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    La Primera Dama
Colectivo
24 de febrero de 2008

El cerebro enamorado

Si una disciplina científica alcanza su consolidación a partir de su capacidad de describir (y hacer comprensible) los más variados (y en ocasiones dispares) acontecimientos o, como se dice, “fenómenos”, entonces la neurofisiología es hoy, sin lugar a dudas, una ciencia consolidada y, por ello, la fuente de un conocimiento invaluable. En efecto. La promesa (de los neurocientíficos) de que pronto sabremos quiénes somos y por qué hacemos lo que hacemos, se está gestando en medio de electrodos, osciloscopios, tomografías y mapas de activación cerebral.

Es una deuda pendiente una descripción “puramente” neurológica de la conciencia, pero es un hecho consumado, por ejemplo, la exposición detallada de los correlatos fisiológicos y neuroanatómicos de la conducta del dormir y de la experiencia del soñar. Allan J. Hobson, brillante psicofisiólogo, en su libro Los 13 sueños que Freud nunca tuvo carga contra éste y afirma, a su vez, que dormir se corresponde con ciertos estados cerebrales y que soñar es un simple “residuo” de una activación-desactivación de distintas regiones del cerebro soñador. Un paso delante de la teoría de la activación-síntesis con la cual se describe el dormir y las ensoñaciones se encuentra la firme creencia de Allan Hobson de que gracias a la neurociencia se tiene (casi) resuelto el dilema cerebro-mente porque, muy simple, uno es la otra cosa. Conclusión: yo soy mi cerebro y las sustancias que lo acompañan. Lo que quiere decir que todo lo que incumba a hombres y mujeres será materia de análisis para la neurofisiología.

Como los sentimientos o la vida afectiva, por decir algo. ¿Por qué nos sentimos tristes, alegres, optimistas, aterrorizados, indiferentes o pesimistas? Porque nuestro cerebro se halla inundado (o privado) de sustancias tales como la serotonina, acetilcolina o norepirefrina. Herminia Pasantes, fisióloga de la UNAM, abre su libro De neuronas, emociones y motivaciones con el siguiente parágrafo: Las moléculas y el carácter. ¿Romántico o pragmático? ¿Optimista o pesimista?: la diferencia está en las catecolaminas. Yo y mi depresión somos, según esta lógica, el efecto de las aminas biogénicas.

Y si de sentimientos se trata, el amor es una buena excusa para presentar al cerebro enamorado. Mientras Allan Hobson postuló que las ensoñaciones son los síntomas de un cerebro (temporalmente) psicótico, Georgina Montemayor, de la Facultad de Medicina de la UNAM, les hizo ver a los amantes, el 14 de febrero recién pasado, que el amor es un estado de demencia, pero reversible. Según la investigadora, cuando alguien se enamora diversas sustancias ocupan todas sus neuronas y entonces el cerebro enloquece, alcanza un estado obsesivo compulsivo. Si tú, lector lectora, no hace otra cosa que pensar en su princesa o príncipe, además de que se vuelve improductivo(a) y pierde la compostura, es porque su loco cerebro tiene activadas zonas como el hipotálamo, el hipocampo, el giro singulado y las partes del sistema límbico.

Asómbrese, lector lectora, porque el cerebro es un romántico pero no un tonto. Dice Georgina Montemayor: “Se entra y sale de ese estado [enamoramiento]… porque el cerebro no podría resistir tanto desgaste si se mantuviera así todo el tiempo”. Y como el cerebro prefiere vivir en familia que seguir enamorado por los siglos de los siglos, a los cuatro años se desenamora mediante el aumento de “los niveles de oxitocina, la hormona del apego, incompatible con la pasión romántica, que se convierte en el cariño familiar”. O sea, el cerebro logra recuperar la cordura (¡y, supongo, se restituye la productividad tanto como se encuentra la compostura perdida!) y le dan ganas de fundar una familia (¿con otro cerebro?).

