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El Paraguay de Lugo… y de la memoria
La victoria del ex obispo Fernando Lugo ha servido para hacer el epitafio “a los 60 años del Partido Colorado”. Esa verdad simplifica la memoria de Paraguay. Por lo pronto, ex ante de los colorados, la independencia de Paraguay, en el cuadro del gran conflicto con Brasil y Argentina, supuso la conversión de los independentistas de generales en caudillos. En Paraguay la independencia fue singular. En 1813, un congreso convocado por el civil José Gaspar Rodríguez Francia separa a Paraguay de España y de Argentina. A la vera de ese acontecimiento Rodríguez de Francia, hijo de brasileño establecido en Paraguay con contratos para la explotación de tabaco, se transforma en dictador y constitucionalmente —¿se olvida?— en “dictador supremo”. Así nació uno de los tiranos más complejos —no único— de América Latina: José Gaspar Rodríguez Francia. La literatura, bajo la impresionante pluma de Augusto Roa Bastos, transformaría al dictador en el “Yo el Supremo”. En la primera página de esa novela de una época, aparece este bando fabulado: “Yo, el Supremo Dictador de la República, ordeno que al acaecer mi muerte mi cadáver sea decapitado; la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República, donde se convocará al pueblo al son de las campanas echadas a vuelo. Todos mis servidores civiles y militares sufrirán pena de horca. Sus cadáveres serán enterrados en potreros de extramuros sin cruz ni marca que memorie sus nombres. Al término del dicho plazo, mando que mis restos sean quemados y mis cenizas arrojadas al río…”. ¿Qué les parece? En la novela de Roa, el dictador pregunta: “¿Dónde encontraron eso?”. “Clavado en la puerta de la Catedral, Excelencia… Felizmente nadie alcanzó a leerlo”. “No he preguntado eso ni es cosa que importe”. Estuvo en el poder de 1811 a 1840. La pobreza hasta hoy. Roa Bastos nació en Asunción, capital de Paraguay, en 1917. Nació, pues, 77 años después de que Rodríguez Francia muriera en el poder sin que nadie, obviamente, clavara ese bando en la Catedral. Durante su dictadura —¿he dicho implacable?, implacable es poco— otro de los caudillos argentinos, Artigas, que ha tenido mala suerte con los historiadores bonaerenses, ha pasado a la memoria del Cono Sur como el fundador de Uruguay, aunque él, al revés, aspiró a crear una Federación de las Provincias Unidas, en el sur del imperio español. Lo cierto es que, en vez de federalista, se encontró con los otros caudillos, y su vida, como la del admirable San Martín, fue un martirio. En 1820 Artigas se refugió en Paraguay; San Martín en Francia. Artigas no llevaba una sola moneda en sus bolsillos al llegar a Asunción (se le apellidó, en Buenos Aires, “bandolero”) y Francia lo metió en la celda de su convento. Ante su protesta el “Yo el Supremo” lo envió, con un negro, a una granja de Caraguaty, lejos, lejos, donde el hijo de una próspera familia aragonesa terminó su vida en 1850 al margen de su propia historia. Aleccionadoras vidas de caudillos. En el siglo XX, en 1954, el general Stroessner llegó al poder con los fusiles de los colorados. Juan Pablo II, en 1988, visitó Paraguay. En ese mismo año, Stroessner fue elegido por octava vez presidente. Otro “Yo Supremo”. En este caso con los galones en las mangas. La etapa de Stroessner termina, ¿sorpresa?, con un golpe, en 1999, de otro general: Andrés Rodríguez y, en 1993, otro miembro del Partido Colorado —Juan Carlos Wasmossy— ganó las elecciones. Ese es el primer civil elegido en las urnas en los 180 años de la independencia. La coalición del ex obispo es esperanzadora, cierto, pero formada por aliados muy distintos. Seamos calmos. La memoria invita, señor obispo, a la prudencia. El “cambio” es la herencia cultural de la democracia. No es una fiesta. alponte@prodigy.net.mx
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