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Miradas lascivas Hace pocos días salió en el periódico una fotografía que mostraba avances de la moda de primavera. Bajo una blusa de gasa transparente, la modelo mostraba sus senos triunfantes, a los que sólo la creatividad ciudadana podrá agregarles, a medida que pasen las semanas y la moda se convierta en costumbre masiva, algún toque de maquillaje. La gasa se adornará de bordados, de botoncitos, de calados. A los senos ni falta que les hace, aunque hace poco leía que para competir con las esfinges, las mujeres egipcias se pintaban los pezones de dorado. Todo eso sucederá en París, por supuesto. En México, a pesar del calor, las mujeres seguirán cubiertas. Acorazadas. Antes de salir a la calle, cada una habrá comprobado que su ropa la protege. Desde sus primeros años ha aprendido que hay escotes que simplemente no se llevan en la calle. Ni faldas demasiado cortas ni pegadas, mucho menos transparentes. Ni de broma puede permitir la sospecha de que no lleva sostén. No va a salir a divertirse, sino a afrontar el control ejercido por cualquier hombre que, a capricho, puede arrinconarla y manosearla. Ella sabe que, por su propio bien, no debe provocarlos. El asedio puede ser tan agobiante que en el Metro de esta ciudad se separan algunos vagones para uso exclusivo de mujeres, pues toda la cautela descrita (y si le vamos a dar su nombre, digámoslo: la represión sexual impuesta por la agresión normalizada) ofrece una seguridad precaria. En un ensayo que debería ser un clásico, Isabel Vericat describe la experiencia de una violación y el posterior enfrentamiento con el sistema de administración de justicia, acostumbrado a dictaminar que, siempre y sin duda, la culpable de ser violada es la mujer. En el caso descrito por Vericat, el juez afirmó que usar bikinis en el jardín de una casa en Morelos era suficiente provocación para que un grupo de hombres irrumpiera y violara a las mujeres. Y eso es lo que una aprende, no sólo en sus primeros años, sino cada vez que camina por la calle: es su responsabilidad prevenir la agresión de hombres acostumbrados a considerar su propia violencia como una manifestación de la naturaleza incontenible. ¿Por qué la parisina puede lucir sus hermosos pechos desnudos, por qué en Nueva York se exhiben tatuajes y piercings que sustituyen casi toda la ropa? Porque en esas ciudades las mujeres no necesitan protegerse ni de las miradas lascivas ni de la agresión que anuncian. Los hombres y las otras mujeres, sean cuales sean las pasiones despertadas, las miran con respeto, sabiendo que entre el deseo y su realización media el asentimiento. Hay un goce mutuo, de quien se expone y de quien mira, en esa exposición del cuerpo, en ciudades donde las mujeres no aprenden a sentirse amenazadas por el fantasma de José Alfredo Jiménez, que se agazapa dentro de cada posible agresor vociferando: sigo siendo el rey. A mí me parece que es José Alfredo quien se indigna en los recientes altercados en torno a la famosa línea de la Ley sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida sin Violencia referente a las miradas lascivas. ¿Cómo se va a interferir con el soberano derecho de cualquier hombre a recordarle a cualquier mujer que está ahí para ser tomada, para someterse al control? Se habla del afán controlador del Estado, pero no del control que las mujeres sobrellevamos todos los días, un control ininterrumpido, amenazante, tan normal que es invisible e interfiere con un derecho que debería ser tan reconocido como el discutido derecho a fumar o el supuestamente amenazado de mirar a una persona atractiva: el derecho a transitar con libertad, a sentirse segura, que por ejemplo se manifiesta en el goce de vestirse como a cada quien se le pegue la gana. O a desvestirse. ¿Será tan difícil que los hombres aprendan la diferencia entre mirar con gusto y mirar de forma amenazante? lg212@nyu.edu
