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Las reformas del Presidente representan la construcción de trampas legaloides y consolidan un contratismo discrecional Con la propuesta se abre la puerta a la iniciativa privada, violando artículos constitucionales. Pero sin decirlo en voz alta Si las policías están podridas, las Fuerzas Armadas deberán contener al desbordado crimen organizado. Con todo y obstáculos constitucionales. Si no se pueden resolver los problemas de Pemex, entonces hay que crear una superburocracia, con funcionarios de primera y de segunda. Y a los jefes corruptos del sindicato, ¡ni una plaza más! Pero para lograr este objetivo... se debe abrir la puerta al contratismo, nacional e internacional. Otra vez se dibuja la actitud política global del gobierno de Felipe Calderón: ¿no quieren ni pueden los policías?: llamen al Ejército y la Marina. ¿No sirve la quebrada Pemex?: al quite los contratistas. Pero esto implica, a fortiori, cambios constitucionales. Tratándose del petróleo y los hidrocarburos “no se otorgarán concesiones ni contratos, ni subsistirán los que, en su caso, se hayan otorgado y la nación llevará a cabo la explotación de estos productos”. ¿La nación?; ¡No hombre!: el Estado —mediante empresas en áreas exclusivas como crudo y gas y petroquímica básica—. Bueno: no debemos ser tan rigurosos. Desde hace décadas existen contratistas que de muy diversas maneras ocupan la materia de trabajo de la empresa estatal. Lo sabemos; lo reconocen hasta los Intelectuales en Defensa del Petróleo. Y ahora, con la propuesta presidencial de reformas a las leyes petroleras, lo que pudo ser un mayor ejercicio de reformas legislativas va quedando en abrir la puerta al contratismo con total discrecionalidad, violando artículos constitucionales. Pero sin decirlo en voz alta. ¿Concesiones y contratos en hidrocarburos? ¿Por qué no?, si se reforma la Constitución. Peor es tenerlos sin base jurídica racional. O con trampas en las leyes secundarias. Si resulta necesaria una industria petrolera privada, sin comprometer el dominio inalienable e imprescriptible sobre los campos de crudo y gas —la base de todo— hay que promoverla. Más, si genera alto valor agregado y se evita al máximo el uso del crudo y el gas como combustibles, y se reduce al mínimo la exportación. Venga: industria petrolera privada con capital mexicano o extranjero, sin comprometer el dominio sobre los campos; como se oye; o el hipócrita o cínico contratismo en Petroleos Mexicanos (Pemex) que, a ojos vistas, soportamos. ¿Todo el “contratismo” es “malo”?; ¿todo el contratismo es “bueno”? ¡Por favor!; ruego se lea el artículo de un conocedor honrado de estos asuntos, Adrián Lajous, “La incursión de Pemex en aguas profundas”, publicado en La Jornada el 15 de marzo de 2008. Ya quisiéramos mucho más “contratismo” del tipo al que se refiere Lajous en ese análisis; “con certeza jurídica plena respecto a modelos contractuales específicos”. Cuando el artículo sexto de la actual ley reglamentaria excluye los “contratos de riesgo”. Nada más para ver la complejidad del asunto; cuando ahora, por cierto, si bien el precio promedio de la mezcla mexicana alcanza los 88 dólares, la producción de crudo declina en forma dramática. Las reformas legislativas del Presidente no son serias; representan la construcción de trampas legaloides, las cuales, aun cuando tienen “buenos propósitos y objetivos”, consolidan un contratismo discrecional y generalizado. Por ello, son de inmediato sospechosas. Para su fortuna, el presidente Calderón tiene enfrente al Peje-Mosh. Cierto, este locuaz personaje le dio una merecida patada en el bajo vientre al gobierno con el asunto Mouriño; anuló el fast-track preparado por el PRI y el PAN; cubrió la debacle del PRD y hasta logró un debate hasta el 22 de julio sobre este vital asunto. Pero ya lo conocen: se atragantó y ordenó clausurar el Congreso. Y en eso fracasó —como fracasará a la hora de hacer nacional la “desobediencia civil”— y hoy la manta de “clausurado” se está comiendo todas sus ganancias. Quizás el tiempo exigido a sus paniaguados (mantenidos, aunque no a pan y agua) coloque al curioso personaje, al Líder-Movimiento, en su lugar. ¡Quieren privatizar a Pemex! Es el grito histérico de los Peje-Mosh. ¡Caramba!: si alguien le vende la empresa Pemex en un peso, no acepte la oferta; a menos que sea un loco irresponsable. Nada más con la deuda actual y el costo de su contrato y las pensiones, ni vendiendo el alma de toda su familia al diablo, lo compensa. El valor reside en los campos de crudo y gas seco o asociado. Y esos no son de “Pemex”, sino de la nación o, para ser estrictos, son administrados por el Estado. Y esos, aunque ni siquiera lo pueda aclarar el enmarañado Felipe Calderón, no están en venta. mvalle131@aol.com
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