pero, en Rusia nunca se ha producido un gobierno de “dos” cabezas. Quizá, en ese tablero, Kasparov tenga un juego.

alponte@prodigy.net.mx

 
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PERFIL
 
Profesor titular de la FCPyS de la UNAM, escritor y periodista. Ha colaborado en periódicos y revistas nacionales e internacionales. Ha escrito 37 libros, entre los que destacan Retrato de una Familia Babélica; las biografías de Colón y Lenin; Historias en la Tierra y Los Liberadores de la Conciencia.
 
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