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    Opinión
Gonzalo Valdés Medellín
01 de abril de 2008

Serial, de Edgar Chías

Una de las voces constantes dentro de la muy nueva camada de dramaturgos mexicanos es la de Edgar Chías, quien con obras como Crack, o de las cosas sin nombre, El cielo en la piel y Telefonemas, por citar algunas, ha definido un perfil propositivo y combativo dentro de nuestro ámbito teatral, tal cual testificará su próximo estreno de Benito antes de Juárez, creación histriónica de Esteban Castellanos.

Incondescendiente en su lenguaje y forma, rastreando caminos de encuentro de nuevos códigos emocionales y psicológicos que aporten un discurso teatral apto para nuestros tiempos tan convulsos y masacrados no sólo física, sino moralmente, Chías se adentró en el sugestivo tema del asesino serial que tantos ejemplos reales ha visto el mundo y que, sin ir lejos, ha visto saldos rojos en nuestro país como los sonados casos de El Caníbal de la Guerrero o Gumaro de Dios, El Caníbal.

Como contraparte, Chías creó un díptico de monólogos en donde es la figura femenina la portadora de esa mentalidad asesina y así surgió el entramado Historias de una hiena vacía, compuesto por “A la sombra” y “Serial”, dirigido por el inquieto Alberto Villarreal y que ahora, desmembrado el espectáculo y amputado el primer texto, se ha convertido únicamente en Serial, historia de una asesina representándose en La Madriguera (Álvaro Obregón 291, colonia Roma), espacio alternativo que ofrece productos de índole incisivamente experimental y transgresora, de resistencia ante las modas y los estereotipos.

Teatro de ruptura, underground, que reta deliberadamente, el realizado en La Madriguera ofrece una sola opción al espectador: adentrarse en microcosmos sórdidos, abruptos, viscerales, criminales y ferozmente confrontativos de una oscura realidad. Era por ello muy ad hoc que Chías presentase ahí Serial, monólogo donde la ficción toma color de bestialidad espeluznante en una mujer que, abatida por su soledad y frustraciones personales, se convierte en sádica asesina que conversa con los cadáveres de sus víctimas.

Abundando en imágenes de orden poético, en un texto que camina directo hacia la locura, Chías matiza Serial con anécdotas propias del género cuentístico con la finalidad de otorgarle mayores dimensiones humanas a su inclemente creatura. Pero es imposible no ligar esta historia con dos obras del teatro mexicano de la segunda mitad del siglo XX que utilizaron esta fórmula (el asesino hablando con los cadáveres): Los amores criminales de las vampiras Morales de Hugo Argüelles y Juegos profanos de Carlos Olmos.

Y no obstante, el texto de Chías adquiere insoslayable autonomía —que no originalidad, pues eso no lo buscaba, creemos—, apoyado por el espléndido trabajo orgánico de las actrices Beatriz Luna y Paula Comadurán (quienes representan en escena al mismo personaje transfigurado) y del imaginativo director. Sin embargo, es en la dirección donde Serial parecería no encontrar el punto justo de escenificación.

La compulsiva y convulsionada búsqueda de imágenes performáticas o de happening (rayanas en el Teatro de la Crueldad de Artaud o en el Juego Pánico de Jodorowski) de Villareal tienden a dejar de lado la exploración profusa del texto, tornando a Serial en pretexto para la explosión (y no exploración) de imágenes tanáticas.

Y volvemos al cuestionamiento de siempre: ¿incapacidad del director —con todo y su talento coreográfico— para hincarle el diente a la materia literaria del drama? ¿Desdén por la palabra? En este caso, las inteligentes dimensiones literarias de la puntual palabra dramática propulsada por Chías quedan soterradas por una puesta en escena que las utiliza sin otorgarles mayor valor que el anecdótico, sin hallar el equilibrio dramático propio de un montaje redondo y congruente.

A pesar de ello, Serial es una propuesta viable, que representa sin duda alguna una cara honesta de la experimentación teatral en México. Hay que ver Serial, historia de una asesina en La Madriguera, todos los jueves. El costo es de 100 pesos.

 
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