|
Sí, doctor… No, doctor… Aquí estamos ya… Sí, doctor. Muy bien, doctor— dice escueto y muy formal al teléfono Luis Fernando Ramírez Ruiz, coordinador de comunicación de Leonardo Valdés Zurita, el consejero presidente del IFE. Son 10 para las cuatro y habíamos quedado de vernos a las tres para comer en el Suntory de la colonia del Valle. Por teléfono le dijo a su asesor que fuéramos pidiendo una botella de vino. En realidad ya habíamos comido un entremés. En la mesa de junto está la ministra de la Suprema Corte de Justicia, Margarita Luna Ramos. Come con un grupo de amigos. Ese día iniciaron las sesiones en la Corte rumbo a su decisión sobre si es inconstitucional o no la ley del aborto en el DF y ella de plano pidió un tequila Don Julio. Luego, ya más tranquila, sacó su diminuta Vaio negra para enseñar fotos de su reciente viaje a Abu Dhabi. Ramírez Ruiz me explica que justo antes de salir a la comida, a la oficina de su jefe subió una consejera a hablar con él. Como son pares en el IFE, comprenderé, dice no se pudo negar. De ahí su retraso. —Mil 500 perdones— dice unos 20 minutos después Leonardo Valdés. Acalorado, se quita el saco de su traje gris que hace juego con su corbata; lo pone en el respaldo de su silla. Como ya está esperándonos la fotógrafa, le sugiero que saquemos las fotos antes. Está de acuerdo. —¿Con saco o sin saco?— me pregunta y le respondo que como quiera. Entonces, consulta a Ramírez Ruiz, quien sugiere que mejor con saco. Y se lo pone. —¿Abierto o cerrado?— vuelve a preguntar. —Ahí sí yo recomendaría que abierto— dice la fotógrafa Lucía Godínez. Y él le hace caso. Valdés Zurita sufre la minisesión de fotos. —No se inhiba, ya debería de haberse acostumbrado— le dice Lucía. —Aún no— contesta él, evidentemente nervioso con la sonrisa congelada. Me sorprende al preguntarme que qué recomiendo para comer ahí. ¿No él había propuesto este lugar? Total, quedamos en pedir y compartir un plato llamado Kabutoyaki que se cocina al centro de la mesa, en una réplica de cocina de un casco de samurái, explica la mesera. Dos, mejor dicho: uno de mariscos y otro de rib-eye. Y eso sí: Yakimeshi (arroz frito mixto) para todos. —¡Qué fácil construir un acuerdo aquí!— dice aliviado. A Valdés le importan mucho los medios y me lo dice tal cual. Desde que fue votado por todos los partidos —o grupos parlamentarios, como él precisa después— al cargo de consejero presidente del IFE, un cargo que buscó “afanosamente”, le dedica un tercio de su tiempo a los medios. Los otros dos tercios a la vida interna del instituto y otra para la operación. —Es importante una relación fluida con la sociedad. Así se construye la confianza. Le digo que también no es para menos: los medios jugarán —y ya juegan, hasta con conflictos como el caso del spot del FAP que transmitió TV Azteca, y aún no se transmitía el spot de la organización Mejor Sociedad, Mejor Gobierno, AC, criticando la toma de la tribuna del Senado y San Lázaro por el FAP, y en el que comparó a López Obrador con Hitler— un papel crucial en las elecciones. Y también está el hecho de que, tras la reforma electoral que obliga a que sólo el IFE contrate tiempo en medios y haga uso de los oficiales, sean ellos los que tengan que pautar en medios, lo que ha causado gran conflicto. Y ya no se diga el aumento de nada menos que mil 453 millones de pesos que ha pedido para el equipo de monitoreo que pueda checar si los medios pasaron los spots. Y luego, para verificar que ningún tercero contrate espacios. Le digo que va a ser como el verdadero “Big Brother”, pero no le provoca ni una sonrisa. Insiste en que se tiene que hacer, sin ese dinero —aunque está viendo la manera de que salga menos caro— no se puede cumplir la ley… y él no hizo esa ley. Se queja de que los medios no han recogido suficientemente el hecho de que la infraestructura servirá al menos para 10 o 15 años. “Oídos de contacto” Casi no se ven. Pero ahí están, dentro de su canal auditivo: Valdés utiliza unos diminutos aparatos de alta definición, “casi microchips”. —Así como hay lentes de contacto, hay oídos de contacto— dice, acostumbrado a explicar qué es la otoesclerosis: los huesillos del oído (martillo, yunque y estribo) se sueldan, no vibran como debieran y la persona crea una pérdida auditiva. Su caso, además, es de origen