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    México y el mundo
Juan María Alponte
27 de abril de 2008

El 26 de agosto de 1789 la Asamblea de la Revolución Francesa aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Sus principales redactores —la simulación mítica nunca osa la verdad— fueron el conde de Mirabeau y Emmanuel Sieyes, un eclesiástico que fuera vicario general de Chartres y que haría famosa su exaltación dialéctica del “Tercer Estado” (con la nobleza y el clero los tres estamentos del Antiguo Régimen) con una frase histórica: “¿Qué es el Tercer Estado? Todo. ¿Qué era hasta el presente? Nada”.

En los años 50 del siglo XX los sociólogos franceses transmutaron la frase convirtiendo al Tiers Etat (el Tercer Estado en el Antiguo Régimen no significaba nada ante los dos Estamentos privilegiados) en el Tercer Mundo que aspiró “a serlo todo”.

Los redactores de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano excluyeron a las mujeres y, desde luego, a los esclavos de las colonias francesas. Los levantamientos de los esclavos en La Martinica, Haití y Santo Domingo revelaron que, al edificio de la libertad, le faltaban eslabones básicos.

En 1793 una mujer, Olympia de Gouges, que osó redactar la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, fue conducida, sin más, a la guillotina. Su muerte y su vida han pasado por uno de mis libros: Mujeres, Crónica de una Rebelión Histórica.

Lo cierto es que las rebeliones de los negros obligaron a la Asamblea, en 1794, —con amplia oposición— a la Ley de la Emancipación. En 1804 Napoleón restableció la esclavitud y los regímenes posteriores la conservaron… hasta 1848.

Ahora, en estos días, en medio del silencio del mundo, ha muerto el poeta negro, nacido en La Martinica francesa, Aimé Césaire (nació en 1913) que, con Leopold Sédar Sénghor, poeta negro del Senegal francés, identificaron el concepto de la “negritud” y lo elevaron a un alto rango literario. Fueron las voces de los herederos de la esclavitud exigiendo no sólo la igualdad, sino el paradigma de la excelencia.

En efecto, Aimé Césaire y Leopold Sénghor, coincidieron en París, en los años 30, donde fundaron una revista L’étudiant noir (El estudiante negro) que tuvo una gravitación inmensa al inyectar, en la metrópoli, la literatura negra bajo la proposición dialéctica de La Legítima Defensa.

Sénghor, mayor que Césaire (nació en Senegal en 1903 y Césaire en 1913) bilingüista natural hablaba, a la perfección, el wolof y el francés. Estudió en el Louis-le-Grand de París y, en El estudiante negro, impuso, frente a la exclusividad de la literatura francesa, la aparición, con su libro Chants d’ombre, Cantos de la sombra, seguido por Hosties noires, Lettres d’invernage, el dilema de la negritud. Este neologismo, negritud, lo empleó Césaire como concepto cultural: fenómeno de civilización y fenómeno histórico. Al tiempo.

Las repercusiones en Francia fueron, sin duda, notables. Sénghor sería diputado en la Asamblea Francesa y, con la independencia de Senegal, pasó a ser su presidente. Yo le conocí en Senegal. Recuerdo la conversación, en el jardín de la casa presidencial. Jardín ondulado que me pareció parte de una montaña de sol. Era, Sénghor, un hombre reposado. Calmada su biografía.

Él entendía negritud, mestizaje y civilización como libertad y como expresión cultural. También Aymé Césaire fue, hasta su muerte en los pasados días, un personaje en La Martinica y en Francia. Otra personalidad, distinta y semejante a la de Sédar Sénghor. Me resulta difícil separarlos. Césaire decía: “…Los negro-africanos comprenden el universo, el mundo que los rodea, la naturaleza, las gentes, los acontecimientos y es así como ellos crean”. Visión totalizadora.

Yo añadiría, en orden a la escuela haitiana (donde el hambre, todavía, es una vergüenza para la humanidad), y en la misma época, el caso de Nicolás Guillén, esto es, el cubano mestizo de orígenes negros. Nicolás Guillén era la avanzada dialéctica de la negritud (nació en Camagüey, Cuba, en 1902) y, acaso, con su poema “Corazón adentro”, se interrogaba claramente:

“Yo no quiero saber si tú has vendido/el cuerpo al oro del que no te quiere…”. Cruza, la poesía de Guillén, la rebelión: “¡Aquí estamos! La palabra nos viene húmeda de los bosques/y un sol enérgico nos amanece entre las venas./El puño es fuerte y tiene el remo…”.

Recuérdese lo que decía Aimé Césaire de la naturaleza en la poesía de la negritud. En Guillén lo mismo: “Lanza con punta de hueso/tambor de cuero y madera/mi abuelo negro./Gorguera en el cuello ancho/gris armadura guerrera/mi abuelo blanco…”. La negritud no era la escisión, era la memoria del mestizaje.

Pasé muchas horas con él en La Habana. Con él fui, por vez primera en mi vida, a la famosa “Bodeguita”. Tengo ante mí, a la hora de escribir emocionado este trabajo, la fotografía (encima de la televisión permanece siempre) con él y con su esposa que, por cierto, era veracruzana, es decir, un inmenso mestizaje que aparecía en su poema “Balada de los dos abuelos” como ejercicio de purificación: “Pie desnudo, torso pétreo/los de mi negro/pupilas de vidrio antártico/las de mi blanco”.

Me llevó el matrimonio Guillén a su casa. Un piso frente a la bahía de La Habana. Resplandecía la mar (Alberti siempre decía “la” mar) y aún recuerdo su mirada. Le hice a Nicolás Guillén una larga entrevista para el canal 2 de México y recuerdo que me preguntó —al aire— cosas de su vida y que, acaso, casualmente sabía y se quedó muy asombrado, pero riendo de su broma fáustica. Su esposa veracruzana me conmovió. Asocio su nombre al de los inventores de la negritud: memoria de la vida.

De esa memoria surge su poema “Ayé (r) me dijeron negro”. No sabía, en 1931, cuando lo publicó en ese año, su parentesco con lo que ocurría en París. Decía: “Ayé me dijeron negro/pa que me fajara yo/pero e’ que me lo desía/era un negro como yo…”. Les dejo, a ustedes con ellos. Aún veo la bahía de La Habana con los ojos de Nicolás Guillén. Ahora recuerdo su poema del ciego: “Ayer vi a un hombre mirando;/mirando el sol que salía;/el hombre estaba muy serio,/porque el hombre no veía…”.

Analista internacionalProfesor de la FCPyS

alponte@prodigy.net.mx

 
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PERFIL
 
Profesor titular de la FCPyS de la UNAM, escritor y periodista. Ha colaborado en periódicos y revistas nacionales e internacionales. Ha escrito 37 libros, entre los que destacan Retrato de una Familia Babélica; las biografías de Colón y Lenin; Historias en la Tierra y Los Liberadores de la Conciencia.
 
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