|
Mientras unos trabajan toda su vida para pagar una vivienda, Ricardo permanece ajeno al devenir continuo de cientos de estudiantes y habitantes que entran y salen de la estación Copilco del Metro.
El ermitaño no está para largas jornadas laborales, más hora y media de tráfico vial.
Su hogar es un huacal de madera. Sobre el piso hay pulseras de alambre y varas de incienso que se derriten por la fuerza de los rayos solares, que rebotan sobre la nata contaminante de la ciudad.
En El Barón rampante, del escritor Ítalo Calvino, Cósimo Piovasco di Riondo renuncia a tener los pies sobre la tierra y decide vivir sobre la copa de los árboles.
Ricardo, al igual que ese extravagante miembro de la nobleza, habla de letras todo el tiempo, aunque no de las mismas, claro es.
No le inmuta que una cámara fotográfica registre maquinalmente cada movimiento que hace; su mirada queda congelada entre el ruido del obturador y el parpadeo de los transeúntes, que devoran con indiferencia su avatar mientras observan cómo le toman fotos a este ermitaño que lo único que parece decir coherente, dentro de su neurótico discurso, es que “hasta los más idiotas pueden manejar un automóvil, pero pocos las letras”.
Prevalece la sensación de estar viendo a través de una gigante pantalla de plasma un canal televisivo que escupe hacia todas partes su presencia y nosotros observamos, con perversión vouyerista, la vida de un sujeto que cree que nosotros somos espejo inverso de su experiencia.
urbanitas@gmail.com
|