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Ocho días hábiles
El asunto se complicó cuando me dijeron que el policarbonato era lo mejor para la resistencia de esos materiales. La exposición tomó el rumbo que el maestro quiso darle, que en este caso fue la complejidad expositiva y la incomprensión del auditorio. Me sentí inquieto, la familia quería renovar sus lentes, no recibir una clase de química. —El antirreflejante de superficies lisas protegerá sus ojos de la pantalla de la computadora, que como ustedes saben, hace un daño espantoso a las retinas, a la larga... Me lo sospechaba, era la hora de las amenazas: si usted no compra esto que le recomiendo, las consecuencias serán de pronóstico reservado. Nosotros fuimos a la óptica para ordenar nuevas gafas, mi hijo y yo, y nuevos lentes de contacto mi hija, pero en lugar de esta sencilla transacción caía sobre nosotros la amenaza de la ceguera. La vida no es tan simple, nunca avanza por el camino del orden lógico. Después de la clase de química vino el desafío de los armazones. Cada quien en desbandada se probaba distintos modelos; mi hijo por un lado, mi hija por el otro. No sé si he dicho que los jóvenes son desordenados, por lo demás no me importará parecer un anciano de 90 años si digo que también son dispersos. Caminaban de un mostrador a otro sin orden ni concierto ocasionando en los despachadores oftálmicos un cataclismo síquico. A mí me trajeron unos lentes como de hule que podrían ponerse en la nariz mis bisnietos. Si me daba la gana, me dijo el despachador, podría jugar tenis con ellos, usándolos como raqueta o como pelota. Costaban el equivalente a tres noches y cuatro días en Puerto Vallarta. —Como usted quiera —me dijo molesto cuando me negué a llevarme los lentes-raqueta. En el aparador de enfrente, mi hijo había pedido que le enseñaran 15 o 20 pares de anteojos. Se acercó y me dijo: —No hay un modelo que me quede bien. No respondí. Un padre debe ser paciente. Los lentes de contacto también nos trajeron dudas muy serias: —Estos —nos señaló una caja el despachador—, oxigenan mucho más el ojo. Si te quedas dormida con ellos no corres peligro de contraer una infección grave. Costaban el doble de los que ella usa todos los días. No quise mentirme y acepté que no pocas noches dormía con los lentes sin oxigenación suficiente. —Me llevo los de siempre —dijo ella. —Piénsalo bien —le respondí como si yo fuera el oftalmólogo. —Los de siempre —insistió. —Como ustedes quieran —se molestó el despachador y agregó a la cuenta los lentes de contacto sin oxígeno. Yo empezaba a sentirme desesperado cuando nos enteramos de la promoción. En la compra de un armazón de más de mil pesos, es decir casi todos los que vende la óptica, podíamos llevarnos gratis otros armazones pagando sólo las micas policarbonatadas. Primero nos sentimos afortunados, pero muy pronto nos dimos cuenta del error. Los tres elegimos de los escaparates nuevos lentes repitiendo la operación que he contado líneas arriba, paso a paso. Regresamos en el tiempo: nos explicaron lo del policarbonato y las superficies lisas, a mí me ofrecieron unos lentes con los que podría jugar frontón, mi hijo vació las vidrieras en busca de algo que le gustara, mi hija renunció al oxígeno, el despachador se enojó muchísimo porque no admitimos sus ofertas. Cuando me quería arrancar los pelos, la cuenta estaba lista. Tranquilo, pagamos y nos largamos de este lugar. Oí de lejos la propuesta: —¿Se lo pongo a seis meses sin intereses? —preguntó una mujer en la caja. —Sí —me pareció sensato pagar en abonos la bolsa de lentes que habíamos comprado gracias a los despachadores, la promoción y nuestra ingenuidad. —Su tarjeta ha declinado —me dijo la mujer. —No es posible, vuélvala a pasar —respondí con el orgullo herido. Pensé en la palabra declinar como sinónimo de ocaso, ruina, decadencia. Pensé en Occidente, en el imperio romano, pero hasta donde yo sabía esa palabra no se le podía endosar a mi tarjeta. Hablé personalmente con un comisionado del departamento de crédito y cobranza. Mientras tanto, el despachador de la óptica me miraba con el gesto de un hombre insobornable. Hay que tener cuidado, a veces no es posible diferenciar entre un rostro insobornable y el de un estúpido. Subimos la voz, amenacé con irme de la óptica y dejar ahí mi pedido; en ese caso los únicos perjudicados hubiéramos sido nosotros. Mis hijos caminaban por la óptica viendo de nuevo los escaparates como si fuera por primera vez. Media hora después el asunto se aclaró. Por un error en su sistema, mi tarjeta aparecía como un plástico insolvente. El problema no ha terminado, cuando firmé los papeles el despachador me dijo: —Se los entregamos en ocho días hábiles. No sé qué esperar.
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