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    Agenda del debate
José Carreño Carlón
08 de mayo de 2008

¿Todo será posible menos llamarse Carlos?

Salinas y Monsiváis definen temas centrales de la conversación nacional

El riesgo: que los excluidos de ayer quieran ser los excluyentes de hoy

Carlos Salinas y Carlos Monsiváis aparecen unidos desde el domingo en los espacios de diversos medios, compartiendo a plenitud su condición común de definidores primarios de la agenda pública.

Allí han permanecido toda la semana en titulares y columnas de medios que, en su función de definidores finales de la agenda, dictan el temario de la conversación y la discusión públicas.

El hecho es que, aunque no se confundan sus posiciones personales, resulta inevitable verlos fundidos en su rol de definidores de los temas a debate, concurriendo juntos al establecimiento de la agenda. Esto, por ejemplo, le imposibilita a Salinas disociarse de Monsiváis en esta función que los identifica. Y tampoco puede Monsiváis aplicarse la solución poética de Carlos Pellicer de olvidar el nombre que comparte con Salinas para tomar distancia de un ex presidente llevado a tal extremo de satanización que parecía convertir en decreto el verso en el que el enorme poeta asegura que “todo será posible menos llamarse Carlos”.

Sólo que ninguno de los dos Carlos de hoy puede andar por allí “ya sin nombre”, felices “de no reconocerse”, como continúa el poema, porque en la esfera pública estas fórmulas de distanciamiento no sólo son inviables, sino indeseables. Y porque incluso con la incomodidad que pudiera provocar en quienes a su pesar aparecen juntos, éste es un buen resultado de los cambios que empezaron a en el país en los primeros años 90, contra la uniformidad de los espacios mediáticos que privilegiaron el monólogo del poder político de las décadas anteriores.

El primer paso fue la ruptura del virtual monopolio del Ejecutivo en la definición primaria de la agenda pública, que se ejerció por décadas a través de medios subordinados o coludidos.

En aquellos 90 presididos por Salinas fueron desmantelados —en parte con la apertura al exterior y las privatizaciones— los principales mecanismos legales, administrativos y financieros que, entre otras cosas, sustentaban materialmente la influencia determinante del Estado en las decisiones de los medios. Se redujo entonces la transferencia discrecional de recursos destinados a la colusión con los medios y a perpetuar el monopolio del Ejecutivo en la definición de la agenda pública.

La agenda como Santo Oficio

A raíz de aquellos cambios, ya en 1994, algo que hubiera sido impensable décadas atrás, el subcomandante Marcos dominó la definición de la agenda por meses —desplegado en todos los medios— a costa del poder como definidor primario de Salinas.

Pero una vez eliminadas las bases materiales que sustentaban la estructura de la colusión, sobrevivió “una cultura de colusión” entre medios y poderes, de que hablaba el experto William Orme en un libro con ese título publicado en 1995 en el que también participó Raymundo Riva Palacio. En medio de aquella cultura —y con los instrumentos de decisión que le quedaban al gobierno— el presidente Zedillo logró desde aquel mismo año excluir a su antecesor de la posibilidad real de concurrir a la definición de una agenda del debate predefinida en su contra vía un sistema de comunicación al que el sistema político erigió en una especie de Santo Oficio.

Con una serie de decisiones, acciones, filtraciones e inducciones desencadenadas desde la oficina de Zedillo, se generó contra Salinas un “pánico moral”, para usar este útil concepto acuñado en Gran Bretaña por Stanley Cohen en los 70, pero que describe fielmente la situación de la segunda mitad de los 90 en México. Se trata de fenómenos en los que, al surgir una crisis (como la desencadenada por los errores de diciembre de 1994) se desatan fuerzas de control social tendientes a concentrar el origen de los males en una persona (también puede ser una condición: la de inmigrante, o una etnia o una religión: el islamismo tras el 11 de septiembre) con lo cual frecuentemente se busca ocultar las causas reales de esos males y sus verdaderos o sus otros responsables.

Hoy, al menos algo de lo que se ocultó y se distorsionó en los gobiernos de Zedillo y de Vicente Fox puede ser retomado, revisado y discutido con la colocación en el temario de los medios y en la agenda del debate público, del nuevo libro de Salinas, La década perdida 1995-2006: Neoliberalismo y populismo en México.

Y en sus 60 años, el autor no tuvo que dejar de llamarse Carlos. ¡Enhorabuena!

Monsi: el ‘spin doctor’ y la corrección

Con la trascendencia que mantienen aquellos hechos hasta hoy, y con las diferencias o coincidencias que despierta el libro de Salinas, hoy en el centro del debate, su discusión está siendo esclarecedora en aquellos espacios —los más— que han roto con la secuela del pánico moral con el que se pretendió perpetuar la negación del derecho de este Carlos a concurrir a la agenda del debate con sus versiones e interpretaciones de una década trágica —en más de un sentido— cuyos ocultamientos y efectos mantienen al país en la confusión y el estancamiento.

Todavía quedan comunicadores y espacios mediáticos para quienes lo periodísticamente correcto es ahogar la voz de Salinas o degradarla de antemano, con la mala conciencia de quienes le temen a la posibilidad de una revisión de los estereotipos en cuya construcción participaron y en cuya prolongación participan. Y lo más grave: algunos de quienes ayer eran los excluidos del derecho de concurrir a la definición de la agenda pública, son hoy los que con frecuencia se manifiestan excluyentes del derecho de que otros lleven sus temas al debate.

En este sentido, dentro de los esclarecimientos que ofrecen las celebraciones por los 70 años de Monsiváis, colocados masivamente —también esta semana— en la agenda de la conversación pública, me quedo, para efectos de este texto, con un dato irrebatible. En su más de medio siglo de vida pública, Monsiváis, su obra, la sensibilidad de su generación y su catecismo político, social y cultural han transitado —parafraseando su propio lema vital— de la marginalidad al centro del debate. Este Carlos y sus causas pasaron de ser política, moral y periodísticamente incorrectos a dictar los términos de la corrección política, periodística y moral.

Y, algo difícil de lograr desde los tiempos en que el gobierno dejó de ser a la vez el definidor primario y el definidor final de la agenda pública, por el control que ejercía sobre los medios: la honda huella de Monsi en los medios de hoy no se reduce a su papel de declarante frecuente y autor omnipresente. También se advierte en contenidos y enfoques de los más variados espacios mediáticos, donde legiones de tomadores de decisiones están atentos al giro informativo y editorial que les infunde este spin doctor de Portales.

En sus 70 años, imposible dejar de llamarse Carlos. ¡Enhorabuena!

jose.carreno@uia.mx

 
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PERFIL
 
José Carreño Carlón: Premio Nacional de Periodismo por artículo de fondo, director de la oficina presidencial de comunicación, son algunos datos de una trayectoria de décadas en la comunicación pública.

Profesor de derecho de la información de la UNAM y coordinador de periodismo de la Universidad Iberoamericana, realizó sus estudios de licenciatura en la Universidad Nacional y los de pos-grado en Leiden (Países Bajos) y Navarra (España)

 
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