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Principio de incertidumbre (México, Era/ Universidad de las América/ Secretaría de Cultura de San Luis Potosí, 2007), el más reciente libro de poemas de Jorge Fernández Granados (ciudad de México, 1965), es uno de los momentos brillantes de la poesía mexicana contemporánea: desarrollo y evolución de una poética de la emoción y el rigor formal que inició en 1990 con La música de las esferas y que continuó con El arcángel ebrio (1992), Resurrección (1995), Los hábitos de la ceniza (2000, Premio de Poesía Aguascalientes) y El cristal (2000). En Los dispersos, poema con que abre Principio de incertidumbre, asegura: “Qué raros son/ los dispersos/ a nadie le gusta tenerlos demasiado tiempo cerca/ parecen ácido o luz/ queman sorprenden incomodan no sabe uno qué hacer/ abre la puerta/ deja que salgan/ toma gracias adiós/ y que dios/ te cuide/ pero no vuelvas”. La poesía de Fernández Granados es cada vez más una exploración en el comportamiento humano, una inmersión en la soledad y un balance de las dichas y las desdichas con las que vive un hombre como poeta y un poeta como hombre. Lo extraordinario del discurso poético de Fernández Granados es que no hay nada que se parezca a la sensiblería, ningún tono menor de la queja, ninguna retórica efectista, sino una gran inteligencia sensible para hacernos sentir (más allá de la descripción) la incurable orfandad del ser humano que, pese a todo, se ve redimida con instantes de algo parecido a la felicidad. Tal es la imagen final que nos entrega en Los venturosos: “Algo aguarda siempre dentro de nosotros/ hasta ese día donde estalla íntegro/ como un fulgor en la noche de los huesos/ o un saber ya súbito central irreversiblemente nuestro/ cuerpo adentro un salto sucedido un/ temblor o nacimiento/ y lo que llamaste equivocarnos/ fue sólo nuestra única manera/ de encontrarlo/ era un instante justo/ como el que decide todo ante lo que nombramos/ el destino tal vez ese minúsculo y monstruoso/ puente donde todo se concentra/ en dura claridad y despertamos/ en su apurada luz guardada en aquella apurada grieta/ abierta de pronto en lo indistinto por ese instante justo y ahora sé que fue sólo aquel instante justo/ donde adiviné que el alma era aquello que iba dispuesto/ desde el principio a entrar en esa grieta y temblar bajo esa luz/ íntima atónita plenitud y era tal vez el don/ dentro de ese extraviado diamante y el precio/ de encontrarlo que el tiempo nos enseña/ que fue puramente justo/ pues algo aguarda dentro de nosotros/ hasta ese día del encuentro/ con la maniobra que ya no es nuestra/ sino inescudriñable jugada en el juego/ del azar hecho ajeno el incierto/ dios del que surgimos/ o sencillamente el juego donde marcha/ secreto desbocado alerta/ lo único que nos distingue de los muertos:/ este corazón jugando”. Sería pueril emparentar la poética de Fernández Granados con cierta poesía vallejiana. Lo cierto es que este poeta, uno de los mejores de su generación, se ha dado a la tarea de hacer decir a las palabras su más íntimo secreto para revelarnos, también, el más íntimo secreto de las cosas y de los seres. Contemplador de los más finos detalles de la existencia y experimentador de los más profundos sentimientos, sabe expresar con diáfana inteligencia lo simplemente inadvertido. En Los muertos hay una intensidad ejemplar de su mejor poesía: “Todos mis muertos/ que tanto he contado y conocido/ ellos tan antes y son muertos son todos desde el tiempo/ donde arañé la cita/ de una historia esta historia de una sombra son testigos/ y acaso/ testamento”.
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