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Un bache democrático
Democracia balbuceante, sin demócratas, es la nuestra. Los desfiguros y las provocaciones parecen ser la nota dominante en el desempeño de actores políticos. Lo mismo en los gobiernos que en los partidos, en los sindicatos que en los organismos empresariales, en los medios de comunicación que en las iglesias, se abusa del poder y se engaña con absoluta impunidad. Todo esto podría resultar anecdótico de no ser porque se traduce en desencanto y crispación. La “toma” de las tribunas en el Senado y en la Cámara de Diputados, el autosecuestro del Congreso —la apropiación, por una minoría, de su propia casa—, convierte a los legisladores en activistas sociales y a los salones de plenos de ambas cámaras en réplicas del auditorio Ché Guevara en Ciudad Universitaria, con mantas y consignas “cegehacheras”. Al nivel de las entidades federativas la situación no es mejor. El día que el PRI perdió la Presidencia de la República sus gobernadores ganaron la independencia y hoy casi todos se han convertido en reyezuelos autócratas. Baste referir unos cuantos ejemplos: a pesar de las evidencias públicas sobre sus excesos, Mario Marín en Puebla y Ulises Ruiz en Oaxaca se mantienen en sus puestos, y no sólo eso, muestran de manera cínica que mantienen el control de todo o casi: del Congreso local con su mayoría automática, del Poder Judicial con su obsecuencia, de los medios locales porque viven del presupuesto gubernamental y hasta de los órganos supuestamente autónomos: comisiones de Derechos Humanos, institutos de Transparencia y Acceso a la Información, autoridades electorales. Otros gobernadores, como Humberto Moreira, de Coahuila, reparten cargos entre su parentela y cultivan su imagen con cargo al erario. En apenas dos años de gobierno Moreira ha bautizado distintas obras públicas con los nombres de su mamá, de su hija y de su nueva esposa. No paran allí los abusos y redes de poder familiar del mandatario coahuilense. Su hermano Rubén es el presidente del Comité Directivo estatal del PRI; otro, Carlos, es el líder de la sección 38 del SNTE. Hace unos meses, cuando la reforma electoral recién aprobada en el Congreso de la Unión iniciaba su recorrido por las legislaturas estatales, el “progre” Moreira (presume su amistad con la cúpula cubana) advirtió que en su estado la reforma no pasaría, y no pasó. En el PAN no cantan mal las rancheras, aunque el acento se ponga en obras pías que niegan en los hechos la legalidad de una República laica. Es el caso de Emilio González Márquez, góber piadoso de Jalisco, y la macrolimosna de 90 millones de pesos del erario para la construcción del Santuario de los Mártires de la Cristiada. Y hablando de asuntos celestiales, el cardenal de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, exhibe en un número reciente de la revista Quién su manera de vivir: las contradicciones entre el mensaje del fundador y las formas de vida de la alta jerarquía: el cinismo, la petulancia. “El cardenal tapatío —dicen los editores en la presentación del reportaje— nos enseña hasta el perico”. En realidad enseña más. En un país de enormes desigualdades, Sandoval Íñiguez muestra sin rubor su forma de vida tan distante de las enseñanzas de Cristo. La casa del arzobispado tiene alberca techada, gimnasio, alfombras persas. Un retrato de sí mismo adorna la sala de juntas, y conviven con él ruidosos animales: además de los cinco perros, el loro y el pavorreal. Tiene tres encargadas de cocina. Lujo en olor de santidad… No obstante que, como él mismo reconoce, cuando se ordenó como sacerdote en Roma su familia no pudo acompañarlo “porque no tenían con qué ir”. Qué duda cabe, estamos en un bache democrático y padecemos una severa crisis de valores civiles. Y lo peor, como dijo el ranchero, es que “con estos bueyes tenemos que arar”.
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