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La Bella y la Bestia
Madame LePince de Beaumont (1711-1780) pasó a la posteridad como autora de La Bella y la Bestia, relatando los avatares de una bestia monstruosa capaz de ser más noble que cualquier mortal favorecido por la belleza física. De origen francés, Madame LePrince de Beaumont nunca se imaginó que su historia perviviría como recurrencia romántica de todos los tiempos, no obstante que La Bella y la Bestia haya sido a menudo atribuida a Charles Perrault (1628-1703) por su parecido con Piel de asno. De cualquier manera, las características fantásticas de la historia remiten inevitablemente al cuento infantil, mostrando coincidencias con Cenicienta (la hermana virtuosa y las hermanas mezquinas), por poner un ejemplo. Y el caso es que la trayectoria de un discurso sobre la relatividad de la belleza física, y el triunfo de los atributos espirituales y morales, es lo que se impone en el relato que hicieron famoso en los Estudios Disney en 1991, con el filme de dibujos animados y posteriormente con la obra musical estrenada en Broadway y que hoy hace temporada producida por Ocesa en el Centro Telmex. Pero sin duda, ha sido la versión fílmica del gran dramaturgo Jean Cocteau (1889-1963), en 1946, la que más justicia poética ha hecho a la narración de Madame LePrince de Beaumont. “El gran mérito del poeta francés —ha escrito el hispano Juan Antonio Molina Foix— consistió en tener fe en el poder de sublimación de un tópico arquetipo de los cuentos de hadas para niños. Basándose en la anécdota del cuento, Cocteau pretendió visualizar un mito tan viejo como el mundo, dándole una corporeidad que no poseía el original, y tratando en cualquier caso de excitar la imaginación con una sugerente evocación poética, en donde se mezclan las fantasías de su peculiar universo creativo (ejemplo sublime: los candelabros en forma de desnudos brazos humanos) con los fantasmas del inconsciente colectivo (violencia como símbolo freudiano; significación erótica de la sangre, etcétera)”. La presente versión de Ocesa se apega al original en su anécdota. Pero la estructura fantástica, los elementos de horror y transpolaciones de tiempo y espacio del original, han quedado edulcoradamente idealizados (e incluso las hermanas de Bella desaparecen en esta versión de Disney, quizá por su tremenda coincidencia con Cenicienta). Y aquello que en forma magistral escarbase LePrince de Beaumont en los entresijos del romanticismo más puro, queda convertido, por desgracia, en lo de Ocesa, en recurrencia melodramática y melcochosa, que remite en mucho a la ideología mercantil con que se elaboran los dramas telenoveleros, restándole fuerza a la verdadera intención de la autora de La Bella y la Bestia. Tal vez podría creerse que el género fantástico promueve una evasión de la realidad. La imaginación no evade; crea, recrea y enriquece la visón de la realidad. Para la literatura fantástica, la evolución del género humano y su perfeccionamiento serán, por regla general, las metas a seguir. Por eso siempre resulta una literatura vigente, pues su fondo está muy bien cimentado; y por ello, lo fantástico se torna manantial espléndido para la creación. La literatura fantástica ha premiado todas las grandes épocas literarias con no pocas obras fundamentales. El cuento, el relato corto y el relato de largo aliento han sido pródigos en títulos que han quedado como patrimonio perenne en el acervo cultural del mundo. El término fantastique proveniente de la lengua francesa, considera a lo fantástico a través de características determinadas: lo sobrenatural, lo macabro y lo extraordinario, y vivió gran auge en los albores del siglo XIX. Pero, sin preocuparse en nada por todo esto, ni mejorar la versión de hace 10 años, más bien refocilándola sin mayor intención que el de la maquila y concebida para un público muy complaciente, La Bella y la Bestia de Ocesa, sin embargo, llega a entretener. No obstante, falta fuerza en las coreografías y algo más de relevancia —y encantamiento— de lo fantástico en la escenificación. Así, La Bella y la Bestia de Ocesa es un musical sin mayores atributos, con apreciables cantantes y bailarines. Y ya. Verla o no verla: he ahí el dilema.
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