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    Crónicas Neuróticas
Rafael Pérez Gay
07 de abril de 2008

El calor de locos

Según los cálculos del Meteorológico, la temporada de calor durará dos meses en los que nos cocinaremos bajo temperaturas máximas históricas de 36 grados centígrados. La historia de la ciudad no guarda memoria de una ola de calor tan intensa. Han empezado a ocurrir cosas raras. Enloquecidas por el cambio climático, una intrépida brigada de cucarachas tomó la plaza de la azotehuela. El sol rajaba piedras. Ningún científico nos ha explicado por qué las cucarachas de nuestros días han alcanzado estos tamaños espectaculares. Las cucarachas de mi infancia eran pequeñas, fundaban pueblos en la cocina y bastaba un bote de H-24 para acabar con ellas. En cambio ahora podrían aparecer en lugares insospechados para una cucaracha, y además de su peso y estatura son velocísimas. Las perseguí, las arrinconé y al final logré liquidarlas. Según mis observaciones, estos insectos aparecen con la canícula, el problema es que no sé si son los primeros o los últimos de la temporada de calor. Como medida preventiva tapé las coladeras con cartones y revistas viejas. Si me olvido, nos inundaremos con las primeras lluvias.

He puesto un termómetro bajo el sol. No sé para qué lo hice ni qué sentido pueda tener como no sea torturarse con la idea de que el calor está perrísimo, y que si uno camina bajo el sol lo hará con 32 grados centígrados en la cabeza. También he puesto el termómetro en la sombra. Ahí marca 27 grados. Este aparato también mide la humedad del ambiente. Le informo a la familia: el termómetro llegó a 35 grados y 30 a la sombra. Vístanse con prendas ligeras e hidrátense. Me miran como si hubiera perdido la razón, no tanto por mis informaciones puntuales de la temperatura ambiente como por mi saco gris de tweed que no me quito por nada del mundo. Nada más de verte con ese saco puesto me dan mareos, me dice un amigo acalorado. Admito que se ve un poco raro, pero se trata de la técnica del beduino que consiste en abrigarse si hay que atravesar el desierto.

Mi mujer afirma que ha llegado a la edad de los bochornos. Yo sostengo que esas sofocaciones no están relacionadas de momento con su perfil hormonal, ni con el climaterio; esos calores son la consecuencia simple y terrible a la vez de que estamos a 32 grados centígrados. Así las cosas, durante la canícula todos pasaremos por el arco de la menopausia. No nos hemos puesto de acuerdo, incluso hemos discutido acremente sobre este punto sin llegar a un arreglo. Mi argumento de mayor peso ha sido el siguiente: un señor del Servicio Meteorológico ha dicho que en el Distrito Federal una temperatura de 30 o 32 grados es equivalente a una de 40 en el trópico puesto que estamos en un clima muy seco y el asfalto absorbe el calor. Hay dos temas en los que nunca coincidiremos: los bochornos y el Horario de Verano. Ella afirma a pie juntillas que el cambio de horario acabará matándonos; yo creo que a los dos días uno se acostumbra.

Una de estas noches vimos la película Petróleo sangriento, que adquirí con mi marchante de Ayuntamiento y López. Imprudencia enorme. En esa trama de maldad y traición aparecen varios campos petroleros donde los personajes sudan y sudan mientras la codicia los fulmina transformándolos en monstruos. Nos sugestionamos tanto que mi mujer y yo terminamos tirados en un sillón en grave estado de somnolencia y abulia. Nuestro cuarto es un horno y hemos decidido abandonarlo la mayor parte del día, sólo lo usamos para dormir. Subimos las persianas, abrimos las ventanas, ahora vivimos a la intemperie y luchamos a muerte con los moscos. Por las noches me escondo debajo de la sábana, para que no me vean los mosquitos, y sueño que escribo un artículo en una rosticería en la que me han confinado mis enemigos. Voy a ver el termómetro. Regreso con una cifra aterradora: 33 grados centígrados.

 
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PERFIL
 
Mezcle una pizca de nostalgia, un tajo de psicoanálisis, dos cucharadas de humor, un kilo de letras francesas y una fuerte dosis de pasión; sáquelas todos los días a las calles del DF, ¿y qué sale? La crónica urbana, neurótica e irónica, de un capitalino de 48 años que se confiesa exasperante y exasperado por la vida en la gran urbe a la cual, no obstante, dice ser ?adicto?.

Es experto en la diatriba, pero en este espacio busca más bien mantener una conversación con el lector y componer una especie de elegía de la Ciudad de México y de la vida cotidiana en la que el teléfono celular se convierte en un talismán para conjurar (a duras penas) la inseguridad y el miedo.

?Habría que escribir una Oda al celular?, dice este autor de varios libros que, en el pecado de vivir en la Condesa lleva su penitencia: lidiar con lavacoches, traperos, valet parkings y restauranteros.

 
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