El cerebro sueña, es romántico (apasionado) y fiel a la tradición de vivir en familia. Y por supuesto, si tú, lector lectora, te dan miedo tus sueños, detestas el amor y no quieres tener una familia (disfuncional), no temas, esas son reacciones de tu (sui generis) cerebro-mente. Y todo tiene remedio: Clozopina y Deserpina, antipsicóticos. O Prozac y Tolvón, antidepresivos. Que tu cerebro elija.

saulescri@yahoo.com

La invención del amor

Querido Saúl: me asombra muchísimo, aunque no sea un intento nuevo, la manía explicativa de alguna ciencia rudimentaria, o si prefieres pseudociencia, que no sólo carece de belleza sino que además pretende vulgarizar la realidad. Hay algo en la ciencia verdadera que ahonda el misterio cuando da un paso adelante porque una pregunta pertinente siempre conduce a otra pregunta y a una nueva ignorancia. Explicar el amor y el desamor en los términos que lo hace la profesora universitaria que tú citas, sólo deja en claro no tanto que carece de método analítico como de buenas lecturas. Uno entiende tanto más del amor leyendo Ana Karenina o Madame Bovary que metiéndose a un cubículo a razonar encuestas. Leer Amor y Occidente de Rougemont es elemental para quien quiera enamorarse con los pelos en la mano (perdón por la frase: no me estoy adentrando en la pornografía, que ya es otra cosa), sabedor que el amor es un hecho histórico.

Amar es haber leído. Amar mal es haber leído mal. Amar desesperadamente es haber sacado deducciones tremendas de nuestra lectura. Madame Bovary, ya se sabe, es fascinante porque es víctima de sus lecturas. No quiero decir con esto que sólo aman los lectores ni quiero desprender con ello que los cultos son los mejores amantes. Borges nos ampare (Borges, que supo de todo menos de misterios de amor). Quiero decir más bien que el amor es un asunto profundamente cultural y tal vez el hecho “real” más acabado que ha producido la literatura. Uno ama siempre literariamente. Uno ama siguiendo modelos de conducta que la literatura ha descrito mejor que la ciencia.

El amor es un asunto extraordinariamente complejo y organizado desde que Catulo inventó el poema de amor en el siglo I antes de Cristo (“el poema de amor tal como lo entendieron Shakespeare y Donne y los estudiantes de Oxford: las confesiones de vida del poeta enamorado, inmortalizando a la amada, que es de hecho la causa del poema”, como explica Tom Stoppard en su extraordinaria La invención del amor). Una maquinaria compleja y diabólica (o angélica) que se echa a andar cada vez que uno de nosotros se enamora.

El amor también produce monstruos, pero sus criaturas cobran menos víctimas que los monstruos de la razón: una, casi siempre, y cuando mucho dos. Siempre nos conmueve el suicidio por amor como un límite de nuestra propia imaginación y como una frontera de nuestra locura. Hoy sabemos que hubo un periodo histórico en que el influjo de un libro, Las cuitas del joven Werther, produjo más suicidios de amor que ningún otro. Al amor se le dotó de poderes fatales. Vida y literatura tuvieron un maridaje más perturbado que nunca. ¿Es extraño que la fama del malogrado poeta Manuel Acuña vaya inseparablemente asociada a la de Rosario, su amada? No, porque el romanticismo puso al artista como personaje central del arte y la literatura, y desde entonces eso apenas ha cambiado.

El panorama parece aterrador pero no lo es tanto. La realidad siempre tiene sus contravenenos y suele ser profundamente antiliteraria. El amor de cada quien, su forma de llevarlo a escena, es cuestión de su propio talento, mucho o escaso, pero su organización es un asunto social. Para acabar con los laberintos de amor, la sociedad inventó el matrimonio, que es una dosis extrema de realidad. Anne Carson dice (si no cito mal): “Amor al cuadrado es pasión; pasión al cuadrado es locura; locura al cuadrado es matrimonio”. Hoy en día lo cierto es que, como conjetura Silvia Tomasa Rivera, “nadie muere de amor, al menos nadie muere dos veces”. Son otros los avatares del amor contemporáneo: por un lado, su conflictiva relación con la sexualidad y por el otro (si atendemos al reino súbito de la web), su radical enajenación tecnológica.

Pero eso, quizá, ya es tema para otra columna.

milsombras64@yahoo.com.mx

 
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