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Alejandra Barrios porta un ligero vestido negro con lunares blancos, escotado. A sus 64 años, la más conspicua lideresa de los vendedores ambulantes en el DFdesde hace 30 años tiene una figura envidiable: dice que se conserva así nadando. Suele hacerlo en la alberca del lujoso condominio Puerta Alameda, donde aclara que no vive, pero sí uno de sus 27 nietos, Alejandro. —La que se quiere se cuida, y quien no, da el viejazo— sentencia. Está ligeramente maquillada. Sus cejas muy delineadas, su nariz respingada artificialmente por una cirugía. Las uñas perfectamente manicuradas en color rosa. Aunque se ve bien, no quiere ser fotografiada afuera, en la calle. Vanidosa como dice que todas las mujeres somos, sugiere que si no sale una foto buena, nos manda una. Cuando la invité a comer, me citó en el Café Tacuba, cerca de la Plaza Tacuba, controlada por la Asociación Legítima Cívica y Comercial que creó en 1983 y tiene unos 5 mil agremiados (más sus familias, claro). ¿Por qué “legítima”? Para diferenciarse de la que casi con el mismo nombre creó la mítica Guillermina Rico. Es jueves, el día de la toma de las tribunas; afuera se escuchan los gritos animosos de las “adelitas” bloqueando calles. Sentada en la mesa, Barrios no ve el menú, pero pide un filete, poco arroz y agua de jamaica. Hay mucho qué platicar con esta “priísta pero con coraje” —como se define—, porque no le han dado nunca una diputación. Lo mismo su dura infancia que su estancia de dos años y dos meses en la cárcel —acusada y luego exonerada— por la muerte de Jorge Ramírez Espíndola, esposo de una de sus más acérrimas rivales, María Rosette. Me sorprende su disposición para platicar largo y, sobre todo, gustosamente de sus amores, que no fueron pocos, presume. La falta de madre Su madre, al irse a trabajar, la encerraba en el cuarto que rentaban debajo de las escaleras de una vecindad en el Centro. Un lugar, describe, de apenas dos por tres metros con una puerta verde claro y olor a humedad. A sus cinco años, se subía a un banquito para alcanzar una olla donde su madre les dejaba atole. En una botella de refresco, lo vaciaba y luego le ponía un chupón rojo para alimentar a Ana, su hermana recién nacida. —Se vivía mucha pobreza— dice, como si relatara la vida de alguien más. Su madre, Engracia Richard, estuvo poco con ella, pues. Mucho menos cuando se enamoró de Enrique, y fue ella quien mandó a volar a su marido, José Trinidad Barrios, por su nuevo amor. Un amor que duró toda la vida, recuerda, a pesar de que cotidianamente la golpeaba y ella un buen día le aventó un vaso a la cabeza de su padrastro y lo mandó al hospital descalabrado. —Así nací, defendiéndome yo misma— dice orgullosa, contando cómo en la escuela, se “sonaba” a quien fuera necesario. Niño o niña. Por buscar una mejor vida, su madre se fue a Sonora con su padrastro. La dejó con su tía Esthercita, una mujer que permaneció soltera para cuidar a su madre y que le dio “mucho amor”. Ahí es donde se quiebra Alejandra: recuerda el vestido brilloso rosa, casi mexicano, con azul que le compró su tía para sus 15 años, cómo fueron a dar gracias a la Basílica y su madre no llegó. —La pobreza no le causa a uno mal porque se acostumbra, pero… —pero sí la falta de madre, completó. Ella asiente con ojos llorosos, sus labios gruesos tapados por su mano. Una madre, por cierto, con la que guarda algunas similitudes: las dos mandarían a volar a sus maridos por un amor; ambas tuvieron ocho hijos. Las dos salieron a la calle a vender para buscar dinero para alimentar a sus hijos. Alejandra vendió muchas cosas. Pero su primer gran negocio, el que la posicionó, fue la fruta rebanada, sobre todo piñas. Luego vendría uno mejor: ‘la fayuca’. Sus amores, sus protectores Quienes la conocieron dicen que fue una joven muy bella. Ese fue parte de su éxito que, sumado a lo que ella llama un “liderazgo natural”, la hizo crecer. Pero también tuvo mucho qué ver un hombre: Enrique Carrillo, un “camionetero” que se enamoró de ella y la protegió. —Me decía: “Mi reina, todo el Centro es para ti, puedes sacar