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El palacio antes de la niebla vizania74@yahoo.com.mx Que esta columna se titule así no se debe a la ya empleada frase narrativa para describir el instante previo en el que las cosas suelen verse antes de que la niebla llegue para desdibujarlas, sino a la secuencia de las imágenes que se observan cuando se llega al Zócalo de esta ciudad para ver la exposición de Gregory Colbert (Ashes and Snow): primero el Museo Nómada o Palacio de Bambú, y después, en su interior, las cenizas y la niebla. Desde luego, habrá quien piense que lo correcto sería hablar sobre la exposición más que sobre el edificio en el que se encuentra, pero existen ocasiones en las que el “contenedor”, como en el caso de ciertos frascos perfumeros, suele ser tan cautivante y hermoso como el aroma que atesora. Quizá con la misma volatilidad de un perfume, el Palacio de Bambú se erige estos días sobre la plancha urbana como una imagen vulnerablemente irreal, un espejismo inmutable, mítico y plácido que seduce y sobrecoge, en principio, porque su sola presencia es la feliz impronta que barre con la rutina de lo que suele ser en otros días esa plancha gris por la que transitan miles de pies, pero también porque se trata de un asalto a la cotidianidad que invoca y reúne no otra cosa sino belleza. Más allá de si sus 5 mil 130 metros cuadrados de estructura o la combinación entre los troncos de bambú y otros materiales reciclables (que no reciclados), el diseño del arquitecto colombiano Simón Vélez reta nuestra concepción occidental sobre lo monumental y su asidero histórico en la duración de la roca, el concreto o el metal, para abrirnos la visión que, al otro lado del mundo, hizo entender a Oriente que la durabilidad y la resistencia no necesariamente tienen que ver con lo duro o lo pesado y que algo tan, en apariencia, frágil como el bambú, puede emplearse lo mismo en la construcción de las livianas chozas tropicales que en puentes, iglesias, hoteles, casas y esos andamios célebres de Hong Kong, donde el urbanismo desarrollado a lo alto y la espectacularidad de los rascacielos que conforman su skyline contrasta con los rudimentarios troncos de bambú que los albañiles locales utilizan como andamios para alcanzar alturas de vértigo. Más liviano que el acero, pero cinco veces más fuerte que el concreto, el bambú figura hoy en día como el “acero natural” en boga dentro del mundo de la arquitectura, y no sólo por su fuerza, sino por su delicadeza. Esa condición dual que en el interior del Palacio se refleja de otras múltiples maneras: en la combinación entre la atmósfera antigua china y líneas de absoluta expresión minimalista contemporánea, entre la complejidad de la estructura por su extensión y la simplicidad de sus formas, entre la seguridad que otorga la vista de las columnas y nuevamente la fragilidad vulnerable cuando se descubre que las mismas no tocan el suelo, finalmente, entre esa sensación de estar en otra parte del mundo (una donde reina la quietud) y encontrarse, al final del recorrido, con que se está en pleno Zócalo, con su gentío y ruido habituales. Al contemplar el Palacio de Bambú es difícil resistirse a imaginar cómo se vería el centro de la ciudad de México si todas sus construcciones fueran de este material; lo que no habría ocurrido durante el temblor del 85. Pero la ensoñación termina cuando uno recuerda que, ambulante al fin, este palacio habrá de desdibujarse y desaparecer no entre la neblina, sino junto con ella y las cenizas, la mañana en que la exposición de Colbert emprenda el viaje hacia otra ciudad. Miradas lg212@nyu.edu Quizá la foto más impactante en Ashes and Snow muestra la mirada de un elefante. El ojo revela la extraña inteligencia de un ser que habita un mundo coincidente con el humano, pero no recurre a palabras ni organiza la percepción en conceptos. Una invitación a entender la ausencia de nombre como algo distinto de una carencia, como sugiere Derrida. Sabiduría, enigma, profundidad: colecciones de sílabas que no rozan la elocuencia de esa mirada ajena al tiempo de los calendarios. ¿A quién, qué es lo que toco cuando toco a mi gato? Una pregunta similar, referida a su perra, guía el trabajo reciente de Donna Haraway, quien imagina las posibilidades de construir este mundo a partir de coincidencias, encuentros, acuerdos, aprendizajes logrados con animales. La apertura de espacios intermedios, en parte humanos, en parte leoninos o lobunos o serpentinos. Un remedio contra las maneras convencionales de verlos, que suelen reducirlos a presas, víctimas o amenazas. ¿Los animales son nuestros semejantes y nuestras alternativas, nuestras fronteras y nuestros desafíos? Sin duda, los animales nos miran, pero ¿con qué frecuencia las dos miradas se encuentran? Algunos científicos han legado relatos fascinantes sobre esas coincidencias, como Barbara Smuts, que aprendió a ser mirada por una comunidad de babuinos. Entrenada en una universidad estadounidense, Smuts inició su trabajo procurando que los babuinos la ignoraran (el ideal de un observador “objetivo”). En algún momento registró la torpeza de su conducta y empezó a aprender las señales de la vida social babuina, lo cual implicó alterar su modo de caminar, de pararse, de modular la voz. Al cabo, comprendió las señales que indicaban que estaba estorbando. Y luego, a veces, algunas señales de aceptación que le permitieron trabajar con ellos, quizá empezar a entenderse. El trabajo de Gregory Colbert sugiere otros posibles encuentros. Aunque su equipo incluye a científicos, está formado también por danzantes. Quizá miradas y palabras son medios limitados en esos espacios de contacto. ¿Le interesaría a un grupo de elefantes bailar con una mujer? ¿A un halcón? ¿Cómo se tocan las especies en el curso de la danza? ¿En dónde es ese espacio? Una de las fotografías muestra a una persona de sexo indefinido sentada en las ramas de un árbol, con un libro abierto, rodeada por un grupo de orangutanes que escuchan su lectura. La foto podría ser una ilustración en un libro de fábulas: hablar el lenguaje de los monos es una fantasía tan antigua que forma parte de muchas religiones. Como en la foto que evoca el mural de la Capilla Sixtina donde la mano de Dios comunica vida al hombre, en esta imagen Colbert confía en las distintas tradiciones que resuenan en su trabajo, desde los mitos griegos al Ramayana y a las tradiciones prehispánicas. Pero aquí no se trata de un relato oral ni de un dibujo, sino de una foto. Más allá de las fantasías humanas de comunicación con los animales, la imagen es la huella de lo que fue la curiosidad de los orangutanes, quizá su interés en escuchar, en sentarse cerca, en estar de buen humor con alguien de otra especie. Desde el pasillo entre las fotos, dos millones de visitantes han asistido a estos encuentros. En cada uno, la posibilidad de mirar hacia lo menos conocido.
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