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No pude disfrutar como se debe de la exposición Ashes and Snow, de Gregory Colbert, en el Zócalo capitalino. El “exceso de visitantes” me lo impidió, así que me puse a ver —y disfrutar— de las imágenes de este fotógrafo canadiense en la comodidad de mi casa. Cuestiones técnicas aparte, pienso que la magia principal del trabajo de Colbert, es que logra transmitir, en cada una de sus fotografías, ese lazo invisible y esa comunión, que a veces se da entre el hombre y los animales. El otro día me contaron la historia de un gato que vive en un asilo de Rhode Island, y que se ha hecho famoso en la región, porque presiente cuando alguno de los ancianos está por morir, y va hasta su cuarto, se acurruca junto a él, y lo acompaña hasta que muere. ¿Cómo lo sabe el gato? ¿Qué don, o instinto o cualidad posee ese animal? Esas preguntas surgieron hace poco durante una charla con Adolfo Pérez-Butrón, quien además de ser uno de los mejores fotógrafos de México, es un enamorado de los animales. Adolfo tiene en su casa-estudio de Coyoacán, varios perros y gatos que ha recogido de la calle, heridos, maltratados o moribundos, y ha encontrado en ellos el amor y la compañía, que suele encontrarse entre los amigos. Me contaba que un día, que se sentía verdaderamente enfermo y desanimado por unos fuertes dolores en la espalda, se acostó boca abajo sobre la alfombra de su sala, tratando de aliviar un poco su malestar. Tenía los brazos pegados al cuerpo y las palmas de la mano hacia arriba, cuando de pronto sintió que uno de sus gatos “acariciaba”, literalmente, una de sus manos con su pata. Era como si quisiera decirle, “ánimo, aquí estoy junto a ti, acompañándote”. Fue un momento mágico, me cuenta. Siempre curiosa por los secretos que esconden los animales, que me intrigan y cuyo mundo me encantaría entender, pregunté hace algún tiempo a Juan Soriano su opinión sobre el tema. “Mi amor por los animales nació de forma espontánea durante mi niñez, cuando visitaba a unas tías que tenían un jardín ‘silvestre’, muy poco arreglado, en el que tenían jaulas con canarios a los que yo alimentaba con migajas de pan remojadas en leche. Disfrutaba observándolos, viendo cómo salían del cascarón, cómo aprendían a volar, a cantar. Creo firmemente que son portadores de sabiduría, por su eterna lucha para sobrevivir en la naturaleza”, me dijo entonces el desaparecido pintor tapatío, que tenía en su casa de la colonia Condesa de la capital, varios canarios, y un perico llamado “Paco”, “muy malo, muy malo, pero muy simpático”. Soriano, que se encariñaba fácilmente con sus mascotas, no alcanzaba, sin embargo, a comprenderlas del todo. “Me angustia que no me contesten cuando les hablo, y como me paso horas viéndolos quererse, pelearse, arrullarse... no me concentro en mi trabajo. Sin embargo, me apasiona escuchar su canto mientras desayuno”, me dijo. A Laura Peralta, hija del desaparecido empresario Alejo Peralta, su pasión por los caballos la hizo construir, en su rancho La Remembranza, por los rumbos del Ajusco, las caballerizas donde descansaban Arash, Bause, Desafío y Fado, sus cuatro caballos predilectos, y su yegua Bella, a sólo diez metros de su recámara, para convivir más de cerca con sus animales. “Convivir constantemente con seres que viven desprovistos de prejuicios, y que instintivamente llevan la fidelidad y la entrega, es para mí una referencia constante de crecimiento interior, que me aporta un sentido de equilibrio, vitalidad y armonía con el entorno”, me comentó hace algún tiempo Laura. También recuerdo a Dolores Olmedo, a quien visité en su casa-museo de Xochimilco, donde vivía rodeada de sus perros Xoloscuintle, la raza más antigua (y fea, añadiría yo) del mundo. Formaban parte de su vida y parecía encontrarlos más leales e interesantes que muchos de los humanos que la rodeaban. Hasta la próxima semana.
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