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La paja en el ojo
La Facultad de Economía de la Universidad Nacional tuvo la pertinencia de organizar esta semana un ciclo de debates titulado “Los retos de la izquierda”. En la mesa que me correspondió propuse ubicar el caso mexicano en el contexto de las redefiniciones latinoamericanas tanto como de las singularidades de los países emergentes, a efecto de no extraviarse en el parangón de la “modernidad” europea, válido sólo como referente histórico. Habida cuenta de que la inmensa mayoría de los electorados de la región se han inclinado —durante los últimos 12 comicios— en favor de las izquierdas relativas de cada país, creí conveniente ensayar una caracterización de las tendencias prevalecientes. Distinguí entre aquellos que centran su estrategia en la estimulación de altas tasas de crecimiento, los que además se preocupan por la redistribución del ingreso, y los que intentan reformas de estructura y promueven una nueva solidaridad internacional. En cualquier circunstancia, el reto es evadir creativamente y mediante una creciente autonomía política los embates de la economía transnacional. Aquellos que han logrado en otros continentes implantar modelos propios —China, la India, Corea del Sur— han alcanzado éxitos sorprendentes. Los nuevos polos de desarrollo encabezan hoy una ola de descolonización económica y mental que debiera ser materia de reflexión para todas las izquierdas. México se encuentra en el peor de los mundos posibles. Víctima de una transición catastrófica, sus instituciones políticas se hallan en extremo debilitadas y más se asemeja a un protectorado que a un Estado independiente. Ha padecido los peores estragos del ciclo neoliberal y sin embargo se insiste en prolongarlo. Registra la más baja tasa de crecimiento económico de la región y la más alta concentración de la riqueza. Lo más grave: su gobierno carece de legitimidad y, por ende, de convocatoria. Este es el panorama que determina las opciones de la oposición progresista en nuestro país. Y no aludo exclusivamente a la izquierda partidaria, cuyo cometido es ampliar sus espacios de poder público por la vía electoral. Me refiero también a la izquierda societaria, que lucha por reivindicaciones concretas y a la que debemos los grandes vuelcos de 1988 y de 2006. También a la izquierda contestataria, que rechaza tanto la democracia liberal como la economía de mercado. La articulación del conjunto representa el mayor desafío, que sólo puede enfrentarse desde una radical autenticidad. La militancia profunda todavía lamenta que se haya incumplido el mandato de impedir la toma de posesión de Felipe Calderón y exige su no reconocimiento político. No pocos quisieran acudir a la violencia, pero la mayor parte apuesta a la movilización social oportuna, pacífica y categórica para evitar desastres mayores. Los voceros del régimen se valen de estas inescapables dicotomías para atizar la división en nuestro bando y propalar su descrédito. Así la intentona de Enrique Krauze, quien en reciente artículo aparentemente destinado a descalificarme afirma: “La izquierda mexicana no se decide entre ser democrática o revolucionaria” y profetiza que el próximo 18 de marzo “cifraremos nuestro destino”. Tal vez no se equivoque en la fecha pero estoy cierto de que sí en el pronóstico. La breve polémica epistolar que sostuvimos en el diario Reforma puso de manifiesto su desconocimiento deliberado de la terminología política. Así, “radical” no significa en su origen extremista, sino “perteneciente o relativo a la raíz”, y “reventar” no alude a un estallamiento violento, sino en la circunstancia: “Hacer fracasar un espectáculo mostrando su desagrado”. No es la primera ni será la última denuncia infundada que promuevan los servicios gubernamentales de inteligencia. El empeño es presentar el plan de acción aprobado por el Comité para la Defensa del Petróleo y el Frente Amplio Progresista como un llamado a la rebelión. Omiten el carácter reiteradamente pacifista de la convocatoria y pretenden colocarnos de entrada en el terreno de la ilegalidad. Es la segunda edición del desafuero y, muy probablemente, la derrota definitiva del maniqueísmo de los defraudadores. Su especialidad es ver la paja en el ojo de la izquierda y no la viga en el de la derecha. Que quede claro: el poder formal de que disponen está fundado sobre el atraco electoral y el empleo ilegal de los excedentes petroleros. La impunidad de que gozan es la garantía de continuidad de los negocios perpetrados desde la autoridad. Como en los viejos tiempos, el “estado de derecho” que pregonan no es sino la máscara de su conducta delictuosa. Cuando Acción Nacional tomaba aeropuertos, puentes y carreteras era una sana “resistencia civil”. Cuando la izquierda lo propone, se trataría de desmanes incendiarios, identificables con el terrorismo. La fragilidad de su acusación revela el tamaño de su miedo. A ellos los mueve la histeria, a nosotros la historia. bitarep@gmail.com
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