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Roma: ¿alcaldía para un neofascista?
La Roma de los Césares y los papas ha visto pasar la historia por sus calzadas imperiales. Rafael Alberti, que vivió en Roma una parte de su exilio y que allí, en su casa, compartí, con él, el pan y la sal, en sus años de espera, escribió un libro sobre esa ciudad, asombrosa, que él, sin más, bautizó así: “Roma, peligro para caminantes”. “En las aguas del Tíber esta noche/lloraba Miguel Ángel./Cae en Roma la tarde./Tres curas colorados/pasan bajo los arcos camino del crepúsculo”. Es cierto, muchos han sido, a lo largo de milenios, sus caminantes. En 1922, Roma e Italia sufrieron la marcha de los camisas negras de Benito Mussolini. Indro Montanelli dedicó un libro a esa Italia. El libro se tituló: L’Italia in camicia nera. En 1922 Benito Mussolini tenía 39 años. Había sido, hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial, uno de los líderes del Partido Socialista. Militaba, entonces, en la línea política más radical por sus posiciones antirreligiosas. Herencia de su padre: un herrero come curas. Poco podía sospechar que su hijo, Benito, llegaría a ser el director de Avanti, el periódico del socialismo italiano. Su padre, por cierto, le puso “Benito”, en el bautismo, “per ricordare Benito Juarez il rivoluzionario messicano”. Esa historia la cuenta el propio Mussolini en su autobiografía. De esos años, obrero inmigrante en Suiza donde conoció a la élite revolucionario europea y rusa, Mussolini, se trajo, a Italia, un libro de Sorel titulado, sin más, y como todo el mundo sabe, Apología de la violencia. Libro que la izquierda europea quiso olvidar, sonrojada y sonrojante, y jamás fue citado como un testimonio válido. Sin embargo, Mussolini dijo que fue “uno de los libros que más influyeron en su vida”. Hasta el extremo que tradujo para una revista local del partido, La Lima, extractos de la Apología de la violencia. Allí publicó, también, artículos sediciosos contra los curas y la religión sin una verdadera reflexión. Así se preparó, expulsado del partido al inicio de la Primera Guerra Mundial porque, desde Avanti, defendía la incorporación de Italia a la guerra mientras el partido, por su lado, predicaba la paz y la neutralidad. Leamos, como compensación, a Alberti: “Mientras duermo/las campanas del Trastevere/van y vienen por mi sueño”. Alberti vivía en el Trastevere. Benito Mussolini fue expulsado, con escándalo de por medio, del partido bajo la creencia, generalizada, de haber sido comprado por Francia para conducir a Italia a la guerra. Lo cierto es que, terminada la contienda (Italia, finalmente se incorporó a la masacre) olvidado de Avanti, creó un nuevo periódico reaccionario y, en 1919, fundó los Fasci di Combatimento y, con el Partido Fascista, el viejo lector de Sorel, inició la ola de violencia partidaria. Italia, que sólo hasta el siglo XIX logró la formación del Estado-nación, vivió la posguerra desde las huelgas revolucionarias y la rebelión social. Dos partidos, fundamentalmente, el comunista y el fascista, se confrontaron desde la línea de fuego. En 1922 Italia vivirá dos cosas yuxtapuestas: el derrumbe del Estado Liberal y la implantación, totalitaria, del fascismo. Un epígrafe ilumina, dramáticamente, esa etapa: “la marcia su Roma” (la marcha sobre Roma) de los “camisas negras” del fascismo italiano. El rey, en 1922, tenía 53 años. El monarca, desbordado, entregó el poder a Mussolini. Todavía existía un Parlamento donde convivían numerosos partidos. El monarca apostó, en la crisis, por un “hombre fuerte” que pondría en “orden” al país. Esa concesión, simplista, significó la dictadura mussoliniana hasta 1943 cuando, de un lado, la derrota militar y, del otro, el levantamiento popular obligó al rey a su destitución. Presidente de un gobierno imposible en el norte de Italia (bajo el apoyo y mando de las divisiones hitlerianas) la última etapa de la vida de Mussolini es una tragedia. Unos partisanos le harán prisionero y le fusilarán cuando huía, con uniforme y casco del ejército alemán, en un camión nazi en retirada hacia la frontera. Su fusilamiento fue el final de un final dramático. En Milán le colgaron bocabajo con su amante. Rafael Alberti, feliz en su Roma del Trastevere —qué casa tan preciosa tenía y qué piedras redondas en su calle— decía: “¿Yo en el umbral de la vejez? ¡Qué risa! En vísperas alegres de cumplir/los 66 años aquí en Roma/soy tan joven y fuerte como Roma./Y sólo moriré con toda Roma/cuando el caballo, verde todavía/de Marco Aurelio, vuelva/de nuevo a ser derrotado…”. El martes, 29 de abril, uno de los periódicos más significativos de Europa, sin más, publicaba, señaladamente, un texto que me sobrecogió: “La derecha posfascista gana la alcaldía de Roma. Alemanno se impone a Ruttelli”. Era el colofón, aleccionador, de la victoria de Silvio Berlusconi que, en las elecciones generales y, por una mayoría confortable llevaba al gobierno, por tercera vez. El “Mamma mia” no cambiaba los hechos. El casi dueño de todas las televisiones de Italia y de un vasto imperio editorial, —ahora se impondrá en la RAI— y con jueces persiguiendo, inútilmente, sus excesos fiscales o monopólicos— regresa al poder revelando un factor nuevo: el poder de los medios en la etapa política mediática. ¿Se aprende? Aún así la victoria, en Roma, de Gianni Alemanno, un ultra que fuera cabeza de motín en el Partido Neofascista de la posguerra, no deja de impresionar. “La vieja loba madre/ha sido derrotada por los gatos”, decía Alberti que, por cierto, murió en su España recobrada y no en Roma. El derrumbe de los partidos históricos, es decir, el socialista, el comunista y el democristiano ha dejado a Italia, séptima economía del mundo, sin resortes políticos y, en ese derrumbe, es inevitable señalar una inmensa crisis. La alta abstención, cierto, no elude la verdad. Italia ha permitido, en las urnas, que un aliado de Berlusconi, aliado del bajo fondo político, sea el alcalde de Roma. Leo a Alberti: “Por los ojos del Tíber pasan hoy/todos los muertos de una larga historia”. No digo que no. “Gatomaquia romana, ¡qué poema hubiera escrito aquí Lope de Vega!”. Alberti en el Trastevere. alponte@prodigy.net.mx
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