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Ya era tu cuate
Los “puritanos” del futbol se han “rasgado las vestiduras” ante la acusación hecha por Hugo Droguett, jugador de Tecos, en el sentido de que el silbante Manuel Glower se la pasó todo el partido insultándolo, mentándole la madre y amenazándolo. Les mentiría si les dijera que en mi trayectoria como árbitro nunca insulté a un jugador. Lo que sí les puedo asegurar es que jamás tiré la primera piedra; es decir, las veces que me vi en la penosa necesidad de hacerlo “fue en defensa propia”, contestando la verbal agresión en tiempo y forma, casi con las mismas palabras y en un tono similar. Del mismo modo, echando a volar la sinceridad, les debo confesar que las veces que me acusaron de haberlo hecho, era mentira. Efectivamente, es tan grosero el que profiere un insulto, como el que lo responde. También toma matices dramáticos cuando el que lo hace es el encargado de procurar la justicia y cuidar las maneras en el terreno de juego, quien se supone debería ser el más ecuánime y educado; pero “son cosas del futbol”. De mi experiencia personal, les platicaré que lo que ocurre con frecuencia es que el jugador perteneciente a un equipo que usualmente va mal en el torneo, que se ha venido quejando del trabajo de los hombres de negro, que clama al estilo del peje “que existe un complot en su contra”, es quien “corre el riesgo” de buscar la tarjeta roja, insulto de por medio, en un intento de justificar el mal desempeño, buscando argumentos para reafirmar su dicho. Mi actitud ante tales circunstancias era: “Me saludas a la tuya, ¿Quieres que te expulse?, da una patada que la vea todo el estadio y con mucho gusto”. Existía una especie de “código de ética”, por lo que el jugador con el que había ocurrido el altercado, sabedor de que “él había empezado”, tenía la hombría de guardar silencio, al igual que el silbante, quien no lo incluía en su reporte. Es más, a partir de ahí ya era tu cuate.
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