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    Bajo Reserva
Periodistas de EL UNIVERSAL
21 de marzo de 2008

“What you see is what you get” (lo que ves es lo que obtienes) es una frase popular utilizada con frecuencia por los estadounidenses para advertir, con un aire de honestidad extrema y cierto cinismo, que lo que ven tus ojos es claro y que más tarde no puedes decirte engañado. Era también uno de los aforismos predilectos del ex gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, para decir, cuando algunos señalaban su inteligencia arrogante, su imprudencia o su audacia casi suicida, que todos sabían que él era como era.

Hoy todos saben que pudo haber sido el primer presidente judío de Estados Unidos y que su estrella ascendente se derrumbó con un escándalo sexual. Pero muchos siguen preguntándose: ¿Quién es Eliot Spitzer? ¿Por qué hizo lo que hizo?

Sus detractores advierten que lo más grave de todo es que fuera procurador de Nueva York durante ocho años y que se viera envuelto en los delitos que persiguió alguna vez, convertido en el implacable Señor Limpio. Hay algunos personajes que recuerdan con nitidez ese episodio. Nick Paumgarten lo recrea en el extraordinario perfil que escribió a principios de este año, cuando nadie sospechaba que el gobernador tenía sus días contados:

Spitzer pidió un préstamo bancario de 4.3 millones de dólares para financiar su campaña política de procurador en 1998, y dijo a la prensa que lo pagaba con sus ingresos. Pero unos días antes de la elección admitió que lo había cubierto con un préstamo que su padre le había hecho en generosos términos: era una cantidad que excedía por mucho lo permitido por la ley en aportaciones familiares. Spitzer mintió acerca del asunto y cuando un periodista le preguntó por qué había mentido, el ex gobernador dijo: “Porque tuve que hacerlo”.

Hijo de inmigrantes judíos, se convirtió en procurador de Nueva York tras un breve recuento y comenzó su carrera de persecutor incansable. Fue bautizado como El Sheriff de Wall Street, un alguacil que solía aplicar un método cuestionable, pero que casi nunca fallaba: tomar un caso y soltar una serie de filtraciones a la prensa sobre el personaje al que perseguía.

Este hombre se hizo de una impresionante corte de admiradores, simpatizantes, titulares de periódicos y aplaudidores de la “reforma” que él había emprendido al perseguir a varios personajes de Wall Street, y que la indignación de sus enemigos por sus manipulaciones mediáticas, sus desproporcionadas tácticas y escaso conocimiento sobre sus negocios tendían a ser ignorados por el repudio que la sociedad sentía hacia la riqueza de los perseguidos por Spitzer.

Cuando Spitzer se convirtió en gobernador sólo pasaron unos meses antes de que volviera a poner en marcha sus prácticas: utilizó a la Policía del estado para espiar al senador Joseph Bruno. La Corte lo amonestó, pero una vez más nada sucedió. Siguió gobernando con normalidad, mientras sostenía encuentros clandestinos con prostitutas. Lo cual, como era de esperarse, no le perdonó la sociedad estadounidense.


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