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    Opinión
Gonzalo Valdés Medellín
29 de abril de 2008

Esteban Castellanos y Los niños perdidos

Había visto Los niños perdidos, creación escénica de Esteban Castellanos, poco después de su estreno, hará acaso tres años. En realidad, en esa ocasión el trabajo si bien no decepcionaba del todo, sí dejaba qué desear. Era evidente que había buenas intenciones en la propuesta, pero que aún no cuajaba. Al paso del tiempo, Castellanos continuó perseverante en el asunto de hacer crecer este monólogo, y sin dejar de representarlo en múltiples espacios, dentro del área metropolitana, en el interior de la República e incluso allende nuestras fronteras, en Ecuador, logró que Los niños perdidos encontrara su propio cauce expresivo, depurando sus componentes dramáticos, hallando resonancias y, también, llegando a nuevos públicos.

De aquella primera puesta a lo que hoy Castellanos presenta en el Foro La Gruta (hasta el 15 de mayo), hay un mar de diferencia, para bien, desde luego, de su creador y de los espectadores. Basada en el cuento de Francisco Hinojosa A los pinches chamacos (del libro La verdadera historia de Nelson Ives, publicado por Tusquets), Los niños perdidos debe su dramaturgia, dirección artística y actuación a este joven hombre de teatro que ha luchado por encontrar las vías precisas para recorrer un discurso crítico en torno al tan llevado y traído tema de los niños de la calle, enfocándose en el desamparo moral que viven, el maltrato familiar y el crimen como consecuencia de una sociedad decadente como la nuestra.

Arduo por su combinación de diversas y contrastadas voces narrativas e interpretativas, no obstante el desempeño histriónico de Esteban Castellanos resulta de primera. Con argucia, inventiva y congruencia, cada personaje de los muchos que aparecen en el monólogo cobran consistencia tanto anecdótica como interior. Asimismo, los elementos del entramado (movimientos, situaciones, recreaciones atmosféricas y sonorización irónica utilizando temas de Cri Cri como El señor Tlacuache) cobran gran relevancia al transcurrir el montaje.

Texto de acidez y agudeza, donde se presenta a una niñez ingenuamente macabra, asesina, indolente —e insolente— ante el sufrimiento, la muerte y el dolor, que en mucho recuerda la virulencia suburbana de filmes basileños como Pixote (Héctor Babenco, 1981) o Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002), Los niños perdidos, sin embargo, reboza humor. Un humor negro, despiadado, a veces desmedido, pero bien equilibrado por el sentido común del actor, del joven creador que sabe llegar al alma popular desde una perspectiva crítica, rotundamente confrontativa.

Las obras que se perfeccionan con buen ánimo y haciendo eco a la crítica, sin duda crecen. Pero es en la autocrítica donde el trabajo del artista escénico alcanza matices de inquietantes resultados. Y eso es lo que ahora Los niños perdidos logra: concretar un trabajo basado en la verdad escénica. Verdad que hará que Esteban Castellanos estrene en breve su nueva creación: Benito antes de Juárez, texto que ha encargado al dramaturgo Édgar Chías y que en breve dará una cara inédita —y polémica— del Benemérito de las Américas, en relación a su contradictoria intimidad católica.

Por lo pronto, Esteban Castellanos se impone ya en nuestros escenarios como una de las nuevas voces del teatro mexicano, cuyo cometido esencial es enaltecer la conquista de un público ávido de propuestas donde la excelencia prive.

 
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