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Thomas Beatie y la urgencia de una nueva historia Lo que sigue es apenas el argumento central de una historia ampliamente difundida y escuchada: “Nuestra vida es el resultado de un estado natural cuyas leyes, nunca conocidas del todo, establecen un mandato moral inapelable. No es casual, entonces, que el color de la piel sea el hecho visible de que haya razas y de que cada una de éstas posea atributos y habilidades con las cuales se afrontan de mejor manera las vicisitudes asociadas a la salvaguardia de los seres humanos. Pero si se trata de la supervivencia de la especie, toda clase de acción y pensamiento debe orientarse a la preservación de la familia, lugar de confirmación de los lazos naturales que unen a hombres y mujeres, cálido hogar para la reproducción y el cuidado de los hijos y piedra angular de las sociedades”. Hoy día, sin embargo, una serie de acontecimientos son incomprensibles si se interpretan según la historia de la ley natural. Paul Gilroy, profesor de la Universidad de Yale, llama la atención sobre cómo la biotecnología coloca en segundo plano la noción de raza. ¿Viene al caso hablar de negros o blancos cuando los estudios sobre el genoma reportan que la variación genética entre los diversos grupos humanos es mínima? La donación y trasplante de órganos tampoco acepta distinciones de raza. ¿Qué importa si la córnea que recibiré proviene de una persona cuyo color de piel es blanco, café o negro? Es irrelevante. Gilroy está convencido, además, de que el glamour exhibido por actrices, cantantes (¿Michael Jackson?) y deportistas está más allá del color. Y es bien sabido que muchas actividades de las mujeres simplemente no se ajustan al canon de la ley natural: lejos de la familia, las mujeres son obreras, estudiantes, futbolistas, ingenieras, astrónomas, escritoras y presidentas. Cerca de la familia son madres solteras por decisión propia (o por abandono), esposas sin hijos(as), madres después de los 30, personas que viven “mejor solas que mal acompañadas”. ¿A quién de ellas le interesa preservar “la sagrada familia” y exigir elogios por ser una “madre virtuosa”? Thomas Beatie, un transexual, con la ayuda de hormonas y bisturí, logró poner en sintonía su cuerpo con su deseo de ser hombre. Y como si hubiese sido escucha atento a esa historia que habla de la ley natural, Thomas se casó con una mujer, trabajó para ganarse el pan y, como una familia no lo es hasta tener hijos(as), quiso tenerlos, pero como Nancy, su esposa, no pudo concebir, él decidió embarazarse. ¿Un hombre embarazado? Ya se sabía de hombres que preparaban la leche y ponían el biberón en los labios del bebé. Que combinaban el arte de fregar los pisos con la destreza para cambiar pañales. Pero que un hombre vaya a parir, ¿cómo entender este hecho? Quienes no se apartan un ápice del canon de la ley natural no vacilarán en decir que después de todo Thomas sigue siendo una mujer a pesar de que se diga lo contrario. Desde otra perspectiva, Thomas y su embarazo es un “suceso” que demanda la invención de otra historia cuyos personajes no se entiendan a sí mismos como mujeres u hombres en virtud de un orden natural. Urge una historia que nos cuente que la medicina, la tecnología y el respeto a las decisiones de cada quien dan paso al hombre encinta. Un relato en el que a la pregunta “¿Cómo se siente un hombre embarazado?” se le pueda dar la respuesta dada por Thomas: “Increíble. Estoy estable y seguro de mí mismo como el hombre que soy.” saulescri@yahoo.com ¡A parir padres latinos! Qué fácil es minar la masculinidad. En esta semana he visto cómo la hombría de algunos amigos se ha resfriado a causa de dos noticias tremendas: 1) que Hugo Sánchez fue cesado como director técnico del Tri, y 2) que se hizo el anuncio del primer hombre embarazado de la historia (no que la Historia lo haya embarazado —que ella es madre soltera—, sino que él en efecto quedó preñado). La Selección Nacional y la Selección Natural, todo en entredicho. No nos vamos a detener en el Pentapichichi, que ya su suerte y su trayectoria han sido diseccionadas ad nauseam en todos los canales de televisión y en todos los horarios. Pero un hombre embarazado sí es, por lo menos, un asunto inquietante. En un mundo en que cada día la frontera entre los sexos es más difusa, la maternidad se antojaba como la prueba reina de la biología, su frontera infranqueable. La noticia sobre el estado de Thomas Beatie ha corrido como fuego, de lengua en lengua y de blog en blog. Su imagen —esa fotografía en que posa a la manera de Demi Moore, con una tierna barriga de cinco meses y una perturbadora barba de cinco días— será un icono de los nuevos tiempos, tanto —o casi tanto— como la destrucción de las Torres Gemelas. Thomas Beatie es un hombre transexual estadunidense, casado, que quiso tener un hijo. Su mujer, que había quedado estéril, no podía dárselo. Entonces, de mutuo acuerdo, resolvieron que fuera él, Thomas, el que se embarazara. Esto era posible porque Beatie, al someterse a la operación de cambio (en realidad, reasignación) de sexo no había permitido que le extirparan su aparato reproductor femenino. Muchos médicos se negaron a ayudar a la pareja. Cuando Beatie perdió el bebé de su primer intento, su hermano —erigido en tribunal— comentó: “Tal vez es mejor así, quién sabe qué clase de monstruo hubiera sido”. Pero ellos perseveraron. Finalmente, Thomas se embarazó. ¿Extraño? No, en todo caso nuevo. Es el corolario de una época de transformaciones culturales profundas que ha desembocado en un mundo de identidades complejas. La llegada reciente, lenta pero fulgurante, del personaje transexual al centro del escenario de la crítica cultural no es gratuita. El trans representa mejor que nadie ese momento de transformación, de metamorfosis incesante de las costumbres y de los individuos. No es tanto la encarnación de una frontera novedosa entre los sexos, sino la imposibilidad de esa frontera. El trans está siempre “en el camino”, adelantándose en esa ruta en la que de hoy en adelante, de un modo o de otro, estaremos todos (digo todos, pero no: en realidad obedece a un momento civilizatorio de aquellas sociedades atenidas a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre). Se dirá que la biología ha quedado incólume, pero no: su papel, sin duda esencial, se ha desplazado. Para un transexual el dato biológico de su sexo entra en contradicción con su identidad genérica. Pero esta contradicción no tiene una respuesta única. Cuando alguien que fue mujer decide ser hombre y luego embarazarse no se está contradiciendo ni nos está reflejando un orden esquizofrénico. Está afirmando tajantemente lo que la crítica transexual asume: que las identidades han dejado de ser monolíticas y fijas, que el cuerpo es un territorio movedizo y maleable, que los géneros se desplazan y se contaminan uno del otro, que el dato tecnológico —en este caso, de la tecnología médica— no es un dato menor frente al dato biológico. Nadie ha retratado ese nuevo mundo (barroco si se quiere) como Almodóvar. Para nadie está tan claro como para él que es la búsqueda incesante de la identidad (identidades que se ocultan y se revelan, que viran, que estallan) lo que le da sentido vital al individuo contemporáneo. Ese cuadro de costumbres ya no retrata mulatos, criollos y saltapatrases, sino travestis, transexuales y mujeres en crisis. Una vertiginosa comedia de costumbres. La actual “naturalización” de un Almodóvar que parecía destinado a la novedad perpetua no preludia sino la futura naturalización de Thomas Beatie. Más nos vale recortar o imprimir su foto y colocarla entre nuestras ideas de la familia. Padres latinos: prendan la tele, griten gol, y tómenlo con calma.
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