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El vidrio maldito
Para algunos se trataba de una maldición, para otros de una coincidencia tan fantástica, que cobraba tintes cómicos y hasta demostraba parte de la sicología de nuestros compatriotas, quienes dejaban en claro que la mala suerte persigue a todos aquellos que miran a medias. De las decenas de leyendas urbanas que cada semana nos hacen llegar nuestros amables lectores, hoy comentaremos la del célebre “vidrio maldito”, que alguna vez adornó el vestíbulo de un edificio de oficinas ubicado en Niño Perdido y que fue demolido por las obras de ampliación del Centro, iniciada a mediados del siglo XX. Aquel predio se encontraba muy cerca del hoy bullicioso centro comercial fayuquero Plaza Meave y albergaba numerosas oficinas de contabilidad. Para mediados de 1937 la sección de la planta baja fue acondicionada con nuevo mobiliario y uno de sus accesos principales fue cubierto con un gran y reluciente cancel-ventanal, casi transparente, que separaba el acceso hacia la zona de elevadores. Fue entonces que comenzaron las habladurías sobre las víctimas del vidrio maldito. Según la leyenda, en una década más de medio centenar de personas se estamparon en aquel trasparente y delgado muro e incluso traspasaron cual borricos el material quebrándolo en mil pedazos. Nunca faltaba el oficinista con prisa, el mensajero o el visitante que al cruzar la primera sección del lobby, encontrara de pronto sus cachetes, nariz y boca pegados cual ventosas a aquel imperceptible cancel, ante las burlas de los presentes. A veces las señoras con más de tres dioptrías, rebotaban cual muñecas de trapo en el cristal, e incluso se cuenta que una de ellas rodó por las escaleras cercanas, haciendo chuza con un grupo de contadores. Pero ¿por qué no se retiraba aquel peligro, y por el contrario era pulido con esmero y reemplazado cada vez que un parroquiano terminaba en el hospital tras romperlo con su torpe humanidad? Las respuestas apuntan al excéntrico dueño y encargado del edificio, un extranjero que respondía al nombre de Valta Donadieau, quien en su juventud, allá por 1909, formara parte del famoso circo del estadunidense Charles Orrin, ubicado en el área que hoy ocupa el Teatro Blanquita. ¿Su trabajo? Vestirse de payaso y jugar bromas pesadas a los asistentes desde que estos se formaban en las taquillas hasta que se sentaban en sus butacas. Curiosamente una de sus rutinas consistía en hacer la pantomima de chocar contra un muro invisible y tirarse al suelo. Luego se sujetaba de la cintura de alguno de los parroquianos formados y justo cuando volvía a resbalar aparecían entre sus manos unos ridículos calzones de bolitas. Según se cuenta, el señor Valta solía dejar la puerta de su oficina abierta, justo en perspectiva hacia el cancel de vidrio. Cada vez que sucedía un nuevo incidente, se le podía ver en un rincón observando el espectáculo conteniendo las carcajadas. Cuando la propiedad cambió de manos, la nueva administración colocó inmediatamente una gran maceta junto al cristal y los accidentes terminaron… y en lo que respecta al pesado bromista del señor Donadieau, pasó sus últimos días como asiduo cliente del famoso cabaret Barba azul, ubicado en la colonia Obrera. Algunos se imaginan que todavía se carcajea desde su tumba cada vez que algún distraído choca con algún ventanal transparente. ciudadeayer@gmail.com
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