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    La Primera Dama
Colectivo
16 de marzo de 2008

La sexualidad: un arma de destrucción masiva

A la luz de los acontecimientos, es urgente que consejeros matrimoniales, psicólogos(as), sexólogos(as) y sucedáneos formen parte del gabinete o, de perdis, del cuerpo de asesores del presidente o de gobernadores o diputados o senadores del país más poderoso del mundo, o sea, Estados Unidos de América. Eliot Spitzer, conocido como El Sherif de Wall Street por su fama (que hoy es descrédito) de hombre probo, actualmente desempleado al renunciar al cargo de gobernador del estado de Nueva York, es el último de una lista de “hombres públicos” como Bill Clinton, Gary Hart, James McGreevey (por mencionar algunos) involucrados en sexual affairs y, como consecuencia no deseada, en turbulencias políticas.

Eliot Spitzer renunció al gobierno porque su (“seguramente”) incontenible deseo sexual lo condujo a contratar los servicios de Emperor’s Club VIP, noble agencia que enviaba (¿envía?) sexoservidoras a Londres, Miami, París o Washington, ciudad esta última donde Spitzer, el cliente número nueve, se encontró con una chica de nombre Kristen en el Hotel Mayflower para “hacer cosas que tú no pensarías son seguras”, declaró una voz anónima, pero que según dijo Kristen, todo fue bien, “no problem”.

¿Por qué renunció el gober ganoso? Bueno, los investigadores del caso sospechan que Spitzer, para pagar sus ratos de placer y diversión sexual, no sacó los billetes de su cartera sino de otras fuentes, como, quizá, el erario público, pero no hay pruebas de que lo haya hecho, y al parecer el dinero proviene de su fortuna personal. Al principio, los cargos no estaban fincados en una supuesta relación ilegal entre cliente y sexoservidora, sino en el origen de los recursos con los cuales se cubría un servicio que no estaba incluido en las prestaciones del entonces gobernador (aunque en este momento el lenocinio es ya un cargo en contra de Spitzer).

Para que Eliot Spitzer tomara la decisión de renunciar, la acusación de haber violado la ley seguramente pesó tanto como el haber defraudado a su familia y sido infiel a su esposa. El lunes 10 de marzo, día en que aceptó públicamente su pecadillo, Spitzer no dijo que cometió un acto ilegal al haber contratado los servicios de Kristen, sino que se portó muy mal con su familia y se disculpó: “He actuado de una manera la cual rompe con mis obligaciones con mi familia y quebranta con cualquier sentido de lo bueno y lo malo. Ofrezco disculpas en primer lugar a mi familia. Ofrezco disculpas a la gente que le prometí lo mejor.” He aquí a la sexualidad fuera del matrimonio desequilibrando a la familia y, de rebote, cimbrando al sistema político de los Estados Unidos de América.

Y a uno no le queda más que sorprenderse de ser testigo de cómo el presidente de Estados Unidos se mantuvo ocho años en la Casa Blanca sin que la guerra en Irak y los damnificados y los muertos de Nueva Orleans y de Nueva York, sin que la menguada economía de ese país y los escándalos de corrupción en los que se vio envuelto el vicepresidente Cheney, fueran acontecimientos que pusieran en jaque a George Bush y a su gabinete. Y de cómo, en cambio, el ejercicio de la sexualidad, en el modo, esta vez de infidelidad marital, tiene todo la fuerza para convertirse en un acto con capacidad para derribar gobernadores.

Sin dilación alguna, los políticos (porque hasta dónde se sabe, son hombres los involucrados) de Estados Unidos necesitan “un buen consejo” para cuando, por ejemplo, en el matrimonio ya no se tienen ganas o es fastidioso “comerse la manzana”, no salir corriendo, sin medir las consecuencias, a seducir becarias o a gastarse el dinero de otros para disfrutar de los encantos de Kristen. O intervienen los “expertos” asesorando a los políticos o a la sexualidad se le va terminar considerando como una malévola integrante del eje del mal y al Viagra como las más letal de todas las armas de destrucción masiva.

saulescri@yahoo.com

El precioso gober de Nueva York

Hay que reconocerlo: durante su llamada telefónica a Mario Marín, Kamel Nacif acuñó una frase imperecedera: ¿cómo se puede pensar en el gobernador recién renunciado en Nueva York, Eliot Spitzer, sino como un nuevo “gober precioso”?

Ante audiencias masivas cuyas neuronas procuran abarcar el significado de algunos datos (¿de verdad Spitzer ha gastado 80 mil dólares de su fortuna personal en citas con mujeres? ¿Es cierto que pagaba 4 mil 300 dólares por un rato de apapacho? ¿Hay señoras que cobran 5 mil 500 dólares por una hora de servicio sexual?), la vetusta distinción entre lo público y lo privado se esfuerza por levantarse de su silla de ruedas. A su rescate viene la Suprema Corte de Justicia de la Nación mexicana, que tan expertamente deslindó en el caso de Mario Marín los límites de la privacía. Sí, la Suprema Corte de Justicia mexicana piensa (aunque no de forma unánime) que en horas de trabajo y en su despacho dentro del edificio público donde residen los poderes del Estado, un gobernador tiene derecho a discutir asuntos privados, como la tortura de una periodista a manos de otros funcionarios públicos.

Muchos kilómetros más al norte, Eliot Spitzer se disculpa ante los medios por haber faltado a sus obligaciones con su familia. Este incidente de su vida privada es el fin de su empleo como funcionario público. Mario Marín levanta el teléfono para ordenar otra botella de coñac.

Quizá los neoyorquinos están escandalizados por las insospechadas resonancias de una frase que suele gritarse en las manifestaciones: “This is what democracy looks like!”. El adelanto político característico de nuestro tiempo produce algunas diferencias (¿de criterio? ¿de gusto? ¿de educación sensorial?) entre el ciudadano que paga sus impuestos y su servidor público, que se paga caprichos con cheques estratosféricos.

Los mexicanos los llaman puritanos. ¿Asesinatos de familiares, fraudes, tráfico de niños? De todo ofrece nuestra clase política.

Mientras escándalos como el protagonizado por Spitzer relegan más y más la discusión de los asuntos que antes se llamaban públicos, o políticos, desplazados por el cuidado de una imagen pública basada en la exhibición de una supuesta moralidad privada, de manera que la atención colectiva está absorta en dilucidar si un hombre casado debe o no ir con prostitutas, el espectáculo dado por la Suprema Corte en el caso de Mario Marín reitera la corrupción de un sistema político habituado a actuar impunemente, que reduce a los ciudadanos al papel de espectadores quizás enfurecidos y a punto de vomitar, pero sin recursos. Que luego esta ciudadanía sea apática y abomine de la política es tan natural que me pregunto si no es ése uno de los efectos buscados por los ministros. Carlos Salinas lo sintetizó de manera admirable, en su momento: “Ni los veo, ni los oigo”. En cambio Eliot Spitzer comprueba, para su desgracia, las consecuencias de haber dejado ver lo que debería suceder en secreto.

lg212@nyu.edu

 
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