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Pennsylvania no resuelve la confrontación
La decisión de los votantes de Pennsylvania —las encuestas acertaron— ha favorecido a Hillary Clinton. Los dos candidatos demócratas, sin embargo, se han descuartizado en la contienda. Abre variables que sobrepasan las contradicciones políticas y económicas para emerger, por la dinámica del conflicto, problemas mayores. Es ostensible (en Pennsylvania la mayoría es blanca) que el dilema de la raza, tema ultradelicado, ha jugado un papel indudable. Yo mismo he recibido no uno, sino muchos correos de inmigrantes mexicanos en los que me dicen que, en parte, el voto de los hispánicos por Clinton no es, solamente, porque ella represente, mejor, el sistema, sino, me aducen, “porque los afroestadounidenses discriminan a los hispanos”. La complejidad del proceso, que se prolongará, quizá, hasta la Convención Demócrata, se explica por algunos datos incitantes. Uno ha causado una gran polémica en EU: el tema de la “amargura”. Barak Obama señaló, por ejemplo, que en pequeñas ciudades de Pennsylvania se están perdiendo empleos desde hace 25 años y ni la administración de Clinton ni la de Bush resolvió sus problemas. Añadió, por ello, que no es raro “que se amarguen o que se amarren a las armas o la religión o, incluso, señalando su antipatía a gente que no es como ellos o con un sentimiento antiinmigrante o una posición contra los Tratados de Libre Comercio…”. Esa interpretación ha tenido reacciones adversas inmediatas. Obama introdujo una palabra inaceptable: “amargura”. Se le acusó de elitista o de comunista. La “amargura” podía interpretarse como una crisis del sistema o una actitud, “amarga”, de desconfianza. Quisiera valorar, en ese aspecto, algo que, acaso, pueda ser apasionante. La Gran Depresión de 1929 dejó millones de trabajadores estadounidenses sin empleo y se decía que “una granja era una economía rodeada de deudas por todas partes”. ¿Amargura? ¿Desconfianza en el sistema? En 1932, cuando casi un cuarto de la población activa estaba desempleada, Franklin Delano Roosevelt, de la clase patricia y opulenta, pero demócrata, obtuvo 22.8 millones de votos y Hoover, que aparecía como el responsable de la Depresión, todavía contó con 15.7 millones de electores. El líder del Partido Socialista, Norman Thomas, que en la elección de 1928 tuvo 265 mil 583 votos, amplió su participación electoral a 884 mil 649. La más alta de su historia. En 1936, Roosevelt contó con 27.7 millones de votos y el republicano Landon 16.6 millones. Norman Thomas regresó a las catacumbas con sólo 187 mil 833 votos. La población sin trabajo representaba, entonces, el 14.3% de la población activa y sólo hasta 1939 se alcanzó el PNB de 1929, pero el PNB per cápita de 1929 sólo se superó en 1940, es decir, cuando la industria estadounidense transformaba en la máquina que atendía la demanda de los países en guerra. Por esa causa el desempleo descendió, del 9.9% en 1940, al 4.7% en 1941 cuando, finalmente, EU entró en el conflicto con su economía y sus ejércitos. En 1940 Roosevelt fue reelegido con 27.3 millones de votos, el republicano Wilkie contó 22.3 millones, el socialista Norman Thomas bajó a 116 mil 410 votos y el candidato comunista, Browder, sin más, 46 mil 250. La economía estadounidense no estuvo al 100% de su actividad hasta 1944 cuando la movilización militar y la economía de guerra redujo el desempleo al 1.2%. La inmensa tragedia de la Gran Depresión, con un desempleo masivo, no alteró los comportamientos electorales ni la fe en un sistema que, ahora, vive una crisis bancaria increíble y la hipotecaria se ha hecho mundial. No obstante, que Obama deslizara la palabra, “amargura”, generó una tormenta. Esos datos explican un sistema y un comportamiento. Nada de equívocos. En 1944 Thomas sumó 79 mil 3 votos de “amargados”. Desapareció. alponte@prodigy.net.mx
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