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Ricardo Rocha
08 de mayo de 2008

El partido partido

La quiebra del Partido de la Revolución Democrática no es política. Es moral.

Es cierto que padece la peor crisis desde su fundación hace apenas 19 años. Pero es una ruptura que va más allá de una pugna entre grupos y está devaluando los principios fundamentales de esa actitud ante la vida que llamamos izquierda. Es cierto, el PRD corre el riesgo de dividirse. Pero algo peor, dejar de ser el partido más representativo de la izquierda mexicana: que si no lo es hoy a cabalidad, lo será cada vez menos.

Es obvio que hay una disputa feroz entre dos proyectos distintos de partido: uno conservador, dialogante y de contacto con el gobierno federal, frente a otro radical, de movilizaciones callejeras y que se niega a reconocer al que sigue calificando como gobierno espurio. Las cruzadas acusaciones mutuas no son menores: unos, colaboracionistas y traidores; los otros, mesiánicos sin destino. Unos renegando del liderazgo y los otros reclamándoles que fue ese liderazgo el que los puso donde están. Pero más allá de esas expresiones gástricas y oportunistas están dos elementos que conforman un botín aún muy apetitoso: una plataforma todavía utilizable del poder y un presupuesto que este año debe rondar los 500 millones de pesos y que el próximo periodo electoral de 2009 será mucho mayor. La posibilidad de candidaturas, campañas, cargos y dinero ha sido una tentación irresistible.

El problema es que esta disputa no sería tan grave si se hubiera dado con toda la intensidad natural, pero con toda la transparencia exigible. Lo malo es que ha ocurrido todo lo contrario: la lucha entre los grupos representados por Alejandro Encinas y Jesús Ortega ha sido todo menos una batalla noble. Se trata en cambio de un pleito de mercado, en un escenario de miasma y fango. Y el resultado está ahí a la vista: un partido enfermo y desolado que cambia de dirigentes un día sí y el otro también. Una guerra subterránea en la que ninguno reconoce el triunfo del otro ni está dispuesto a reiniciar el proceso, ni a alcanzar algún consenso para una tercera vía. Mientras tanto, la fractura avanza inexorablemente.

Enfrente, el PAN y el PRI se frotan las manos como si tuvieran la conciencia tranquila. Como si los primeros no se desgarrasen en las borracheras de soberbia y nostalgia de yunquistas como el piadoso González Márquez o el rijoso Espino, enfrentados a los doctrinarios de la nueva dirigencia. Como si los segundos no se patearan debajo de la mesa en la lucha entre la nomenclatura formal frente al poder real de los líderes del Congreso. Todos, sin embargo, magnificando el desastre perredista. La diferencia es que los panistas y priístas son discretos e hipócritas, y los perredistas son descarados y alharaquientos por naturaleza. Les encantan los reflectores.

Lo cierto es que la crisis amarilla es más que oportuna para los promotores de una propuesta petrolera que debiera implicar un debate histórico. Los quieren divididos y vencidos. Y paradójicamente el desafío de la reforma a Pemex significa, tal vez, la última oportunidad de rectificación para un partido tan confrontado y exhausto y también la última de sus causas comunes.

Bien harían los perredistas en leer el libro más reciente de Carlos Illades, El primer socialismo en México, 1850-1935, para que aprendieran desde cuándo las causas de los pobres y la justicia social son anheladas por hombres y mujeres que trabajaron y soñaron por ellas. Una etapa en la que aquellos pioneros de hace casi 200 años se propusieron lograr la armonía social por medio de la solidaridad; creyeron que la historia avanzaba en dirección de la perfección humana; defendieron el respeto a la diferencia y tuvieron la certeza de que habían descubierto las leyes que gobernaban al mundo.

Un relato heroico en el que Illades nos trae de nuevo a Ernst Bloch cuando dice: “Si el bocado diario fuera tan seguro como el aire, no habría miseria. Tal como son las cosas, sin embargo, sólo en sueños crece el pan en los árboles. Nada semejante existe. La vida es dura, y no obstante siempre ha habido un sentimiento de escapatoria y de que tal escapatoria es posible... por eso la audacia ensoñadora se lanza en todas direcciones”.

Tal vez demasiado para las pequeñeces perredistas que prefieren un costo impagable.

ddn_rocha@hotmail.com

 
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PERFIL
 
Ricardo Rocha ha sido redactor, reportero, corresponsal de guerra, productor y conductor de programas. En 1977 cubrió por dos meses la Revolución Sandinista en Nicaragua, lo que le valió el premio nacional de periodismo. Diseñó y condujo los programas "Para Gente Grande" y "En Vivo". Es co-autor de "Yo Corresponsal de Guerra" y autor de "Conversaciones para Gente Grande". En el 97 creó el concepto "Detrás de la Noticia" y en 1999, al separarse de Televisa, lo consolidó con la agencia informativa.
 
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