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José Carreño Carlón
17 de abril de 2008

AMLO: ¿hacia la ingobernabilidad

El caudillo, poder fáctico sobre cámaras; Calderón, entre enemigo y “aliado”

Cerco, el de la opinión pública contra el golpe de mano al Congreso

Andrés Manuel López Obrador acertó una vez más a poner a la defensiva a los poderes de la Unión y al sistema político.

Todos parecen estar a su merced. De su voluntad depende no sólo la urgente reestructuración de la industria petrolera, sino asuntos como la autorización (condescendientemente concedida ya por las huestes del caudillo) para que el Ejecutivo acuda a la cumbre de presidentes de América de Norte. Y pese al autoengaño de panistas y priístas con sus mensajes de que funciona el Congreso pese a la toma de que fue objeto por López Obrador, también depende de este líder providencial el procesamiento de apremiantes legislaciones, como las que se requieren para operar el próximo proceso electoral.

AMLO le ha puesto al sistema político del país una especie de moción suspensiva a través del ejercicio de poderes fácticos, como los de los grupos de interés y los gobiernos de facto o no constitucionales. Y se ha autofacultado para evitar o permitir dosificadamente el funcionamiento de los órganos del Estado, un paso que generalmente precede a las crisis y a la ingobernabilidad

Pero además de insistir en la transgresión a todas las normas de convivencia que suponen estos actos, el análisis de los pasos que condujeron a este punto quizá permita establecer las responsabilidades políticas de quienes han hecho posible este resultado.

Entre otros aciertos indiscutibles, el autollamado presidente legítimo logró poner su tema y su giro (su spin) en la agenda pública con meses de anticipación. Avanzó sin rival con su versión de que el presidente Felipe Calderón enviaría una iniciativa para privatizar la industria petrolera, misma que el Congreso tramitaría dócil y rápidamente con el apoyo indigno de los legisladores del PRI y de los perredistas no incondicionales al ex candidato presidencial. En su nuevo complot, AMLO incluyó también la complicidad de un sistema de medios que supuestamente pretendía ahogar con un cerco informativo la denuncia de la presidencia legítima contra el proyecto energético calderonista señalado como de traición a la patria.

Así logró AMLO el repliegue de todos. Junto a la eficacia del aún intacto instinto político y de los renovados reflejos comunicativos de López Obrador, las incapacidades, los titubeos y la candidez del PAN-gobierno, así como la inconsistencia de sus muy condicionadas alianzas en el Congreso, hicieron el resto.

Jefe de facto de Congreso y PRD

Uno a uno, los principales actores públicos cayeron en el juego de López Obrador. Pasaban las semanas y no aparecía en la agenda pública ningún proyecto en materia energética —en parte por exigencias de calendario del PRI, en parte porque el Ejecutivo ¡todavía no terminaba el suyo!— cuando AMLO ya lo había descrito y descalificado. Tampoco aparecieron las estrategias del gobierno, el PAN y el PRI, si es que tenían alguna. De esta manera, todos acudieron al terreno del caudillo, a la distancia y a los tiempos que él marcó y, sobre todo, a su convocatoria a que respondieran a las descalificaciones que les hacía el legítimo, lo que le permitió poner amplificadores a sus posiciones.

Todos cayeron en su trampa. Y una vez en la trampa, todos han subordinado sus propios mensajes a precipitadas reacciones contra la pared, a respuestas titubeantes y a una atolondrada autodefensa frente al dedo acusatorio que los presenta y exhibe como réprobos y traidores a la patria, y los obliga a rendir cuentas de sus propósitos entreguistas de la riqueza nacional.

A los costos de la tardanza de Calderón para regresar al púlpito presidencial —que le había dejado vacante al legítimo por largas semanas— se agregó el costo del énfasis defensivo del mensaje con el que el Ejecutivo finalmente presentó la iniciativa de reformas legislativas.

Fue aquel un mensaje sesgado a una serie de argumentos de descargo sobre lo que no es su iniciativa —especialmente, que no es privatizadora— al costo de no reafirmar lo que sí es. Pero sobre todo, al costo de erigir a su acusador en el interlocutor privilegiado al que hay que darle todo tipo de explicaciones y satisfacciones. Ello, como si el Presidente hubiera abrigado la ilusión de desvanecer los cargos de traición lanzados por el caudillo. O como si estos cargos fueran a ser retirados ante la fuerza argumentativa del Ejecutivo. O como si esos mismos cargos tuvieran una base racional a ser removida con datos y argumentos racionales.

No se vieron más sagaces los líderes del Congreso. Si el Presidente no podía esperar mucho de los panistas, ahora éstos se han visto acompañados por los priístas y algunos perredistas: aquellos que en un principio se resistían a acompañar al jefe de facto de su partido en su proyecto de erigirse en jefe de facto del Congreso.

Y allí andan los priístas tomando distancia de una iniciativa presidencial que incorporó prácticamente todo lo que propuso el PRI. Parecen asumir como inconfesable un acuerdo por demás legítimo, como si negándolo con mala conciencia fueran a convencer al caudillo de su pretensión de llegar vírgenes —sin información y sin posturas previas— al debate parlamentario sobre la industria petrolera. Calderón no está aquí entre un enemigo y un traidor, pero sí entre un enemigo y un aliado tan inconsistente que pretende ganar —y con frecuencia gana— lo mismo cuando cobra la comisión por contribuir a sacar adelante un proyecto del Ejecutivo, que cuando AMLO obstaculiza la concreción del proyecto, porque esto eleva la comisión del “aliado”.

Pero también andan estos priístas, con los panistas —y los perredistas distantes de AMLO— rindiéndole culto al caudillo, en el juego de hacerle llegar a “la sede de la presidencia legítima” propuestas de calendarios de debates para garantizarle que no habrá vía rápida legislativa, a cambio de que ordene a sus secuaces liberar los salones de plenos de las cámaras. Otra vez, como si al legítimo le importara el debate. O como si fueran a cesar sus acciones antiparlamentarias una vez transcurridos los debates e incluso una vez que se hubieran atendido algunas de sus posiciones.

Finalmente, en un primer momento, también los medios cayeron en el juego del caudillo, cuando los acusó de silenciarlo con un “cerco informativo” y todos se aprontaron a darle a este poder fáctico más horas de exposición que a cualquiera de los poderes formales, incluso el Presidente. Pero es un hecho que la condena al golpe al Congreso, se ha extendido a todos los medios, de todas las tendencias, incluso, en algunos casos, a los espacios que simpatizan con AMLO. Y a juzgar por las encuestas publicadas hasta ahora, es un hecho también que esta vez sí se ha tendido un cerco, pero no de los medios para silenciar a López Obrador, sino de la opinión pública contra el silenciamiento del Congreso ordenado por López Obrador.

jose.carreno@uia.mx

 
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PERFIL
 
José Carreño Carlón: Premio Nacional de Periodismo por artículo de fondo, director de la oficina presidencial de comunicación, son algunos datos de una trayectoria de décadas en la comunicación pública.

Profesor de derecho de la información de la UNAM y coordinador de periodismo de la Universidad Iberoamericana, realizó sus estudios de licenciatura en la Universidad Nacional y los de pos-grado en Leiden (Países Bajos) y Navarra (España)

 
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