El que la mira la paga Justo una noche antes de que escribiera estas líneas, poniéndonos de acuerdo para el tema de la semana, Adriana González Mateos y yo hemos sostenido una discusión telefónica que se puso crítica por un solo punto dentro de un tema en el que estábamos totalmente de acuerdo. El asunto era la entrada en vigor, este 8 de marzo, de la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, que no podemos sino aplaudir en tanto que busca establecer para ellas medidas de protección física y psicológica y garantizarles un entorno de respeto a su dignidad, su libertad y su autonomía. En el contexto mexicano la violencia contra las mujeres se ejerce de manera sorda y sistemática, con estrategias sutiles o con métodos asesinos. Una mujer en las calles de México no la tiene fácil, pero tampoco la tiene segura en el trabajo, en la escuela y en el hogar. El feminicidio al que mundialmente ha quedado asociada Ciudad Juárez, para oprobio de todos los mexicanos, tampoco es extraño en la ciudad de México. Pero también las “sutilezas” que quieren convertir a las mujeres en un objeto decorativo o en instrumento de satisfacción sexual no son menos agresivas. Asomarnos a la televisión mexicana es una prueba difícil de muchas maneras, pero una de las más pasmosas e indignantes es el muestrario de estereotipos y los botones de misoginia, racismo y sexismo de las telenovelas y los programas de “humor”. No me parece una violencia menor contraponer a una realidad más heterogénea un “Olimpo” de mujeres rubias, anoréxicas y siliconeadas. Combatir todas esas maneras de violencia de género requiere de estrategias muy variadas, una de las cuales debe ser una legislación amplia y sensible. Pero confiarnos a que una ley por sí misma arregle un asunto culturalmente complejo es tanto más insensato si a eso añadimos las escandalosas deficiencias de las instituciones encargadas de impartir justicia. Uno de los párrafos de la mencionada ley ha hecho que se distraiga la valoración de su conjunto, porque, al menos en su redacción, es vaga y polémica. Al definir los tipos de violencia contra las mujeres en cuatro categorías: psicoemocional, física, patrimonial, económica y sexual, incluye dentro de estas últimas “las miradas o palabras lascivas”. Ya la sola redacción de la frase tiene un tufillo moralista. Es extremadamente difícil definir una mirada lasciva, y aunque se la pudiera codificar sería lamentable que fueran proscritas. Lascivo, según el Diccionario de Uso del Español de María Moliner, viene del latín lascivus, que significa juguetón. Y agrega que “se aplica a la persona habitual y exageradamente dominada por el deseo sexual y que lo demuestra con sus palabras, gestos, etc. Así como a esos gestos y a esas palabras”. Es verdad que desgraciadamente en el medio mexicano estas miradas suelen ir acompañadas de la actitud amedrentadora que tanto engalana a nuestra machismo nacional, pero es indeseable condicionar las miradas. La mirada es muy natural, dice el dicho. Es apenas el principio en el juego del deseo. No sólo es el comienzo de su realización (en el caso de que haya correspondencia en el juego de miradas) sino también la forma primera en que se intercambian infinitos códigos culturales. En un texto importantísimo para el movimiento gay, Ojos que da pánico soñar, José Joaquín Blanco hablaba de esa estrategia de las miradas (las miradas lascivas, cuáles otras) en la identificación de los deseos homosexuales. La mirada del gay es la primera y más intensa forma de autoconciencia y el modo, a menudo riesgoso de cotejar su deseo con el de otros hombres. ¿Qué vamos a hacer con esas miradas? ¿Hay que proscribirlas porque algunos hombres heterosexuales temen como a nada (la descripción de José Joaquín Blanco paseando por el parque España es memorable) encontrarse con la mirada del “puto”. Decidir cómo debemos ver es casi como decidir con qué intensidad desear. Decir otra cosa es hipocresía. El acoso es un asunto distinto. Cuando vemos alguna de las infinitas representaciones del pasaje bíblico de Susana y los viejos (¿habrá que prohibirlas?) es fácil pensar que la tragedia personal no es para Susana sino para los viejos. No era necesario darle ese matiz moralino a una ley importante. La justicia social no es igual a corrección política, que no es más que otro de los nombres de la moral al uso. milsombras64@yahoo.com.mx
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