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El Museo Nómada, la otra experiencia
¡No aprendo! Yo sé que la publicidad engaña, que me chocan las multitudes y que no es lo mismo asistir a la perfumada inauguración para invitados especiales de una exposición hipertaquillera, que visitarla con el resto de los mortales. Pero como estaba en el Centro y la fila para entrar se veía cortita, me lancé al famosísimo Museo Nómada para ver la exposición Ashes and Snow de Gregory Colbert. Lo había leído y me lo habían platicado: “La experiencia te transporta a un estado paz y armonía”, “no parece que estas en el Zócalo”. Después de 45 minutos esperando para entrar parada al rayo del sol en una engañosa cola que serpenteaba interminablemente, en efecto ya veía todo diferente: borroso. Habiendo invertido tanto tiempo y aunque mis pies no estaban de acuerdo, decidí aguantar vara. ¡Todo sea por el arte! me dije. Por lo menos por el arte como espectáculo y por sentir que a las multitudes les interesa al menos su versión comercial. En el último trecho antes de entrar, nos pidieron romper la fila y arrejuntarnos. Era como estar en el metro Pino Suárez en hora pico. De nuevo pensé en huir, pero ya no había manera. Este no fue el último obstáculo. Una vez en la primera gran nave de esta peculiar estructura de contenedores y bambú, seguimos caminando en bloque. Era imposible ver las fotos porque aunque son de buen formato, están colgadas a la altura de la vista. Si uno se quería acercar, encontraba a los lados del pasillo unos espejos de agua en los que flotaba una nata asquerosa. Entre la oscuridad y la multitud, ahora la misión era no caer en ellos. La segunda nave, igual de saturada por la multitud ávida de cultura, mostraba un documental de una hora. ¡Parados! Me sentí como extra de película de Indiana Jones: ahí estábamos los inamovibles nativos, atentos a las imágenes que nos iluminaban desde el templo. Huí. Salí con la sensación de que era mucho museo para muy poca obra. La idea de un museo viajero es congruente para mostrar imágenes tomadas en expediciones, pero el resultado me pareció sobreactuado e incómodo. ¿Y la obra? Lo único que recordaba era la sensación de haber encontrado, una vez más, la visión del hombre blanco idealizando lo “primitivo”. Ante mi olvido, cuando empecé a escribir este texto abrí la página de internet de Colbert (http://www.ashesandsnow.org) para ver las imágenes. Lejos de las multitudes, en un espacio íntimo, con todo y musiquita, por fin las vi. Mi experiencia de la obra cambió: las disfruté. No más que una buena película dominguera, pero tampoco menos. Me relajé y soñé. Me gustaron particularmente dos tomas subacuáticas. Una de un hombre con un elefante y otra con una ballena. Si son reales o están alteradas, no importa. Ashes and Snow me deja una preocupación y dos lecciones. La inquietud es que asumo que los patrocinadores no buscan que asistan casi 2 millones de personas a esta exposición y para ello gastaron un dineral sólo para romper el récord Guiness, sino porque pretenden acercar al público al arte y a la ecología. Sin embargo, por lo menos en el arte, este proyecto cuya campaña de difusión ha sido enorme, no ha tendido puentes hacia proyectos más permanentes. El peligro de esto es que el Museo Nómada acabe siendo una forma de ambulantaje cultural que compite de manera desleal con las instituciones culturales establecidas. La primera lección que me deja Ashes & Snow es que hay personas a quienes les gusta convivir con animales salvajes y otras con multitudes. Yo no me cuento entre ellas. La segunda es que hoy es más claro que nunca que lo importante no es hacer el mejor producto, sino saber empaquetarlo y venderlo. pintomiraya@yahoo.com
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