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    Bajo Reserva
Periodistas de EL UNIVERSAL
23 de marzo de 2008

Desde que decidió competir por la Presidencia de Ecuador, a Rafael Correa todo le había resultado demasiado fácil. Ganar la elección, en medio de la peor crisis del país, obtener un rutilante éxito en los comicios constituyentes y encaminar a la nación de acuerdo con su propio proyecto. Con menos obstáculos que Evo Morales, en Bolivia, y que incluso su mejor aliado, Hugo Chávez. Pero apareció el conflicto con Colombia y su estrategia, la local y la internacional, sufrió los debidos sobresaltos.

Este economista, crítico de la globalización, formado en universidades europeas y nacido en Guayaquil, hace 44 años, debió dedicarse de tiempo completo a la agenda internacional de su país, como pocos de sus antecesores. Siempre supo que Colombia y su longevo conflicto armado eran un riesgo con el que los ecuatorianos (gobiernos, militares y ciudadanos) ya se habían acostumbrado a convivir.

Tal vez por recomendación de las Fuerzas Armadas, donde supo construir lazos más que firmes a pesar de ser un político de izquierda, Correa venía dosificando sus críticas a Washington y escalando las apariciones con Hugo Chávez. Si bien mantenía firme su promesa de poner fin, en 2009, a la Base de Malta, buscaba acuerdos comerciales y de cooperación con Estados Unidos. En tanto, con el mejor aliado de Washington en la región, Colombia, salvo la denuncia por los vuelos de glisofato para combatir los cultivos ilícitos que afectaba a campesinos ecuatorianos en zona de frontera, la relación era normal. Hasta que el Ejército colombiano con su bombardeo en Sucumbios, y Álvaro Uribe, en sucesivas declaraciones, pateó el tablero y el telón se corrió para todos. Ahí se confirmó lo que todos sabían y callaban: Simón Trinidad, el comandante de las FARC detenido en Estados Unidos, no era el único de esa guerrilla que merodeaba Ecuador en busca de refugio.

Así fue como la Presidencia tranquila, sin sobresaltos gracias a los buenos ingresos por petróleo y remesas de extranjeros, que Correa se había permitido imaginar por lo realizado y visto en su primer año de gobierno, ahora cobró vértigo. Se vio obligado a enfrentarse a Colombia y a Estados Unidos; al mismo tiempo, a apoyarse más de lo que él mismo creía conveniente en Caracas, y cuestionar a la OEA por la forma en la que trabaja en este tipo de situaciones. Demasiados frentes al mismo tiempo como para seguir demorando el restablecimiento de relaciones con Bogotá y hacer que la tensión baje. Algo que Correa espera hacer en estos días, una vez que reciba un gesto de la administración Uribe.

Para un economista como Correa, las razones comerciales priman tanto (o más que las políticas), aunque es consciente de que algo se rompió en la histórica relación colombo-ecuatoriana. No sólo la frontera norte del país se quebrantó militarmente, sino también esa percepción de riesgo permanente con la que Ecuador miró a su vecino y a su conflicto. Ahora, el país está mucho más cerca de quedar atrapado por “la guerra colombiana”. Y es en ese sentido, aun cuando sus declamaciones y declaraciones indiquen lo contrario, donde más deberá trabajar Correa en lo que le queda de gobierno. Haciendo que no queden rastros de la guerrilla colombiana en el país y reclamando que no se vincule al gobierno con los insurgentes. Sólo si logra ambas cosas podrá volver a imaginar Correa una gestión tranquila.


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