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En riesgo de repetir los 70
¿El próximo presidente será como si arribara por segunda vez Jimmy Carter? Considerando los titulares económicos del jueves pasado, llenos de advertencias calamitosas sobre el retorno de una estanflación como la de los años 70, podría pensarse eso Sin embargo, viéndolo de manera realista, los paralelos entre los problemas que enfrenta la economía estadounidense ahora y los que enfrentaba a finales de los años 70 no son tan sólidos. Esa es la buena noticia. La mala es que la economía probablemente será similar, pero peor, a la que perjudicó al primer presidente George Bush. Y es fácil ver cómo el próximo presidente podría sufrir un destino político similar al de Bush padre y al de Carter. Primero hablemos de la economía de la era Carter. El historial económico en general de Jimmy Carter fue mucho mejor de lo que la mayoría de la gente piensa: la tasa de crecimiento económico promedio bajo su administración fue de 3.4% anual, ligeramente mayor a la tasa de crecimiento durante Ronald Reagan y mucho mejor que con cualquiera de los dos Bush. En un acto que se volvió célebre, Reagan preguntó a los estadounidenses si estaban mejor que cuatro años antes; la respuesta, de hecho, era que sí: la mayoría de las familias tenían ingresos reales más altos en 1980 que en 1976. Pero la buena noticia económica se presentó en los primeros años de la administración Carter, mientras que su último año estuvo marcado por un creciente desempleo y aumento en la inflación, en gran parte debido a un incremento repentino en los precios del petróleo. Y nuevamente tenemos una economía cada vez más débil aunada a un aumento de la inflación, de nuevo debido en buena medida a un incremento repentino en los precios del petróleo. Dicho esto, realmente no creo que estemos enfrentando algo comparable a la estanflación de los años 70. Por un lado, dependemos menos del petróleo: Estados Unidos registra más del doble del producto interno bruto que tenía en 1979, pero consume sólo un poco más petróleo. Por el otro, no hay señales de la espiral precios-salarios que alguna vez llevó la inflación a los dos dígitos; de hecho, los salarios han frenado su crecimiento incluso al tiempo que la inflación aumenta. Lo que es mucho más probable es que tengamos una economía como la de principios de los 90, sólo que peor. El primer presidente Bush estaba en el poder durante la recesión de 1990. No obstante, su verdadero problema se presentó durante la supuesta recuperación, obstaculizada por los problemas financieros de varios bancos —que habían resultado gravemente afectados por el colapso de la burbuja inmobiliaria de finales de los 80— y por el descenso en el gasto del consumidor, restringido por los altos niveles de deuda en los hogares. Como resultado, la tasa de desempleo siguió aumentando, para alcanzar su nivel más alto de 7.8% en junio de 1992. ¿Todo esto le suena familiar? Pues debería. Muchos economistas han destacado los paralelos entre la situación actual y la de principios de los 90: otra burbuja inmobiliaria, los préstamos hipotecarios de alto riesgo jugando más o menos el mismo papel que desempeñaron antes los préstamos incobrables de las sociedades de ahorro y préstamo, así como problemas financieros por doquier. La diferencia es que los problemas parecen ser mucho peores esta vez: una burbuja mucho más grande, más presiones financieras, más endeudamiento del consumidor, y los exorbitantes precios del petróleo añadidos a la mezcla. Por lo tanto, si la historia sirve de guía, debemos esperar un extenso periodo de debilidad económica, quizás hasta bien entrado 2010 y muy probablemente por más tiempo. ¿El próximo presidente podrá hacer algo para evitar ese resultado? En términos estrictamente económicos, la respuesta es un rotundo sí. Hasta ahora, no está claro qué pudo Carter haber hecho de otra forma; la estanflación es un problema sin soluciones buenas. Pero la debilidad en el gasto es un padecimiento tratable. Un plan de estímulo fiscal serio —que haga énfasis en la inversión pública y ayude a los estadounidenses con problemas económicos en lugar de hacer devoluciones impositivas generales que mucha gente no utilizará— podría ser de gran ayuda para aminorar los males económicos del país. Sin embargo, desde una perspectiva política, resulta difícil creer que esto pueda suceder. Si el próximo presidente es republicano, será cautivo de la doctrina de que los recortes fiscales son la respuesta a todos los problemas, y consecuentemente no buscará una respuesta efectiva a los problemas que aquejan a la economía. E incluso si el próximo presidente es demócrata, cualquier plan de estímulos serio enfrentará una oposición intensa e ideológicamente motivada en el Congreso. ¿El próximo presidente estará preparado para luchar por un plan efectivo? ¿O terminaremos con un acuerdo de compromiso como el que aceptaron los demócratas en el Congreso este año, con una legislación que mitigue las objeciones conservadoras al costo de socavar la efectividad del plan? Hasta hace poco, creía que la principal lucha política que enfrentaría el próximo presidente probablemente estaría vinculada con la reforma al sistema de salud. No obstante, en estos momentos parece ser que el primer platillo en el menú de la próxima administración tendrá que ser atender una economía débil. Y si no se emprenden pronto acciones efectivas el próximo presidente sufrirá el mismo destino de Jimmy Carter, quien comenzó su administración con palabras de aliento —“vamos a crear juntos un nuevo espíritu nacional de unidad y confianza”— y terminó poniendo a Estados Unidos en manos de la derecha radical.
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