genético. Comenzó a darse cuenta de que no escuchaba bien al inicio de su carrera como profesor, a los 19 años, en septiembre de 1972. Le costaba trabajo discernir lo que los estudiantes del fondo del salón, donde impartía Geografía Económica de México, decían. Fue progresivo y en un principio no pudo hacer nada. Sólo hasta que los huesos terminaran de soldar. A la fecha tiene el 60% de pérdida en el oído izquierdo; 40% en el derecho. Su propia discapacidad lo ha hecho sensible a otras. Y el azar ayudó: cuando llegó al IFE en diciembre de 1996 a la Dirección de Organización Electoral su primer oficio fue de una asociación de personas ciegas que le pedían una solución para votar sin asistencia. En su momento no pudo hacer nada: el gramaje para hacer boletas braille era un gasto extraordinario, determinó Talleres Gráficos de México. Pero insistió y cuando fue consejero del Instituto Electoral del DF encontró una solución: las mascarillas braille. Aunque la ley no precisa y está a discreción del funcionario del módulo, él sí le daría una credencial para votar a personas con discapacidad intelectual. También conoce esa condición de vida: tiene una prima hermana con síndrome de Down que vivió con su familia cuando era niño. Llegó a su casa ante la falta de escuelas de educación especial de Xalapa. La botella número 03023 A todo esto, se nos ha olvidado pedir el vino. Manda llamar al sommelier, una profesión que él ejerce pero como amateur, dice. Su segunda esposa, la actual, Beatriz Calderón, tiene un instituto de gastronomía llamado Agatha, en León, Guanajuato. Y él también ha tomado cursos. A Julio, el sommelier, le pide una recomendación con candados: un vino tinto, Cavernet Sauvignon y de Baja California. Pero en la cava no hay uno con esas características, a menos de que sea mezclado con uva Merlot. Y le da dos opciones. Él escoge un Monte Xanic después de sopesar el precio de ambos. El otro era más caro y desconocido. Al llegar a la mesa, se siente complacido al ver que es cosecha 2004, una muy buena, asegura. Su familia no está con él en México. O al menos la familia con la que vive, es decir su esposa y los hijos del primer matrimonio de ella que viven con él: Julieta de 16 años y Manolo, de 13. Llegarán cuando termine el ciclo escolar. Él tiene dos hijos de su primer matrimonio con Laura Itzel Castillo: Itzel, de 25 e Iván, de 22. Regresamos a la política. ¿Cómo podemos esperar que sea un duro árbitro con los partidos si a ellos debe su nombramiento? Pues él no lo ve así. —Soy politólogo y he realizado estudios de política comparada. Una cosa son los partidos, las máquinas de ganar votos, y otra los grupos parlamentarios del Congreso de la Unión. En todo caso, me debo a los grupos parlamentarios. No me convence su argumento. Él resalta el voto unánime de todas las fracciones parlamentarias, pues. Y hasta que la bancada del PRD, quien lo propuso en un principio, finalmente no votó completa a su favor. Por estos días, Valdés abrió la puerta a una discusión que a muchos se les antoja cerrada: la posibilidad de exhibir las boletas electorales del 2006. Comprendo que lo hace por motivos, también, personales. —No puedo aceptar que se compare la elección de 1988 con la del 2006. Yo vi la de 1988. Era uno de los dos representantes ante la autoridad electoral del PMS. El otro era Jorge Alcocer. Yo sé lo que fue la caída del sistema. Le pregunto si hubo fraude y de la pasión de defender la diferencia de dos momentos históricos, vuelve a hablar el funcionario… —Creo que hubo una alteración de la voluntad ciudadana. Es posible que quien obtuvo formalmente más de la mitad de los votos haya obtenido menos. Sería irresponsable de mi parte decir de qué tamaño fue la alteración. —¿Y en el 2006? —No, no lo pienso. Las circunstancias eran diferentes en 180 grados, como de la noche al día. No es justo para este país que se hermanen estas elecciones. Y lo haría, dice, para que se disipen las dudas de “aquellos” —no menciona ni un nombre— que tienen dudas. Pide la cuenta. Saca una tarjeta de débito y el RFC del IFE para pedir la factura. Cuando la mesera le pregunta si cierra la cuenta él le dice que sí. La propina la pagará en efectivo, me dice. —En eso sí soy 100% de formación de Heberto Castillo: las cuentas claras hasta el centavo. katia.katinka@gmail.com
|