todas las tablas (lugares para vender) que quieras”. Y ella lo hizo, claro. Nunca cedió a sus insinuaciones, jura. Si no lo hizo, dice, fue porque no le gustaba. Además que era mujeriego, tenía una novia en cada esquina del Centro. Pero fue él quien le presentó a alguien que sí le gustaría y mucho: Francisco Coronel, un compadre suyo, a quien se la encargó una vez que se fue de vacaciones. Relata que le gustó desde que lo vio detrás de su charola de piñas y le dijo: “Cuántas-de-la-amarilla-de-la-amarilla”. —Estaba rechulote el condenado. Total que para cuando regresó Carrillo, ya estaba embarazada de Coronel. Meses después nació Graciela, la sexta de sus hijos. Claro que hubo una pelea entre los dos, con tiros y todo. Luego Carrillo comenzó a “molestarla”, es decir: a quitarle puestos y mercancía. Pero su nueva pareja la defendió: un día detuvo a todas las novias de Carrillo, ambulantes, también. —Esa fue la chinga que le acomodó Coronel a Carillo. En cuanto las vio, salió corriendo. Fue muy emocionante. Alejandra dejó por Coronel a su marido, Faustino Jiménez, un joyero con quien se casó, embarazada, a los 16 años. —Las barbaridades que hace uno. Mi marido era bueno: no fumaba, no tomaba, no era mujeriego. Del trabajo a la casa. Se separó de mí con mucho dolor. Coronel fue una ilusión, no fue amor del bueno. Luego me enteré que era casado… Acepta que tuvo muchos amores. —De joven estaba bien buena— dice sin falsa modestia. Era delgadita y bien formada. Tenía todo, además mi carácter era re-bravo. Me siguieron mucho los hombres, ¡pero descarado! También políticos, cómo no. Nunca cedí a nada, no me hubieran respetado. Y no hay manera de sacarle un solo nombre de algún político coqueto. Pero mientras tanto, en la vecindad de la calle de Altuna número 7 donde vivía, había un joven, casi niño, que hacía corajes —hasta empezó a tomar— al ver los amores de Alejandra. Javier tenía 15 años cuando le ayudaba a preparar la fruta. Luego se alejó de ella cuando se embarazó de Coronel, pero regresó. Un año después, caminaban por la calle y le dijo que le iba a comprar un peluche —nadie lo había hecho antes, detalle que la enterneció— y con el pretexto de dárselo, la metió a un hotel en el Centro. Ella se negó al principio. Le dijo que a sus 16 años era casi un niño... pero él le dijo que la quería e insistió. —Te voy a dar un beso de artista— le declaró antes de tirarla a la cama. Ella dice que fue su juventud y entusiasmo lo que la apasionó. —Prendió en mí un fuego que estaba apagado, porque hay hombres como ya gastados. Ya no me pude controlar: era una necesidad de estar con él y él conmigo. Y floreó el amor porque tengo 40 años con él. Se casaron hace poco, pero no recuerda la fecha. Le pido su sortija y ahí está: Javier 5-6-07. Ese, dice, es su amor del bueno. Tuvieron dos hijos más para completar los ocho. El diablo tiene cara de mujer Alejandra me dice “amiga” aunque nos acabamos de conocer. También “compañera” o “linda”. Es maternal pero autoritaria como madre cabrona, matriarca. La encarcelaron, acusada del homicidio del esposo de Rosette. Ella no duda en acusar a Dolores Padierna y René Bejarano como los autores de la acusación. —Esa mujer es una rapiña. Mala y perversa. Trae el diablo adentro— dice de Padierna. Y goza cuando recuerda que cuándo era delegada en la Cuauhtémoc le hacian carteles con una foto donde salía muy fea… ahora acepta que se ha puesto guapa porque ha adelgazado. Le pregunto por Marcelo Ebrard, de quien dirá después que le cae bien. —Ese día pedí que llegara la policía, que estaba a su cargo y no llegó… ¿Andrés Manuel? Mejor ni te hablo. No le importó estar en la cárcel, dice. Como gente de barrio está acostumbrada a todo. Pero lo que sí hizo en cuanto pisó la cárcel fue rezar. Como buena testigo de Jehová cita la Biblia: —Dice: Aboga por sus enemigos, haz oraciones. Y Dios me respondió con la caída de René. Yo no le tengo miedo a la cárcel y menos a la muerte porque me tengo que morir. Y menos a un rival. Hay un Dios. A mi el que me protege es Él. katia.katinka@gmail.com
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